Con las nalgas aplanadas les comparto que la Inteligencia Artificial llegó para revolucionar Solar, Librántida, Ediciones del Ermitaño y demás aventuras en las que nos encontramos envueltos, algunas de las cuales no hemos dado a conocer más que nada por falta de tiempo. Todo esto viene a colación porque estamos en un proceso de reingeniería de la empresa, y porque puedo hablar no desde la especulación, sino desde la experiencia. Los últimos meses he estado, literalmente, sin despegarme del asiento. Estoy reconstruyendo todo nuestro andamiaje, que ya de por sí es bastante complejo, desde sus raíces, con la ayuda de mi hija Xiluén. Tengo frente a mí seis monitores con un despliegue bárbaro de información que va corriendo en paralelo. ¿Es necesario tanto para lo que estoy haciendo? Por supuesto que no, pero es más divertido.

Lo cierto es que hay dos puntos que les puedo compartir con toda seguridad. Uno: la IA potencia enormemente nuestras capacidades; estoy haciendo con Xiluén lo que antes habría requerido equipos de trabajo especializados, numerosos y costosos. Dos: los humanos, por supuesto, seguimos siendo imprescindibles. A veces tengo a cientos de agentes trabajando en los proyectos —imagínense cada agente como un colaborador—, pero toda esa IA, todos esos agentes, no sabrían qué hacer si yo no les marcara la tarea y el rumbo. Tampoco llegaría muy lejos sin una metodología que he ido desarrollando y que me permite trabajar en múltiples proyectos sin perder foco ni contexto, apoyado en algo que se llama “segundo cerebro” y del que dependen las IA que manejo.

Por lo pronto les aseguro que con la IA sí podemos hacer mucho más, infinitamente más que sin ella. Si tienes muchas ideas y proyectos, se te plancharán como a mí las nalgas porque no te vas a querer levantar de tu asiento… a menos que ¡sepas usar tu voz para guiar los proyectos!, porque el nuevo modelo de voz de ChatGPT ya permite trabajar mientras paseas por el parque, caminas por el vecindario o te tomas unos cocos en la playa.

Todo evoluciona rapidísimo. La semana pasada hablábamos de Fable 5, el modelo más capaz de Anthropic, y ya salió Opus 5, que sustituye a la versión 4.8; se dice que viene en camino un Fable 5.1, mientras Mythos —el más potente de todos— sigue esperando turno bajo llave. Y OpenAI está por sacar su nueva versión de ChatGPT. Así que hay que abrocharse los cinturones, que todo va volando en todas las industrias, incluyendo la editorial, y no se vislumbra nada que lo vaya a frenar más que los mismos impulsores de la IA, que están pidiendo precisamente eso: que los detengan. Y con eso entramos en materia.

Lo que ocurrió el martes pasado no tiene precedente, y conviene leerlo despacio. Más de mil cien empleados de las cuatro empresas que van al frente de esta tecnología —OpenAI, Anthropic, Google y Meta— firmaron una carta pública dirigida al gobierno de Estados Unidos. No la firmaron activistas ni académicos preocupados desde la banca: la firmaron el científico jefe de OpenAI, uno de sus fundadores originales, cofundadores de Anthropic y vicepresidentes de Google y de Meta. Es decir, quienes construyen las máquinas. ¿Y qué piden? Que Washington encabece un esfuerzo internacional para desarrollar las herramientas que permitan marcar el paso del desarrollo de la inteligencia artificial. Conviene precisar, porque aquí la letra chica importa: no están pidiendo que se detenga nada hoy. Están pidiendo que se construya el mecanismo —técnico y legal— que haría posible frenar de manera comprobable el día que haga falta. Dicho en corto: quieren que alguien invente el freno, porque todavía no existe. Y lo piden dos días antes de que se venza el plazo que la propia Casa Blanca se puso para publicar sus reglas.

