Oponerse por principio al uso de la inteligencia artificial en la literatura, como en tantos otros campos del quehacer y del conocimiento humano, es hoy en día una reverenda pendejada. En serio. Lo escribo un viernes ya tarde para publicarlo en sábado, cuando muchos andan enfiestados y probablemente nadie me va a leer, así que me voy a dar el gusto de decir unas cuantas herejías.
Las inteligencias artificiales llegaron para quedarse, y en lugar de perder el tiempo oponiéndonos a ellas habría que aprovecharlo para conocerlas, apropiárselas y aprender a utilizarlas creativamente, como hemos hecho a lo largo de la historia con tantos otros avances científicos y tecnológicos. Lo digo como un jovenazo de 71 años que ha vivido numerosas transformaciones tecnológicas, aunque reconozco que la actual tiene peculiaridades que la distinguen de las anteriores, y algunas de ellas son verdaderamente extraordinarias.
En el terreno editorial, por ejemplo, las rupturas se sucedieron una tras otra. Durante los últimos cincuenta años pasamos de los tipos móviles y los linotipos a las IBM Composer, la fotocomposición, la autoedición y la impresión láser; luego vino la sustitución del fotolito por el CTP, que permitía grabar directamente las placas de impresión, y finalmente la impresión digital. Viví también la transición de la escritura manuscrita a la mecanografiada y de esta a las computadoras, la aparición de procesadores de palabras como WordStar, WordPerfect y Microsoft Word, y su evolución hasta incorporar correctores ortográficos, gramaticales y toda clase de herramientas. Después llegaron programas como Scrivener y Ulysses, que ofrecían nuevos recursos para organizar y desarrollar proyectos literarios complejos.
Y en todos los casos hubo críticas. Entre escritores se escuchaban comentarios despectivos como "ese pendejo no sabe escribir sin corrector ortográfico". Pero como editor tuve que corregir a cientos de escritores que presumían sus habilidades y entregaban manuscritos plagados de errores, y no sólo ortotipográficos y gramaticales: algunos cambiaban de sexo a sus personajes a media novela sin que mediara ninguna intención narrativa, y otros olvidaban lo que habían contado cincuenta páginas atrás y lo contradecían sin ton ni son. En fin, la cagaban en el camino, y para subsanar esos desaguisados confiaban en un ejército de editores y correctores que terminábamos puliendo sus obras.
¿Acaso eso invalidaba su condición de escritores? Por supuesto que no. La literatura nunca ha sido una actividad exclusivamente individual: detrás de innumerables grandes obras hay editores, correctores, traductores, investigadores y toda clase de colaboradores, y la imagen del genio solitario que produce una obra perfecta sin ayuda de nadie es, en buena medida, una construcción romántica.
Hay también poetas que no saben lo que es una sinalefa, un hiato, una sinéresis o una cesura, por mencionar algunos elementos de la métrica. Para ellos, y para quienes desean adentrarse en los a veces inhóspitos entresijos de la poesía, creamos Poetósfera, un espacio dedicado, por cierto, a rescatar, estudiar y difundir la poesía y sus alrededores creados por seres humanos, no por inteligencias artificiales, y que aprovecha recursos tecnológicos contemporáneos para acercar ese patrimonio a nuevos lectores.
¿Por qué cuento todo esto? Porque la inteligencia artificial puede ayudarnos a construir narrativas mucho más sólidas, documentadas, coherentes y complejas. Puede detectar inconsistencias como la de esos personajes que cambiaban de sexo a media novela, explorar alternativas, analizar estructuras, enriquecer personajes, proponer caminos de investigación y poner al alcance del creador recursos que antes exigían equipos enteros de especialistas. Lo importante es aprender a utilizarla creativamente, como los artistas han hecho siempre con las nuevas tecnologías: la fotografía no acabó con la pintura, ni el cine con el teatro, ni los sintetizadores con la música, ni los procesadores de palabras con la literatura; lo que hicieron fue transformar sus posibilidades. La IA está haciendo algo semejante, aunque con una velocidad y una profundidad sin precedentes.
Ahora bien, hay algo que me resulta particularmente absurdo: la obsesión por determinar si un texto fue escrito por un humano o por una máquina. Este artículo, por ejemplo, lo estoy escribiendo yo, tecleando con mis manos. Cuando termine, probablemente se lo pasaré a Claude, a ChatGPT o a ambos para que lo revisen; seguramente encontrarán errores, repeticiones, imprecisiones y oportunidades para mejorar su estructura, y yo aceptaré algunas sugerencias, rechazaré otras y quizá les pediré que desarrollen alternativas para ciertos párrafos. Después podría pasarlo por Grammarly o por alguno de los detectores de escritura artificial, como Pangram, GPTZero o Turnitin. ¿Y qué demostraría el resultado? Muy poco sobre quién pensó el artículo, quién decidió sus argumentos o quién asumió la responsabilidad de lo que dice.
