Esta semana se leyó como una apasionante novela de espías: hay una laptop que nunca se devolvió, una lista de instrucciones para burlar la seguridad de una de las empresas más valiosas del mundo, un soplo entre servicios de inteligencia, misiles cruzando el Golfo y fábricas de armas mudándose de país. Y en el fondo de todos los capítulos, la misma protagonista. Hay semanas en que las noticias de la inteligencia artificial parecen manual de ingeniería. Esta no. Les cuento.

El primer capítulo es el pleito del año. Apple demandó a OpenAI —la empresa de ChatGPT— por robo de secretos comerciales. Conviene aclarar el término, porque no es un tecnicismo cualquiera: un secreto comercial no es una patente que se registra y se publica; es la receta que una empresa protege guardándola bajo llave, como la fórmula de un refresco. Y lo que dice la demanda es que OpenAI no intentó adivinar la receta, sino llevarse a los cocineros con todo y libreta: más de 400 exempleados de Apple contratados en poco tiempo; reclutas a los que, según el expediente, se les pedía traer información de productos aún no lanzados; una lista de instrucciones para evadir los controles de seguridad de Apple que habría elaborado, dice la propia demanda, el exjefe de diseño del iPhone, hoy jefe de hardware de OpenAI; y un ingeniero que al cambiar de empresa no devolvió su computadora y la usó para descargar documentos confidenciales. OpenAI responde que no le interesan los secretos ajenos, y será un juez quien decida. Pero el trasfondo explica el veneno: estas dos empresas eran socias —ChatGPT vive dentro del iPhone desde 2024—, hasta que OpenAI compró por 6.4 mil millones de dólares la empresa del legendario diseñador de Apple Jony Ive, para construir precisamente un aparato que compita con el iPhone. La próxima batalla de la inteligencia artificial no es por el programa: es por el objeto que traes en el bolsillo. Y a OpenAI, hay que decirlo, las acusaciones se le van acumulando —los juicios por derechos de autor, aquella voz que se parecía demasiado a la de una actriz que les había dicho que no, y ahora esto—. Nada está probado todavía; pero el expediente engorda.

Del espionaje corporativo al espionaje de verdad hay un pasillo, y esta semana se cruzó. La guerra con Irán, que parecía cerrada con el acuerdo de junio, volvió con todo: desde el día 7, Estados Unidos e Irán intercambian golpes —en una sola noche, Washington atacó alrededor de 140 objetivos militares iraníes; Irán respondió contra bases estadounidenses en Kuwait, Bahréin, Jordania, Omán y Qatar—, y el detonador fue el estrecho de Ormuz, ese pasillo de mar por donde circula buena parte del petróleo del planeta y que tanto Irán como Estados Unidos mantienen cerrado. La guerra ya cobra vidas, y conviene decirlo sin adornos. Pero hay dos detalles que pertenecen a nuestra novela. El primero: Israel, que inició esta guerra junto a Estados Unidos en febrero, esta vez quedó al margen del intercambio; su papel más visible fue otro —compartir con Washington un reporte de inteligencia según el cual sectores duros de Irán querían asesinar al presidente Trump—. Un reporte que los propios servicios estadounidenses no pudieron verificar, y que algunos funcionarios en Washington leyeron menos como una advertencia que como un intento de empujar a su presidente hacia la guerra. En este oficio, hasta el soplo es un arma. El segundo detalle: entre las armas que empleó Estados Unidos estuvieron drones de ataque de un solo uso, aéreos y marítimos — máquinas que se lanzan sabiendo que no van a volver. La inteligencia artificial ya no solo escribe correos; también navega sola hacia su blanco. Y lo destruye.

