Durante tres años, la pregunta en el mundo de la inteligencia artificial fue quién tenía más músculo: más chips, más servidores, más dinero para entrenar modelos gigantes. Esta semana quedó claro que la pregunta cambió. El recurso más escaso ya no es la máquina: es el permiso. Permiso del gobierno de Estados Unidos para usar los modelos más poderosos. Y eso, contado despacio, reordena quién manda y a quién le toca qué.
Pongamos el caso que lo dejó a la vista. Hace un par de semanas, el gobierno estadounidense había ordenado apagar los dos modelos más potentes de Anthropic —la empresa que hace Claude— por razones de seguridad nacional: Fable 5, el más capaz para uso general, y Mythos 5, el más fuerte en ciberseguridad, capaz de encontrar fallas en sistemas críticos. Esta semana la puerta se entreabrió, pero apenas una rendija: el Departamento de Comercio autorizó volver a encender Mythos 5, sí, pero únicamente para alrededor de cien organizaciones cuidadosamente seleccionadas —empresas y agencias que protegen infraestructura crítica, agrupadas en una iniciativa de defensa llamada Project Glasswing—. El resto del mundo, incluido el público general, sigue sin acceso. Y Fable 5, el modelo de uso general, ni siquiera eso: sigue apagado.
Lo revelador es que OpenAI, la empresa de ChatGPT, se movió en el mismo paso. Presentó su nueva familia de modelos, GPT-5.6 —tres versiones: Sol, la más potente; Terra, la intermedia; y Luna, la barata—, pero la mostró solo a un grupo reducido de socios cuya lista, según ellos mismos, fue compartida con el gobierno. A petición del propio gobierno. Sam Altman, su director, prometió que están “trabajando duro para que llegue al mundo entero”. Ese “trabajando para” es la parte que inquieta: hace un año, un modelo nuevo salía para todos el mismo día. Hoy, salir para todos es un favor que hay que negociar.
Conviene nombrar lo que esto significa, porque pasa rápido y se siente como trámite. Que los dos laboratorios más avanzados del planeta, casi al mismo tiempo y a pedido del mismo gobierno, decidan caso por caso a quién le dan acceso a sus mejores cerebros, es un cambio de naturaleza. La inteligencia artificial de punta dejó de ser un producto que se compra y empezó a parecerse a un material estratégico: lo tiene quien el gobierno autoriza, y nadie más.
Y hay algo en esto que no había pasado nunca. Durante setenta años, lo que un país detenía en su frontera era físico: uranio, armas, chips de punta —cosas que se pueden contar y frenar en una aduana—. Esta es la primera vez que lo que se quiere amurallar es un archivo: una inteligencia hecha de pura matemática, que se copia idéntica, infinitas veces y gratis. Es como pedirle a una aduana diseñada para revisar contenedores que detenga una idea. Por eso el control se ejerce por la única vía que queda: no frenando el archivo —imposible—, sino decidiendo quién tiene permiso de encenderlo. El candado ya no está en la frontera; está en la lista de invitados.
La consecuencia se dibuja sola, y es incómoda. Si los modelos más poderosos se quedan dentro de Estados Unidos y de su círculo de confianza, el planeta se parte en dos velocidades: de un lado, el gobierno estadounidense, sus agencias y sus empresas aprobadas, con acceso a lo mejor; del otro, todos los demás, conformándose con las versiones más débiles o recortadas. Un mundo donde la inteligencia de primera tiene pasaporte, y a los que no lo tenemos nos toca la de segunda.
Para nosotros, en México y en América Latina, esto no es un detalle lejano. Significa que las herramientas más capaces —las que de verdad mueven la aguja en investigación, en seguridad, en productividad— podrían volverse cada vez más difíciles de alcanzar desde aquí, o llegar descafeinadas. No por falta de dinero, sino por falta de permiso. Y un país al que le toca siempre la versión recortada de la herramienta más importante de su época arranca la carrera un escalón más abajo.