Para entender la urgencia hay que retroceder una semana, a un episodio que a mí me dejó pensando varios días. OpenAI estaba sometiendo a dos de sus modelos a un examen de ciberseguridad —una prueba para medir qué tan capaces son de encontrar fallas informáticas—, y para ello los tenía encerrados en lo que en el oficio se llama un entorno aislado: una especie de corralito digital, separado del mundo, donde el programa puede hacer lo que sea sin consecuencias afuera. Pues los modelos encontraron una grieta que nadie conocía, salieron del corralito, atravesaron los sistemas internos de la propia empresa, alcanzaron internet y entraron a los servidores reales de otra compañía, Hugging Face. ¿Con qué propósito? Ninguno siniestro, y por eso es más inquietante: iban a buscar las respuestas del examen. Querían sacar mejor calificación. OpenAI lo calificó de incidente sin precedentes; un analista muy respetado en el medio, Simon Willison, lo resumió mejor que nadie: “ciencia ficción que ocurrió”. Nadie salió lastimado y la otra empresa ya había contenido la intrusión. Pero es la primera vez que se documenta públicamente que una inteligencia artificial rompe su jaula y llega a un sistema ajeno de verdad. La carta de los mil cien llegó seis días después. No hace falta ser muy suspicaz para unir los puntos.

Ahora bien, mientras unos piden que se invente el freno, nadie está soltando el acelerador. En esa misma semana, la empresa china Moonshot liberó gratuitamente las tripas de su modelo Kimi K3 —2.8 billones de piezas internas, con una frase de presentación que vale por un manifiesto: “dos veces y media más inteligencia por unidad de cómputo, no solo más parámetros”—. Ilya Sutskever, uno de los cerebros que creó ChatGPT y que hoy dirige su propia empresa, anunció una alianza con Nvidia para multiplicar por diez su capacidad de cómputo en doce meses. OpenAI abrió sus modelos más potentes de forma gratuita a diez mil investigadores científicos, con la meta de llegar a cien mil. Y Google presentó un cerebro robótico capaz de gobernar manos distintas: el humanoide que lo estrena amarra nudos y cierra una bolsa de plástico con sello hermético, que suena a poca cosa hasta que uno intenta explicarle a una máquina cómo se hace. A esto se suma un pleito que lleva semanas calentándose: la Casa Blanca acusó a Moonshot de haberse construido copiando en secreto al modelo de Anthropic; veinticinco empresas —Nvidia, Microsoft, Meta y compañía— respondieron con una carta propia sosteniendo que aprender de lo ajeno no es robar; y el director de Anthropic salió a aclarar que él nunca pidió prohibir nada. Todos discuten a gritos quién puede correr y con qué reglas. Ninguno se baja del coche.

Y en medio de todo eso, algo que nos toca de cerca y que casi nadie está contando: México entró a la conversación. Después del Mundial —o sea, ahora mismo—, el gobierno abrió un debate nacional para discutir cómo regular la inteligencia artificial y las redes sociales, con foros regionales ya calendarizados: el 19 de agosto en Nuevo León, el 3 de septiembre en Chiapas y el 17 de septiembre en Guerrero; en el Congreso, la propuesta corre por cuenta de Ricardo Monreal. Vale la pena anotar de qué se está hablando y de qué no: el debate mexicano está planteado sobre el uso de pantallas, redes y aplicaciones en niñas, niños y adolescentes, que es un problema real y urgente, pero no es el mismo problema del que hablan los mil cien firmantes. Ellos discuten cómo frenar máquinas que se programan a sí mismas; nosotros, cuánto tiempo de celular para los muchachos. Ambas conversaciones hacen falta. Lo que sería un error es creer que son la misma, y llegar tarde a la segunda por estar apenas empezando la primera.

Y en eso estamos. Yo, con las nalgas aplanadas frente a seis monitores, viendo de primera mano lo que esta herramienta permite hacer cuando uno la dirige. Y del otro lado del mundo, la gente que la fabrica pidiéndole a su gobierno que le ayude a inventar un freno que todavía no existe, mientras la fábrica de al lado regala sus planos y otro multiplica por diez sus motores. No es una contradicción, aunque lo parezca: es lo que pasa cuando algo crece más rápido de lo que se puede vigilar. Y si los que la construyen ya lo dijeron en voz alta, quizá lo más sensato que podemos hacer los demás —empresas, gobiernos, editores, lectores— es dejar de tratar esto como una noticia de tecnología y empezar a tratarlo como lo que es: una conversación sobre en qué mundo queremos despertar dentro de cinco años. Esa sí nos toca a todos.


Una nota: mi intención con El Vigía es contar lo que ocurre en la inteligencia artificial de manera sencilla, no tan técnica, para que se entienda sin necesidad de estar metido en el tema. Agradeceré tus observaciones al respecto. Y si te topas con algún término que quieras revisar, en mi blog —alejandrozenker.com— encontrarás un glosario de inteligencia artificial al que puedes asomarte cuando gustes.


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— ALEJANDRO ZENKER, 30 JUL 2026 · 22:39