Durante 19 días, la inteligencia artificial más poderosa del mundo tuvo un interruptor, y ese interruptor vivió en Washington. Vale la pena contar la secuencia, porque es reveladora. El 9 de junio, Anthropic —la empresa que hace Claude— lanzó sus dos modelos de punta: Fable 5, el más capaz para todo, abierto al público, y Mythos 5, el más fuerte en ciberseguridad, este último ya restringido de entrada a un grupo cerrado de organizaciones de defensa. Duraron tres días en la calle. El 12 de junio, por la noche, después de que alguien mostrara cómo burlar los seguros de Fable para sacarle sus capacidades de ataque informático, el Departamento de Comercio ordenó suspender los dos —para cualquier persona extranjera, en cualquier parte del mundo—; y como Anthropic no puede saber la nacionalidad de cada usuario en tiempo real, los apagó para todos, de un día para otro, en todo el planeta. El 30 de junio el gobierno levantó la orden, pero no del todo: el primero de julio Fable volvió al mundo, mientras que Mythos regresó únicamente para ese puñado de organizaciones estadounidenses aprobadas. Un final feliz con asterisco. Y con una cola que conviene mirar: Washington anunció que ahora redactará estándares “voluntarios” para autorizar el lanzamiento de estos modelos. Traducido: el interruptor de emergencia se está volviendo un interruptor de rutina. La primera vez fue un susto; la próxima será un trámite.
Y OpenAI, la empresa de ChatGPT, confirma el patrón desde el otro lado. Su nuevo modelo, GPT-5.6 —según sus propios números, tan poderoso como el Fable de Anthropic— sigue saliendo con cuentagotas, disponible por ahora solo para un puñado de socios cuya lista pasó por el gobierno. Los dos laboratorios más avanzados del planeta operan hoy con la misma coreografía: el modelo más potente sale cuando el gobierno da el visto bueno, y no antes.
Hasta aquí, el teatro del poder. Lo interesante es lo que pasó por debajo del escenario, mientras arriba se prendía y se apagaba el foco. Porque la capacidad no esperó al papeleo. En las pruebas más exigentes de estas semanas, los modelos siguieron mejorando al punto de resolver tareas de programación como lo haría un ingeniero con años de oficio, no un principiante; y al mismo tiempo, los precios se abrieron en abanico: modelos baratos que hace un año no existían hoy hacen casi lo mismo que los carísimos. La burocracia se mueve a la velocidad de un sello de goma. El motor, no. Y ese motor ya salió de la pantalla: esta quincena dejó tres señales de que la inteligencia artificial dejó de vivir en las demostraciones y se metió en el cuerpo, en la casa y en la biología.
La primera es la medicina, y esta quincena tuvo una historia que la cuenta mejor que cualquier estadística. Sid Sijbrandij, cofundador de la empresa de software GitLab, arrastraba un cáncer de hueso en la columna que había vuelto después de cirugía, radiación y quimioterapia. Sus médicos le dijeron lo que ningún paciente quiere oír: ya no queda nada por probar. En vez de aceptarlo, hizo lo que sabe hacer un fundador de empresa —montó un equipo, contrató a un genetista y generó 25 terabytes de datos de su propio cuerpo: la secuencia completa de su genoma, la de su tumor, imágenes, cultivos de sus propias células—. Después le entregó todo eso a una inteligencia artificial, que él llamó su “traje de Iron Man”: un socio capaz de leer y cruzar esa montaña de información más rápido que cualquier equipo humano, encontrar patrones y proponer tratamientos que sus oncólogos no habían considerado. Con esa guía diseñó una terapia a la medida de su tumor —entre otras cosas, una vacuna fabricada a partir de las mutaciones exactas de su cáncer—, consiguió que la autoridad sanitaria estadounidense le aprobara cinco tratamientos experimentales en 48 horas, y se los aplicó. Hoy su cáncer no da señales. Y en lugar de guardarse la receta, publicó los 25 terabytes completos en internet, gratis, para que cualquier paciente o investigador del mundo pueda construir sobre lo que aprendió.