Por si el cierre de los modelos fuera poco, hay un segundo frente, y este es de pura física. Para que una inteligencia artificial funcione hace falta memoria —los chips donde el modelo guarda y mueve lo que “piensa”—, y resulta que los gigantescos centros de datos que entrenan a estas IA se han tragado buena parte de la memoria que se fabrica en el mundo. El resultado fue un encarecimiento brutal. Tanto, que esta semana ocurrió algo que parecía imposible: Apple —la empresa más valiosa del planeta, y hasta hace ocho días la cara del discurso de “traigamos la fabricación de chips de regreso a casa”, de la mano de Intel— se reveló cabildeando en silencio a la Casa Blanca para que la dejen comprar memoria de CXMT, una empresa china que el propio Pentágono tiene en su lista negra por presuntos vínculos con el ejército chino.
Léase otra vez, porque es de no creerse: la empresa símbolo del “fabriquemos en Estados Unidos” rogando permiso para comprarle al rival que su propio gobierno vetó, porque la escasez de memoria le está costando demasiado —tuvo que subir los precios de las MacBook y los iPad, y sus acciones sufrieron una de las peores caídas en más de un año—. Hay una frase que resume el momento mejor que cualquier análisis: la escasez no tiene bandera. Las políticas de “solo aliados confiables” aguantan firmes… hasta que duelen en el bolsillo de la empresa más grande del país. Entonces aparecen, calladitas, las excepciones.
Puestas las dos cosas juntas —los modelos cerrándose por arriba y el hardware encareciéndose por abajo—, en los círculos donde esto se discute en serio se oye una sola respuesta, dicha con distintos grados de alarma: si no controlas tu propia inteligencia, no es tuya. Lo que metes en un sistema ajeno —tu trabajo, tus ideas, tus datos— deja de ser del todo tuyo. Y la defensa, dicen, es construir lo propio: comprar el hardware mientras se pueda y apostar por los modelos de código abierto, esos que cualquiera puede descargar y correr en su propia máquina sin pedirle permiso a nadie.
Hay en ese discurso una buena dosis de exageración —se oye mucho “tienes un año o quedas fuera”, y eso es más grito que reloj—. Pero la dirección es correcta, y la respalda un dato sólido: la distancia entre los modelos abiertos y los cerrados se está cerrando, sobre todo en programación. Lo que hace un año solo hacía el modelo carísimo de una gran corporación, hoy empieza a hacerlo, y bastante bien, un modelo abierto y gratuito corriendo en una computadora que cabe en un escritorio.
Confieso que esta es la parte que más me ocupa últimamente. Estoy convencido de que la apuesta sensata desde acá no es esperar a que nos entreguen la llave de la inteligencia ajena, sino aprender a hacer la propia —modesta, imperfecta, pero nuestra—. No por desconfianza ideológica, sino por algo más simple: una herramienta que depende del permiso de otro gobierno para encenderse no es una herramienta sobre la que un país pueda construir su futuro.
Hay un patrón viejo en todo esto. Cada vez que una tecnología se vuelve poder —la imprenta, el átomo, el código— llega un momento en que los que la tienen intentan cerrar la puerta detrás de ellos. A veces lo logran un rato. Nunca para siempre. La pregunta, para los que quedamos de este lado de la puerta, no es si nos van a abrir. Es si nos vamos a quedar tocando, o si vamos a ponernos a fabricar nuestra propia llave mientras todavía se puede. Yo tengo bastante claro de qué lado quiero estar.
Una nota: mi intención con El Vigía es contar lo que ocurre en la inteligencia artificial de manera sencilla, no tan técnica, para que se entienda sin necesidad de estar metido en el tema. Agradeceré tus observaciones al respecto. Y si te topas con algún término que quieras revisar, en mi blog —alejandrozenker.com— encontrarás un glosario de inteligencia artificial al que puedes asomarte cuando gustes.
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— ALEJANDRO ZENKER, 27 JUN 2026 · 19:49