Un accidente —en este caso cardiovascular— me obligó a hacer una pausa en la vertiginosa actividad de experimentación y estudio en la que estaba inmerso. Me sirvió no sólo para caer de nuevo en la cuenta de la fragilidad biológica que nos aqueja a los humanos, sino también para recalibrar prioridades. Entre ellas: comprarme un colchón nuevo (jubilé el que usé por más de veinte años), seguir poblando nuestro jardín, reacomodar los espacios de nuestras actividades editoriales (Solar/Librántida/Ermitaño) y repensar el camino —al menos el mío.
No he dejado de darle seguimiento diario a la evolución de la IA, y lo hago poniendo en práctica lo que va emergiendo. Mi estudio ya se convirtió en un desmadre sabroso e inquietante. Trabajo, literalmente en mancuerna, con dos computadoras, y cada una maneja una cantidad creciente de agentes. Y eso —los agentes— es lo que nos debe inquietar. Seguramente ya todos escucharon el rumor de que la IA le va a ir quitando chamba a los humanos hasta, quizás, desplazarlos. Pero no se trata de la IA de uso común (esa con la que chateas) sino de la agéntica. Desde que apareció OpenClaw —un, llamémosle, “sistema operativo” para agentes de IA, que instalé junto con otros tantos aventureros de este mundo de incertidumbres apasionantes—, las cosas empezaron a tomar un rumbo nuevo y a las grandes corporaciones se les prendió el foco. Eso que un programador creó en el silencio de su entorno de trabajo fue una innovación genial. La IA ya no se movería sólo en el marco de los grandes modelos (Claude, ChatGPT, Gemini, Grok) sino también echando mano de “agentes”, algo así como empleados o asistentes de cada IA. OpenClaw fue el primero abierto de su tipo; pero Claude ya trabajaba intensamente en sus propios agentes dentro de su ecosistema de código (Claude Code). Luego vino Hermes, otro “sistema operativo” agéntico que ya colabora con OpenClaw y con Claude en mi Mac mini. OpenClaw y Hermes pueden lanzar, a su vez, infinidad de agentes, y Claude hace otro tanto. De tal suerte, de pronto tengo un montón de asistentes trabajando en mis proyectos. Y tener una cantidad creciente y casi ilimitada de agentes te lleva a articular cada vez más proyectos. ¿El resultado? Un mundo de creaciones: páginas web, investigación, aplicaciones, videos, marketing, lo que se te ocurra.
En las últimas semanas, y con las pilas bajas, he creado páginas web de mediana a gran complejidad (solareditores.com, librantida.com); arranqué un diccionario que ya incorpora más de 750 términos del ecosistema de la IA; una app interactiva de herramientas de IA para quien no se halla; un juego retro que ya no existía más que en mi memoria (Xonix); y rehíce mi propio blog (alejandrozenker.com) como espacio experimental donde no sólo puedes leer mis textos, sino también consultar el diccionario, seguir la bitácora de avances en IA (El Vigía), jugar con el Diccionario de lo que aún no existe, generar herramientas que el mundo no pidió y hasta platicar con el Pichicuaz sobre lo que se te ocurra (aunque tengo que darle croquetas para que reviva, porque se las acabó en un santiamén), mientras descargas tu furia lanzando manchas de tinta, enchuecando la página y tachando lo que quieras: armando desmadre en un blog que busca ser experimental.
En paralelo, tengo agentes creando videos que explican de qué trata cada uno de los más de 30,000 libros que distribuimos (lo que implica analizar cada libro y generar una síntesis de diez segundos, porque nadie tiene tiempo para fijar la atención más allá de eso), y experimento cómo crear bots —en web, por WhatsApp y por voz— para orientar a nuestros clientes y lectores de manera interactiva.
Pero tengo muchos más proyectos corriendo, algunos que medio olvido y luego retomo, de manera que me la paso regañando a mis agentes porque no concluyen bien la chamba. Y resulta que esto que vivo en mi estudio acaba de subir al escenario más grande de la industria: esta semana, Jensen Huang, CEO de NVIDIA, declaró que entramos en “la era de los agentes” y describió la IA agéntica como dos capas —el modelo que razona y un “sistema operativo” que lo conecta con sus herramientas; exactamente lo que tengo armado en casa. Y lo sorprendente es que el reto para quienes fabrican el hardware sobre el que corre la IA ya no es sólo atender a los humanos, que quieren respuestas en segundos, sino fabricar procesadores —como su nuevo chip Vera, diseñado para la IA agéntica— que respondan a cada vez más agentes: cientos de miles, millones a estas alturas, exigiendo procesamiento en fracciones de segundo, las veinticuatro horas, los trescientos sesenta y cinco días del año.
Imagínatelo: mientras escribo esto, tengo una docena de agentes ejecutando tareas que les encomendé, y cada uno tiene a su vez decenas de subagentes trabajando para sacar adelante mis proyectos. Pero, ¿saben cuál es el cuello de botella para que ese pequeño ejército cumpla sus misiones? Yo. Mis capacidades humanas de supervisar resultados y aprobar siguientes pasos. Claro, podría darles luz verde para que ejecuten todo de principio a fin sin mi intervención. Pero me gusta seguir estando a cargo.
Técnicamente, podría estar corriendo cientos, miles de agentes a la vez con tareas que pueden ejecutar de forma independiente una vez que yo lanzo la orden inicial: un flujo en cadena donde el agente principal (casi siempre Claude) pone a trabajar a los subagentes necesarios —algunos encargados de supervisar a los otros— para, al final, entregarme resultados. Ese es el momento que estamos viviendo. No es teoría. Es realidad y acción diaria en este espacio personal de experimentación, pero que ya se refleja en el trabajo de Solar y Librántida y, pronto, de Ediciones del Ermitaño y otros subsellos. Y si esto pasa aquí, desde un pequeño estudio en mi refugio de San Pedro de los Pinos, en la Ciudad de México, ¡imagínense lo que acontece a nivel mundial!
¿Hacia dónde vamos? ¿Qué nos depara el destino? No lo sé. Pero nada está escrito y hay infinidad de oportunidades abiertas. Hace unos meses no existía OpenClaw, y un individuo lo desarrolló para su propio uso y desató una revolución de proporciones inmensas. Y a finales de 2025 OpenAI era la empresa de IA más valiosa del mundo; en menos de seis meses, Anthropic —creadora de Claude— la rebasó: a finales de mayo alcanzó una valuación de 965 mil millones de dólares, rozando el billón, contra los 852 mil millones de OpenAI. Por eso mi blog se llama Mutatis Mutandis: porque la mutación es la única constante.
Pero mientras todo eso sucede, hoy me toca regar las plantas, darle al anciano Pichicuaz sus ocho pequeñas raciones del día y apapachar a las demás fieras y a las humanas que me rodean. Y salir, otra vez, al jardín.
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— ALEJANDRO ZENKER, 04 JUN 2026 · 20:23