Antes de emocionarnos de más, el pero que importa —y lo dice él mismo—: Sijbrandij es multimillonario. Pudo pagar a los expertos, los vuelos, las terapias que cuestan alrededor de un millón de dólares por persona. Su frase lo resume sin anestesia: “cuesta mil millones de dólares aprobar un medicamento; cuesta un millón dosificar a una persona con una terapia personalizada”. La pregunta, entonces, no es si esto funciona —es evidente que puede—, sino si algún día bajará a quienes no tienen su fortuna, o se quedará como privilegio de unos cuantos. Y no es un caso suelto: hoy hay más de 200 medicamentos descubiertos con ayuda de inteligencia artificial avanzando en ensayos con pacientes reales, 15 de ellos en la última fase antes de la aprobación. La IA dejó de solo leer estudios y empezó a diseñar lo que entra a un cuerpo enfermo. El día que eso baje de precio, cambia la medicina para todos; mientras no baje, cambia la medicina para los ricos.
La segunda señal es más doméstica, casi cómica, y por eso mismo reveladora. Una empresa de San Francisco, Weave Robotics, presentó a Isaac 1, un robot para la casa que dobla la ropa y ordena el desorden, por 449 dólares al mes, con entregas este otoño. Suena a chiste de ciencia ficción de los años sesenta —el robot que hace las labores del hogar— hasta que uno recuerda cuántas décadas llevamos esperándolo. Doblar una toalla es, para una máquina, endiabladamente difícil: exige ver, agarrar cosas blandas que cambian de forma, y corregir sobre la marcha. Que eso quepa hoy en un aparato que se renta como quien renta un módem es la prueba más terrenal de que la inteligencia bajó de la nube y aprendió a usar las manos.
La tercera señal es la más honda, y hay que contarla con cuidado. En la Universidad de Minnesota, el equipo de la bióloga Kate Adamala anunció haber construido la primera célula sintética armada por completo desde cero, con piezas químicas no vivas, capaz de crecer, copiar su propio material genético y dividirse. La bautizaron SpudCell —un guiño a Sputnik, el satélite que abrió la era espacial—. Si el resultado se sostiene, sería la primera vez que fabricamos, en vez de heredar, un pedazo de vida que se reproduce solo. Y aquí el freno de mano, porque toca ponerlo: el trabajo se publicó como preprint, es decir, todavía no ha pasado por la revisión de otros científicos, ese filtro incómodo que separa el hallazgo del entusiasmo. Hasta que eso ocurra, hay que leerlo como lo que es —un anuncio extraordinario que aún debe aguantar el escrutinio—, no como un hecho cerrado. Pero si aguanta, la pregunta que abre es de las que quitan el sueño: ¿qué es exactamente lo que hemos construido, y en qué momento algo hecho de química se vuelve alguien?
Mientras todo esto se movía, los ganadores de la carrera ya están pagando por adelantado su factura política. OpenAI dejó trascender que estaría dispuesta a entregarle al gobierno estadounidense una participación de alrededor del 5% de la empresa —unos 42 mil millones de dólares—. Léase con calma: la compañía de inteligencia artificial más comentada del mundo ofreciéndole al Estado una tajada de sí misma. Se puede leer como gesto de buena voluntad o como lo que probablemente es —comprar por anticipado un asiento en la mesa donde se escribirán las reglas—. En cualquier caso, dice mucho sobre hacia dónde va todo esto: la inteligencia artificial y el poder político dejaron de mirarse de lejos y empezaron a firmar sociedad.
Y ahí está el nudo de la quincena. El poder puede prender y apagar un modelo, redactar estándares, comprar acciones, dibujar listas de quién sí y quién no. Pero no puede apagar lo que ya se derramó: un fármaco que entra a un cuerpo enfermo, un robot que dobla una camiseta en una sala, una célula que se divide sola en un frasco de Minnesota. 19 días estuvo el interruptor en manos de un gobierno, y el mundo aguantó la respiración. Lo que esos 19 días demostraron no es que el interruptor funcione. Es que ya llegó tarde. La inteligencia no vive en el foco que se prende y se apaga; vive, cada vez más, en las cosas que tocamos todos los días. Y lo que se derrama no vuelve al frasco.
Una nota: mi intención con El Vigía es contar lo que ocurre en la inteligencia artificial de manera sencilla, no tan técnica, para que se entienda sin necesidad de estar metido en el tema. Agradeceré tus observaciones al respecto. Y si te topas con algún término que quieras revisar, en mi blog —alejandrozenker.com— encontrarás un glosario de inteligencia artificial al que puedes asomarte cuando gustes.
Discover more from Mutatis mutandis
Subscribe to get the latest posts sent to your email.
— ALEJANDRO ZENKER, 02 JUL 2026 · 22:42