A veces, lo que pasa en la inteligencia artificial es cuestión de productos: que si un modelo nuevo, que si una función más rápida. Lo que voy a contar aquí es de otra cosa. Es de poder —de quién manda, de quién se sienta a la mesa donde se decide—. Y por primera vez, los que fabrican las máquinas que piensan se sentaron en las sillas que durante medio siglo fueron exclusivas de presidentes y primeros ministros. Vale la pena contarlo despacio, porque es de esas cosas que se entienden mejor cuando se ven completas.

Del 15 al 17 de junio, los siete países más ricos de Occidente —Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Canadá, lo que se conoce como el G7— se reunieron como cada año, esta vez en Évian, a la orilla del lago de Ginebra, en los Alpes franceses. Hasta ahí, rutina. Lo que rompió el molde fue el almuerzo del día 17. En esa mesa, junto a Donald Trump y al anfitrión Emmanuel Macron, se sentaron Sam Altman (el dueño de ChatGPT), Dario Amodei (el de Claude) y Demis Hassabis (el de Google DeepMind), más una docena de jefes tecnológicos. No como invitados de adorno ni en un panel aparte: como parte central de la agenda, con el mismo peso en la conversación que los mandatarios. Amodei, Altman y el jefe de inteligencia artificial de Meta hasta se tomaron la foto protocolaria con Macron y la bandera francesa detrás —esa foto que normalmente se le reserva a un jefe de Estado—.

Conviene detenerse en lo que eso significa. El G7 es, desde hace casi medio siglo, el club donde los gobiernos de Occidente se ponen de acuerdo sobre el rumbo de la economía mundial. Que a esa mesa se siente el dueño de una empresa —y no a pedir permiso, sino a proponer las reglas— es un cambio de fondo, no de protocolo. Amodei y Hassabis llegaron, de hecho, con una propuesta concreta: armar una alianza encabezada por Estados Unidos para decidir entre todos quién tiene acceso a los modelos más potentes, cómo se reparten los chips que los hacen funcionar y cómo se manejan los riesgos. Es decir, los fabricantes de la inteligencia artificial pidiendo gobernar la inteligencia artificial. Varios europeos lo miraron con recelo —llevan meses incómodos de que toda esta tecnología sea estadounidense, y la Comisión Europea acaba de lanzar su propio plan para no depender de Silicon Valley—. Y hubo un ausente que dice tanto como los presentes: no había chinos. Esta foto es de un solo bando del mundo. La otra mitad del tablero —Pekín, sus modelos, sus fábricas de chips— no estaba en la mesa. Eso convierte la escena en algo más inquietante que una cumbre: es el primer retrato de una guerra fría que se está dibujando con dos bloques de inteligencia artificial, uno occidental y otro chino, cada uno con sus reglas y sus recelos. Lo de Évian no es el final de nada. Es la foto inaugural.

Mientras el poder se reacomodaba en los Alpes, la inteligencia misma cambiaba de forma en los laboratorios. Durante años, la carrera fue por el modelo más listo: uno solo, cada vez más grande y más caro. Hace poco empezó a imponerse una idea distinta, y casi de sentido común: que varias inteligencias artificiales trabajando juntas, como un comité, deciden mejor que la más brillante por su cuenta. La empresa japonesa Sakana presentó un sistema llamado Fugu que, por dentro, consulta a varios modelos de punta a la vez —los de Google, los de OpenAI, los de Anthropic— y entrega una sola respuesta: la que sale de hacerlos discutir entre ellos y quedarse con lo mejor de cada uno. ¿El resultado? Le gana a cada uno de esos modelos por separado. La metáfora es vieja y muy humana: cuatro cabezas piensan mejor que una, siempre que haya quien sepa moderar la junta.

Hay que decirlo con precisión, porque es fácil exagerarlo. No apareció un cerebro nuevo más potente que todos. Lo que apareció es la orquesta. El modelo más capaz que ha existido, el Fable 5 de Anthropic, sigue retirado del público por un veto de exportación del gobierno estadounidense, y no ha regresado pese a los rumores. Lo notable es que ya casi no hace falta ese súper-modelo único: un comité de los modelos que sí están disponibles se le acerca, y a ratos lo iguala, nada más repartiéndose el trabajo con cabeza. Si uno lo piensa, es el mismo movimiento que vimos en el G7: el futuro no parece un soberano todopoderoso, sino una mesa donde varios se coordinan. La inteligencia, como el poder, se está volviendo plural. Y eso cambia la pregunta que de verdad importa: ya no es “¿cuál es el mejor modelo?”, sino “¿quién sabe dirigir la junta?”.

