Estas han sido semanas muy activas a lo largo de las cuales he estado trabajando de manera intensiva en muchos proyectos simultáneamente. Es fascinante poder aprender a diario algo nuevo y más aún poderlo poner en práctica. Desde que soltaron la IA generativa, hace poco más de tres años, quienes nos clavamos en ella hemos hecho el equivalente de una maestría autodidacta que se asemeja quizás más a una carrera de obstáculos sin final a la vista.

La semana pasada soltaron nuevamente Fable 5, la versión capada de Mythos, pero con muchas limitaciones. Se suponía que estaría disponible hasta el 7 de julio dentro de los planes de Claude, pero extendieron el plazo hasta el 12 de este mes. Es importante aprender a usar estas herramientas. Por ejemplo, Fable es el modelo más capaz, pero cuenta con sus subalternos, como Opus 4.8 y Sonnet 5, entre otros, para llevar a cabo las tareas que le encomiendas. Como ya les conté, yo he tenido a Fable trabajando simultáneamente con más de 800 agentes. Una maravilla que consume tokens a lo bestia. Pero no todo es Claude: esta semana comenzaron a sacar ChatGPT 5.6 y Grok 4.5. Habrá que probarlos. Lo cierto es que estoy pudiendo abordar proyectos cada vez más complejos en tiempos cada vez menores, para lo cual he construido una pequeña infraestructura que está resultando cada vez más eficiente. Una nota: cada vez tiene uno que aprender a trabajar más con la infinidad de herramientas que tenemos a disposición, pero a través de los agentes. Para que se den una idea: yo trabajo con programas de diseño, imagen, animación, programación, video… pero el 90% de mi trabajo lo realizo con Claude. Podrían pensar: bueno, Claude es una IA, por tanto todo debe ser más fácil. Y bueno: sí y no. Trabajar con Claude como herramienta principal significa crear toda una infraestructura de habilidades (skills) y reglas que son cada vez más complejas.

Pero hagamos un balance de lo que ha acontecido.

Empiezo por lo que confirmó el arranque de julio, porque marca el rumbo de todo lo demás. Ya no llega una inteligencia artificial: llegan varias, casi al mismo tiempo, empujándose. La empresa de Elon Musk soltó Grok 4.5, un modelo pensado para programar y para hacer tareas por su cuenta, que aterrizó entre los mejores del mundo pero con un detalle que lo cambia todo: cuesta alrededor de 60% menos que sus rivales de arriba. OpenAI, por su lado, presentó una nueva forma de hablarle a ChatGPT y prepara ya su GPT-5.6; hay un GPT-6 en camino, y también un Fable 5.1 y un modelo chino, DeepSeek. La palabra que resume el momento no es “más listo”, sino “más barato”: cuando la potencia se abarata, deja de ser un lujo de unos cuantos. Y aquí está la lección que yo mismo he ido aprendiendo a los golpes, y que vale para cualquiera: ya no gana quien tiene el modelo más caro, sino quien sabe cuál usar para cada cosa. Es como tener un auto de Fórmula 1 en la cochera y una camioneta cómoda: el de carreras impresiona, pero para el día a día manejas la camioneta el 95% del tiempo. La inteligencia, otra vez, no está en la fuerza bruta, sino en saber a quién encargarle qué.

De hecho, una de esas máquinas ya aprendió a conversar de verdad. La novedad de OpenAI se llama, en esencia, una voz que escucha mientras habla: ya no tienes que esperar a que termine para responderle, ni ella a que termines tú. Te suelta un “ajá”, un “mmm”, te interrumpe con cuidado, se queda callada si notas que estás pensando. Y cuando le preguntas algo difícil, hace lo que haría un buen asistente: manda la tarea pesada a un cerebro más potente que trabaja por detrás, y mientras tanto sigue platicando contigo para no dejarte en el aire. Es la diferencia entre hablarle a un contestador y hablar con alguien. Suena menor; no lo es: es el momento en que la máquina deja de sentirse máquina.

