Hace dos años, la inteligencia artificial era para mí, sobre todo, un objeto de estudio: algo que observar, documentar y sobre lo cual formular hipótesis. Hoy es la herramienta con la que, en cuestión de semanas, he construido lo que antes habría exigido años, un equipo entero y un presupuesto considerable. En ese trayecto no cambió únicamente la tecnología: cambió lo que una sola persona es capaz de hacer con ella.

No llego a esto de improviso. Desde la irrupción pública de la IA generativa, a finales de 2022, no he dejado de usarla a diario; he mantenido una bitácora casi permanente de sus avances y he acumulado más investigaciones de las que he alcanzado a publicar. Pero hace unos meses decidí cruzar de la observación a la experimentación sistemática. Y lo que más me sigue sorprendiendo es la magnitud de lo que hoy puede hacer una sola persona cuando combina experiencia, conocimiento especializado y herramientas de inteligencia artificial.

En mi caso, por ejemplo, rehice por completo las páginas web de Solar, Librántida y Autorántida. También reconstruí mi blog personal como un espacio de experimentación permanente, una especie de laboratorio donde pruebo ideas, herramientas y procesos que después terminan integrándose en otros proyectos.

Pero la verdadera sorpresa llegó la semana pasada.

Aproveché al máximo los tres días que estuvo disponible Fable 5 de Anthropic, probablemente el modelo de IA más poderoso que ha existido hasta ahora en manos del público. Su disponibilidad pública terminó pocos días después, a raíz de restricciones de exportación estadounidenses que la empresa no pudo acotar de manera selectiva. Durante esa breve ventana construí el núcleo de una nueva infraestructura operativa para nuestras operaciones editoriales.

Imagínenlo como un sistema operativo de la empresa. No uno que administra memoria, discos y pantallas, sino uno que administra conocimiento, procesos, decisiones y flujos de trabajo. Dentro de él operan agentes especializados que colaboran entre sí, comparten contexto y ejecutan tareas coordinadas. Lo que antes requería departamentos completos ahora puede resolverse mediante equipos híbridos formados por personas e inteligencias artificiales trabajando sobre una misma infraestructura.

Cuando hablo de una infraestructura operativa no me refiero a un programa aislado, sino al corazón de un ecosistema que integra, de punta a punta, los procesos centrales de nuestra operación editorial. Un proyecto cuya concepción habría resultado extraordinariamente compleja, lenta y costosa apenas unas semanas atrás.

Han sido días de trabajo intenso: jornadas larguísimas, pruebas constantes, corrección de errores, rediseños, análisis y replanteamientos continuos. Nada de esto ocurrió de manera automática. Sin experiencia humana detrás, sin conocimiento profundo del sector editorial y sin una dirección clara, ninguna inteligencia artificial habría podido construir algo útil. Del mismo modo, sin la colaboración de quienes prueban el sistema a diario y detectan sus errores, no habría alcanzado el nivel de refinamiento que comienza a tener.

Lo interesante es la escala del cambio. Muchas de las tareas que hasta hace muy poco habrían requerido meses de desarrollo, varias especialidades técnicas y presupuestos considerables, hoy pueden ejecutarse en tiempos radicalmente más cortos. No porque la inteligencia artificial sustituya el conocimiento, sino porque multiplica la capacidad de ejecución de quien ya posee ese conocimiento.

La diferencia fundamental no está en la tecnología por sí misma. Está en saber utilizarla. Llevo años aprendiendo a trabajar con inteligencia artificial como herramienta de análisis, diseño, estructuración y programación. Conozco profundamente el ámbito en el que operamos y he estado dispuesto a invertir tiempo, recursos y una cantidad poco saludable de café y Coca-Cola para llevar estas ideas hasta sus últimas consecuencias.

A estas alturas, y sin ánimo de presumir, siento que puedo abordar prácticamente cualquier proyecto relacionado con mi campo de especialidad. Ya no dependo de un único modelo. Hoy trabajo simultáneamente con Claude Opus 4.8, Gemini 3.1 Pro, Antigravity, Codex y muchas otras herramientas que utilizo de forma complementaria, aprovechando las fortalezas específicas de cada una.

Actualmente llevo cerca de veinte proyectos en paralelo. Tan sólo para Solar y Librántida he supervisado la generación y refinamiento de más de 7,400 líneas de código funcional en menos de dos semanas, sin contar un proyecto paralelo de reescritura semántica de metadatos para nuestro catálogo editorial. A esas miles de líneas hay que sumar más de treinta versiones sucesivas, cada una producto de pruebas, correcciones y mejoras continuas.

Impreso, ese código equivaldría a un libro técnico de más de doscientas páginas. Pero no un libro de explicaciones, sino de conceptos: cada línea es una instrucción densa que, por sí sola, pone en marcha una maquinaria invisible —como una partitura, que no contiene el sonido sino las indicaciones para que la orquesta lo produzca—. Traducido a los métodos tradicionales de desarrollo, donde cada concepto había que escribirlo desplegado, probablemente superaría las setenta mil líneas. Lo notable no es el volumen, sino la velocidad con la que hoy puede construirse, probarse y refinarse una arquitectura compleja cuando la experiencia humana y la inteligencia artificial trabajan juntas.

Lo que antes parecía una hoja de ruta para varios años hoy puede ejecutarse en cuestión de semanas.

El horizonte de posibilidades para Solar, Librántida y nuestros proyectos editoriales se ha expandido de manera radical. Y quizá lo más interesante es que muchas de las herramientas y procesos que estamos desarrollando no quedarán confinados a nosotros. Nuestra intención es que también puedan beneficiar a colegas, editoriales y proyectos culturales de otros países que enfrentan desafíos similares.

Hace apenas dos años hablábamos con asistentes. Hoy comenzamos a construir organizaciones completas habitadas por agentes.


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— ALEJANDRO ZENKER, 20 JUN 2026 · 01:23