Por si quedaban dudas de hasta dónde está llegando todo esto, hubo además una escena que hace diez años habría sido de ciencia ficción. Edward Witten —seguramente el físico teórico vivo más respetado del mundo, el único que ha ganado la medalla Fields, el “Nobel de las matemáticas”, sin ser matemático de profesión— publicó un trabajo sobre los rincones más abstractos de la física, esos donde se tocan la gravedad y el mundo cuántico. Y en los agradecimientos hizo algo sin precedente: le dio crédito a Claude, la inteligencia artificial de Anthropic, por haberlo ayudado a generalizar un cálculo que él solo había logrado resolver para los casos más simples.

Vale la pena detenerse, porque es más grande de lo que suena. No se trata de que una IA le haya “hecho la tarea” a un estudiante, sino de que uno de los cerebros más finos del planeta reconozca, por escrito y en una publicación científica, que una máquina aportó algo a un descubrimiento de frontera. La inteligencia artificial dejó de ser la calculadora y empezó a ser el colega que sugiere el siguiente paso. No descubre sola —Witten puso la pregunta, el criterio y el riesgo de equivocarse—, pero ya no es un simple instrumento: es un colaborador al que se cita por su nombre. Y si los problemas más difíciles que conoce la humanidad empiezan a resolverse así, en dúo, la pregunta que viene no es si las máquinas piensan, sino qué vamos a alcanzar a entender ahora que tenemos quien nos ayude a cargar lo que antes nos quedaba grande.

Toda esa inteligencia, por supuesto, vale oro. Y donde hay oro hay quien lo quiere sin trabajarlo. Anthropic, la empresa de Claude, le mandó una carta al Senado de Estados Unidos acusando a Alibaba —el gigante tecnológico chino, una especie de Amazon de aquel país— de haberle “extraído ilícitamente” sus capacidades. El método tiene nombre técnico, destilación, y una explicación sencillísima: consiste en poner a una inteligencia artificial barata a copiar millones de respuestas de una cara y poderosa, para aprender de ella sin pagar el esfuerzo enorme de construirla desde cero. Es copiarle el examen al mejor de la clase, solo que 28.8 millones de veces. Según Anthropic, entre abril y junio un grupo ligado al laboratorio Qwen de Alibaba usó casi 25 mil cuentas falsas para hacer exactamente eso, apuntando a lo más valioso de Claude: su habilidad para razonar y para programar tareas largas y complicadas.

Es la primera vez que Anthropic señala con nombre y apellido a un gigante chino —antes había acusado a empresas más pequeñas—, y no es casual que la denuncia haya ido a parar a un comité del Senado y no a un juzgado cualquiera: la están convirtiendo en asunto de Estado. Y aquí se cierra el círculo con lo de Évian. Aquella mesa sin chinos y esta carta contra una empresa china son la misma historia contada por sus dos lados: Occidente cerrando filas alrededor de su inteligencia artificial y acusando a China de tomar atajos para alcanzarla. Llámenle como quieran, pero se parece cada vez más a una carrera armamentista —solo que el arma es un programa que conversa, y el espionaje se hace con cuentas falsas y preguntas bien diseñadas—. Lo que está en juego no es un producto: es quién va a tener la inteligencia más capaz del planeta, y bajo qué bandera.

Y mientras los poderosos del mundo discutían quién manda en las máquinas que piensan, en un pueblo diminuto de Quebec pasaba algo en sentido exactamente contrario. Terrasse-Vaudreuil, al oeste de Montreal, se convirtió el 9 de junio en el primer municipio de Canadá en reconocer a los árboles como seres vivos con derechos propios: el derecho, dice la resolución que sus concejales aprobaron por unanimidad, “a la vida, al crecimiento natural, a la integridad y a la regeneración”.

Hay algo hermoso y desconcertante en la coincidencia. La misma civilización que le está enseñando a sus máquinas a corregirse solas, a sentarse con los presidentes y a colaborar con los físicos, se detuvo en un pueblito a reconocerle derechos a un árbol. Le estamos dando biografía jurídica a los robles mientras todavía no nos ponemos de acuerdo sobre qué es, exactamente, una persona —y si una máquina podría llegar a serlo algún día—. Quizá no sea una contradicción, sino la misma pregunta asomada por sus dos extremos: qué merece ser protegido, qué merece durar. Hace un siglo, en un cuarto de la colonia Roma, un hombre enfermo escribió a mano la suave Patria sin pedirle permiso a ningún tribunal ni a ninguna máquina. Esa caligrafía no la generó nadie. Todavía.


Una nota: mi intención con El Vigía es contar lo que ocurre en la inteligencia artificial de manera sencilla, no tan técnica, para que se entienda sin necesidad de estar metido en el tema. Agradeceré tus observaciones al respecto —si algo no quedó claro, dímelo: me sirve para afinar el rumbo—. Y si en el camino te topas con algún término que quieras revisar, en mi blog —alejandrozenker.com— encontrarás un glosario de inteligencia artificial al que puedes asomarte cuando gustes.


Discover more from Mutatis mutandis

Subscribe to get the latest posts sent to your email.

— ALEJANDRO ZENKER, 26 JUN 2026 · 19:41