Estos sistemas, además, pueden equivocarse: atribuyen a una máquina textos escritos por personas y pasan por alto intervenciones importantes de la IA. Anthropic, por ejemplo, ya comenzó a incorporar marcas de agua estadísticas en los textos que generan algunos modelos de Claude. Son mecanismos más sofisticados que los detectores convencionales, pero tampoco permiten establecer por sí solos quién es el autor intelectual de una obra, y su efectividad puede disminuir cuando los textos se modifican sustancialmente. El problema de fondo es que estamos intentando trazar una frontera tajante donde cada vez existe una colaboración más compleja.
¿En qué momento deja de ser mío un texto? ¿Cuando alguien me corrige una coma? ¿Cuando un editor modifica un párrafo? ¿Cuando una IA detecta una contradicción, o me propone una solución que yo acepto porque considero que mejora mi argumento? Son preguntas que no pueden resolverse con un porcentaje arrojado por un detector, porque la autoría, la responsabilidad intelectual y la calidad de una obra son cuestiones mucho más complejas que la identificación de la herramienta utilizada.
Esto no significa que todo uso de IA sea creativo ni que debamos aceptar cualquier cosa producida por una máquina. Una persona puede pedirle a una IA que escriba una novela completa, publicarla sin siquiera leerla y presumir que es escritor; otra puede dedicar años a investigar un tema, construir personajes y desarrollar una estructura narrativa, y utilizar la IA para explorar posibilidades, contrastar decisiones y perfeccionar el resultado. No son procesos equivalentes, ni lo son sus consecuencias para quien los realiza, porque la inteligencia artificial puede utilizarse para dejar de pensar, pero también para pensar más y mejor; puede servir para producir montañas de textos mediocres o para ensanchar como nunca las posibilidades de la creación. Lo decisivo sigue siendo la intervención intelectual del ser humano.
Hay, desde luego, problemas legítimos que debemos discutir: los derechos de autor, las condiciones de entrenamiento de los modelos, la concentración del poder tecnológico, las transformaciones laborales, los sesgos, la producción masiva de contenidos y los mecanismos para distinguir información confiable de basura. Son cuestiones importantes, y algunas requieren regulaciones, nuevos acuerdos y profundas transformaciones institucionales, pero ninguna justifica renunciar a lo que la tecnología hace posible.
En las ciencias el panorama es todavía más claro. Las inteligencias artificiales están participando en la resolución de problemas matemáticos que llevaban décadas abiertos. En septiembre, OpenAI anunció una demostración del célebre problema de Navier-Stokes, uno de los problemas del milenio, verificada por computadora según la propia empresa; los matemáticos todavía la revisan, y ya hay quien advierte que la versión verificada y la escrita no dicen exactamente lo mismo, pero, independientemente de cómo termine esa revisión, la magnitud del avance resulta difícil de ignorar. Algo parecido sucede en física, biología y medicina, donde la IA está acelerando investigaciones que habrían requerido enormes cantidades de trabajo humano. ¿Nos vamos a indignar si una inteligencia artificial contribuye a desarrollar un tratamiento eficaz contra una enfermedad que hasta ahora no hemos podido combatir? ¿Vamos a pedirle que se abstenga de investigar para que los humanos tengamos el privilegio de descubrirlo por nuestra cuenta dentro de cincuenta o cien años? La sola idea resulta grotesca.
Pero volvamos a la creación artística. ¿Podemos escribir mejores novelas, construir mejores poemas, hacer mejor cine, producir mejores imágenes y desarrollar nuevas formas narrativas con ayuda de la IA? Creo que sí, y no porque las máquinas tengan necesariamente algo más interesante que decir, sino porque pueden multiplicar los recursos de quienes sí tenemos algo que decir.
Y aquí aparece un cambio que me parece todavía más importante. Durante siglos, buena parte de la producción cultural estuvo condicionada por el acceso a recursos económicos, conocimientos especializados, infraestructura y equipos de trabajo. Una persona podía imaginar una película extraordinaria y carecer del dinero necesario para realizarla, tener una idea musical fascinante y no saber tocar un instrumento, o concebir un proyecto editorial complejo sin disponer de investigadores, diseñadores, programadores o especialistas para llevarlo a cabo. Esas barreras están comenzando a ceder. No desaparecerán todas, ni mucho menos, pero millones de personas tendrán acceso a medios creativos que antes estaban reservados a unos cuantos, y eso puede cambiar radicalmente nuestra relación con la cultura, porque ya no se trata solamente de una sociedad que consume lo que producen unos pocos, sino de una en la que muchísimas más personas pueden crear, experimentar, producir y compartir. ¿Habrá más basura? Seguramente, un chingo. Pero también habrá oportunidades para descubrir talentos que antes no tenían manera de expresarse, y eso, para quienes hemos dedicado la vida a los libros, debería resultar profundamente estimulante.
