Humberto Musacchio murió la noche del 4 de noviembre, nueve días después de cumplir 83 años. Lo conocí hace cuarenta años, o poco más, cuando él trabajaba en su Diccionario enciclopédico de México en las oficinas de Ediciones del Ermitaño, en San Pedro de los Pinos, y desde entonces nos fuimos encontrando una y otra vez alrededor de alguna revista, de algún documento o de alguna causa del oficio. Él decía, a propósito de Juan Gelman, que cuando uno escribe sobre alguien tan querido no le queda más que hacerlo en primera persona, así que ni lo intento de otra manera.
Mi recuerdo de Humberto empieza ahí, con el diccionario todavía en obra, mucho antes de que ocupara su lugar en bibliotecas y librerías. Lo emprendió después de salir de La Jornada, de la que fue uno de los subdirectores fundadores, y el editor fue Andrés León, que poco antes le había encargado Ciudad quebrada, el libro sobre los sismos de 1985 que, según contaba, escribió en quince días. Los cuatro tomos le llevaron cuatro años y aparecieron en 1989, y Humberto reconoció a quienes le ayudaron: Hugo Martínez Téllez, Tomás Tenorio, Nabor Garrido y Luis Fernando Granados. Diez años después lo rehízo con Consuelo Sáizar en Hoja Casa Editorial como Milenios de México, porque para él una obra de consulta tenía que revisarse y actualizarse, y con el mismo método hizo los diccionarios del Distrito Federal, de Guanajuato y de Nayarit y ¿Quién es quién en la política mexicana? Tomás Granados cuenta que, cuando murió, tenía en preparación un diccionario de mujeres mexicanas.
Nació en Ciudad Obregón, se crió en Guadalajara por los rumbos de Mezquitán hasta los once años, estudió Economía en la UNAM sin terminar la carrera, cosa que él mismo aclaraba, y el 2 de octubre de 1968 estaba en Tlatelolco: sobrevivió a la balacera y después conoció la cárcel. Al año siguiente vivía con Manuel Blanco en la Comuna José Revueltas, sin un quinto, hasta que Jesús Luis Benítez, el Booker, los llevó con Juan Rejano a escribir reseñas para el suplemento de El Nacional, y así empezó a cobrar por leer, que no es mala manera de entrar al periodismo. En 1971 le suspendieron la página cultural de El Universal por publicar críticas a Martín Luis Guzmán, y lo que escribió sobre Avándaro nunca salió. Luego vinieron unomásuno, donde fue jefe de redacción, Kiosko, Mira, el suplemento Comala de El Financiero y la columna "La República de las Letras", que fue mudándose de periódico en periódico. Desde los años setenta se ocupó también de organizar a sus colegas: ayudó a fundar la Unión de Periodistas Democráticos, que presidía Renato Leduc, y editaba su boletín, Galera, nombre que el poeta eligió por las galeras de la imprenta y las de la cárcel. En julio de 1976, cuando el gobierno de Echeverría dio el golpe contra Julio Scherer en Excélsior, la UPD sacó un manifiesto de protesta que los diarios nacionales se negaron a publicar.
A los editores nos dejó algo más, porque se volvió historiador de su propio gremio. Escribió sobre los reporteros gráficos, sobre la historia gráfica del periodismo mexicano, sobre Alfonso Reyes periodista, sobre el periodismo cultural en México y sobre el Taller de Gráfica Popular; le dedicó un libro a Miguel Ángel Granados Chapa, con quien compartió décadas de periodismo, y en 2022 el Fondo de Cultura Económica le publicó La Universidad de México, 1551-2001. En Hojas del tiempo incluyó "Mester de librería", sobre quienes han hecho historia en el oficio librero, y todavía en 2014 se quejaba en público de que hubieran desaparecido de las redacciones los correctores de originales. En eso tenía toda la razón.
Volvimos a coincidir muchas veces. Cuando en 2017 resucitamos Transgresiones, la revista que yo había fundado en 2003 con Gustavo Sainz, Humberto entró al consejo editorial y se quedó con nosotros a lo largo de toda la nueva época; el último número, de septiembre de 2018, con el que cumplíamos un año, lo dedicamos al 68, y el primer texto es suyo, sobre los carteles del movimiento y los artistas del Grupo Mira que los guardaron cuando tener esa propaganda se pagaba con la cárcel. Al año siguiente, en el número 19 de Quehacer Editorial, firmamos juntos, con otros veintitrés compañeros, el "Diagnóstico del medio editorial y perspectivas" de Trabajadores de la Edición: el mercado del libro, la producción, la capacitación y la organización del sector, que son los asuntos que siempre nos juntaron.
Militó en el Partido Comunista Mexicano y escribió de política con nombre y apellido hasta el final. A finales de 2025 reunió a periodistas de orillas muy distintas en Cállense. Los nuevos rostros de la censura, que publicaron Grano de Sal y Artículo 19, y salió a presentarlo en Coyoacán, en el Centro Histórico, en Puebla y en Pachuca. Cincuenta años después de aquel manifiesto, en su última columna de Excélsior, días antes de morir, todavía pedía que llamaran a José Woldenberg para poner orden en el INE. A sí mismo, en cambio, no se tomaba en serio: a punto de cumplir ochenta se describió como "un simple periodiquero que hace su trabajo", y cuando le preguntaron cómo los iba a festejar dijo que a lo mejor se iba a Gayosso a apartar su lugar, que había buen descuento.
En marzo la Feria Internacional del Libro de Coyoacán le entregó su Homenaje al Periodismo Cultural, y me alegra que se lo hayan dado en vida. Quedan sus libros, sus columnas y sus entrevistas. A mí me queda la costumbre de esperar el siguiente encuentro, alrededor de la siguiente revista o de la siguiente tarea compartida, y esta vez ya no va a llegar.
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— ALEJANDRO ZENKER, 05 NOV 2026 · 21:55