Y si la pregunta es de dónde salen esas máquinas, el tercer capítulo la responde, y de aquí se desprenden varias noticias. La primera: la guerra pareciera estar dando un giro, porque Ucrania la está llevando a territorio ruso. Infinidad de drones ucranianos están atacando el corazón mismo de Rusia: San Petersburgo, donde golpearon una terminal petrolera y una base naval; Moscú, donde una sola oleada de esta semana —más de 400 drones— obligó a restringir los 4 aeropuertos de la capital. Y están llegando incluso a Siberia: la refinería de Omsk, la más grande del país, tuvo que parar tras un ataque. La industria rusa que convierte el petróleo en combustible está colapsando bajo esos bombardeos —dos terceras partes de las regiones de Rusia reportan escasez, el gobierno prohibió exportar gasolina y el propio Putin tuvo que admitir el problema—, y todo esto lo está haciendo un país que desarrolló en casa la más moderna maquinaria de guerra impulsada por inteligencia artificial. La segunda noticia es que esa maquinaria está comenzando a producirse en cada vez más países. Ucrania fabricó el año pasado 4 millones de drones y este año va por más de 7 millones, pero ya no solo los hace en casa: este año se están abriendo 10 empresas conjuntas de producción de drones ucranianos en 5 países de Europa. La primera ya opera en Alemania —el presidente Zelensky y el ministro alemán de defensa recibieron en mano el primer dron salido de esa línea; la meta inicial es de 10 mil al año—; hay fábricas ucranianas instalándose en Reino Unido y en Dinamarca, incluida Fire Point, la empresa del misil de crucero Flamingo; y Ucrania abrió, en plena guerra, un mecanismo de exportación controlada de sus armas, con una parte de los ingresos destinada a su fondo de defensa. Léase despacio, porque es un vuelco histórico: el país que hace tres años dependía de las armas que le regalaran es hoy el proveedor de la tecnología militar más probada del continente. El alumno se volvió maestro, y Europa ya no solo arma a Ucrania: le pide que instale sus fábricas en casa para aprender de ellas. Que la mejor escuela de esta tecnología sea una guerra es el tipo de dato que no conviene celebrar; pero tampoco conviene ignorarlo, porque esas fábricas van a definir la industria europea de los próximos años.

Después de tanto capítulo pesado, uno casi cómico, que además me toca en carne propia como usuario. Anthropic —la empresa de Claude, la herramienta con la que trabajo a diario— volvió a extender el acceso a Fable 5, su modelo más potente: es la tercera prórroga, los plazos han ido brincando del 7 al 12 y ahora al 19 de julio, y las últimas dos veces el anuncio llegó horas antes de que venciera el plazo anterior. Ya parece telenovela: “no te vayas, que mañana decido”. El dato serio detrás del cotorreo es lo que costará cuando la promoción por fin termine: 10 dólares por cada millón de “pedacitos de palabra” que lee, y 50 por cada millón que escribe — potencia de sobra, a precio de sobra. Mientras tanto, OpenAI ya soltó al público su GPT-5.6 en tres tallas —Luna, Terra y Sol, de la más ligera a la más potente—, y se filtró que Google suelta su siguiente Gemini este mismo viernes. La carrera no tiene final a la vista; a este paso, ni los plazos de sus propios anuncios lo tienen.

Y el último indicio de la semana es el más discreto, pero puede que diga más que todos. La Reserva Federal de Estados Unidos —el banco central más poderoso del mundo, el que mueve las tasas de interés que terminan moviendo todo lo demás— creó por primera vez un grupo de trabajo formal para estudiar cómo la inteligencia artificial está cambiando el empleo y la productividad, y sentó a co-dirigirlo a Marc Andreessen, uno de los inversionistas más influyentes de Silicon Valley, junto a un economista de Stanford y una ejecutiva de Microsoft. Deben entregar recomendaciones antes de que acabe el año. Traducción: el dinero grande ya no discute si esto cambia la economía, sino qué hacer al respecto. Cuando el banco central pone la mesa, es que el tema dejó de ser de tecnólogos. Espías, jueces, fábricas, soldados y banqueros: lo más nuevo del mundo se está disputando con las herramientas más viejas del oficio. La inteligencia artificial no llegó a cambiar el juego; llegó a jugarlo. No es una novela. Lo estamos viviendo.


Una nota: mi intención con El Vigía es contar lo que ocurre en la inteligencia artificial de manera sencilla, no tan técnica, para que se entienda sin necesidad de estar metido en el tema. Agradeceré tus observaciones al respecto. Y si te topas con algún término que quieras revisar, en mi blog —alejandrozenker.com— encontrarás un glosario de inteligencia artificial al que puedes asomarte cuando gustes.


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— ALEJANDRO ZENKER, 13 JUL 2026 · 22:58