Yo llevo toda mi existencia volcado en la creatividad y en ayudar a otros a convertir la suya en obras que puedan disfrutar los demás, como fotógrafo, traductor, corrector, editor y promotor cultural, pero lo que estoy viviendo ahora no tiene comparación con nada anterior en mi experiencia. Hoy estoy haciendo cosas que jamás imaginé que podría realizar: experimento con composición musical, artes visuales, video, animación, programación y desarrollo de herramientas tecnológicas para proyectos personales y colectivos, y estoy ampliando el alcance de Solar, Ediciones del Ermitaño, Librántida, Poetósfera y el Instituto del Libro y la Lectura. Y no lo hago porque las máquinas estén pensando por mí, sino porque he aprendido a incorporarlas a mis procesos intelectuales y creativos: puedo investigar más, experimentar más, equivocarme más rápido, rectificar y explorar caminos que antes estaban fuera de mi alcance. No tengo la menor intención de dejar de aprender, y mucho menos de renunciar a una herramienta porque alguien considere que utilizarla disminuye mis méritos.
Sé perfectamente que estamos ante una transformación de enormes proporciones, que habrá conflictos, desplazamientos laborales, nuevas desigualdades y problemas que todavía no alcanzamos a imaginar. No pretendo negar esos riesgos; hay que comprenderlos, enfrentarlos y procurar que los beneficios de esta revolución alcancen a la mayor cantidad posible de personas. La velocidad de los cambios provoca incertidumbre, y la incertidumbre, cuando se combina con la ignorancia, suele producir miedo, que es un pésimo consejero cuando necesitamos comprender lo que está ocurriendo.
La humanidad tiene ante sí herramientas que pueden potenciar a una escala inédita su inteligencia y su creatividad, y sería absurdo desperdiciarlas por defender una idea petrificada de lo que significa ser humano. Yo no quiero preservar una humanidad condenada a hacer eternamente las cosas como las hacía antes; quiero una capaz de ampliar sus capacidades, de aprender lo que todavía ignora, de imaginar lo que todavía no existe y de utilizar todos los recursos a su alcance para construirlo.
A mis 71 años no siento que la inteligencia artificial me esté arrebatando mi capacidad creadora. Por el contrario, estoy descubriendo posibilidades que no tuve a los veinte, a los cuarenta ni a los sesenta, y a estas alturas de mi vida, francamente, no pienso pedirle permiso a nadie para explorarlas.
P. D. Por cierto, ahora que tanto se discute sobre la autenticidad de la escritura, se me ocurre un antecedente literario extraordinario: Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand, estrenada en 1897. Christian está enamorado de Roxana pero no sabe cómo decírselo, y Cyrano, que domina el lenguaje como pocos, le presta sus palabras, le escribe las cartas y hasta le dicta las declaraciones de amor, así que Roxana se enamora de lo que lee y escucha convencida de que el autor es Christian. Cyrano era ChatGPT y Christian su usuario, aunque con una pequeña complicación: Cyrano también estaba enamorado de Roxana. ¿De quién eran, entonces, aquellas cartas: de quien las firmaba, de quien sentía lo que decían o de quien encontraba las palabras? De ninguno, porque todas las había escrito Rostand, que se las puso en la boca a Cyrano para que éste se las prestara a Christian, y lo mejor es que Cyrano existió: Savinien de Cyrano de Bergerac (1619-1655) fue un escritor, duelista y librepensador francés, irreverente y enemigo de los dogmas, que escribió El otro mundo o Los estados e imperios de la Luna, una fantasía filosófica publicada póstumamente en 1657 y considerada precursora de la ciencia ficción. Es decir, un escritor que imaginó viajes a la Luna en el siglo XVII terminó convertido, dos siglos y medio después, en personaje de otro, escribiendo cartas de amor para que un tercero las firmara.
¡Imagínense semejante desmadre con los detectores de inteligencia artificial! Christian acusado de fraude, Cyrano de suplantación de autoría, Rostand de apropiarse de la identidad de un escritor muerto y, para acabarla, algún crítico dictaminando que aquello no era literatura sino escritura asistida. Casi cuatro siglos de imaginación literaria para que ahora venga un pendejo con un detector a decirnos quién tiene derecho a escribir una carta de amor.
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— ALEJANDRO ZENKER, 31 OCT 2026 · 17:35