Del hablar al hacer con las manos hay un salto, y estos días también se dio. En la revista científica Nature —de las más serias que hay— un equipo de la Universidad de California en San Diego contó algo que no había pasado nunca: dos robots humanoides, guiados a distancia por cirujanos, completaron dos operaciones reales en animales. En una, el robot operó con un cirujano de carne y hueso como ayudante y le quitó la vesícula a un mamífero; en la otra, dos robots trabajaron solos, uno junto al otro. Antes de que nos emocionemos de más, conviene la letra chica, que los propios autores subrayan: los robots tuvieron que recalibrarse una y otra vez, hay un retraso incómodo entre la mano del cirujano y la del robot, y todo fue mucho más lento que con los sistemas de hoy. No es el quirófano de mañana; es la prueba de que la puerta se abrió. Y por si faltara pieza, el “cerebro” que mueve a estos robots empezó a repartirse de forma abierta, para que no dependa de una sola empresa.

Y ya que hablamos de no depender de una sola empresa: hubo también una pequeña gran victoria para la gente común. Durante años, la marca de tractores John Deere obligó a los agricultores a llevar sus máquinas solo a sus talleres, porque el programa que hace falta para repararlas estaba bajo llave. Si se te descomponía el tractor en plena cosecha, no podías ni tú ni el mecánico del pueblo arreglarlo: a esperar al distribuidor autorizado. Hace unos días, la autoridad de competencia de Estados Unidos, junto con cinco estados, forzó a la empresa a soltar esa llave: durante diez años tendrá que darle a cualquier taller las mismas herramientas que a los suyos, y no podrá tomar represalias contra quien decida reparar lo suyo por su cuenta. Suena a pleito de tractores, pero de fondo es una de las preguntas del siglo: cuando compras una máquina llena de programas, ¿es tuya de verdad, o solo te la prestan? Que le devuelvan al dueño el derecho a reparar lo que es suyo no es poca cosa.

Todo esto, conviene recordarlo, no ocurre en una nube etérea: tiene un cuerpo, y ese cuerpo come electricidad. Por los mismos días, Meta —la dueña de Facebook— puso la primera piedra de su mayor centro de datos fuera de Estados Unidos, en Canadá, una inversión de miles de millones que necesita, para funcionar, su propia central de energía al lado. Cada vez que una de estas inteligencias piensa por nosotros, alguien, en algún lugar, está quemando combustible para alimentarla. Yo lo veo en pequeño cuando pongo a cientos de agentes a trabajar a la vez: es una maravilla, pero consume a lo bestia. A escala del planeta, esa cuenta se paga en centrales eléctricas.

No todo es luz, y sería deshonesto contarlo como si lo fuera. Mientras unas máquinas nos curan y otras nos ayudan, se está probando otra que inquieta: unos lentes que, en lugar de tomar una foto cuando se lo pides, van registrando de continuo lo que ves y lo que oyes, para que la inteligencia artificial pueda recordarlo por ti —dónde dejaste las llaves, qué te dijo alguien hace una hora—. El problema no es lo que graban de ti, sino lo que graban de los demás: se está discutiendo, según los reportes, quitarles la lucecita que avisa cuando están encendidos. Es decir, la posibilidad de que te estén grabando en la calle, en el café, en tu propia sala, sin que nadie a tu alrededor lo note. El progreso trae siempre su sombra, y esta conviene mirarla de frente antes, no después.

Y termino con lo que más me toca, porque es el hilo de todo lo anterior. El Fondo Monetario Internacional lo viene advirtiendo: la inteligencia artificial no reparte sus frutos parejo. Quien aprende a usarla multiplica lo que puede hacer —yo mismo, con esta pequeña infraestructura, saco hoy en horas lo que antes me llevaba semanas—; quien no se sube, se queda mirando cómo el mundo acelera sin él. Y lo mismo pasa entre países: los que fabrican las máquinas y los chips rompen todos los pronósticos, mientras los que solo miran se van rezagando. Por eso insisto tanto, y no por presumir, en esta maestría autodidacta que nos tocó cursar sin habernos inscrito: no es un pasatiempo de entusiastas. Es, cada vez más, la línea que separa a quien conduce de quien es conducido. La carrera no tiene meta a la vista; pero lo que se juega en ella, para cada uno de nosotros, es de lo más concreto que hay.


Una nota: mi intención con El Vigía es contar lo que ocurre en la inteligencia artificial de manera sencilla, no tan técnica, para que se entienda sin necesidad de estar metido en el tema. Agradeceré tus observaciones al respecto. Y si te topas con algún término que quieras revisar, en mi blog —alejandrozenker.com— encontrarás un glosario de inteligencia artificial al que puedes asomarte cuando gustes.


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— ALEJANDRO ZENKER, 09 JUL 2026 · 22:46