Mi padre llegó a Veracruz en 1942 a bordo del Serpa Pinto, huyendo de una Alemania que primero le arrebató sus derechos, después la nacionalidad y, finalmente, intentó arrebatarle la vida. En el puerto le robaron la maleta. Todo lo que le quedó fue lo que sabía hacer con las manos: encuadernar. Montó su taller en San Luis Potosí 213, en la colonia Roma, y ahí crecí yo, entre el olor de la cola y el papel, oyéndole repetir una sentencia que todavía me ronda: sólo vale la pena lo que puedas cargar en una maleta.
Con esa idea a cuestas transité por la vida hasta que pude cumplir uno de mis mayores anhelos: seguir impulsando los libros desde un proyecto propio, auténtico y libre. Un proyecto que hoy cumple cuarenta y un años.
Cuarenta y un años de Solar se dicen rápido. Lo que no se dice rápido es que una empresa editorial mexicana atraviese cuatro décadas, tres crisis económicas de las que arrancan el aire, el terremoto de 1985 que nos dejó encima la organización de un congreso internacional, la extinción del plomo, la agonía de la fotocomposición, la llegada de la computadora personal, de internet, del libro electrónico y ahora de la inteligencia artificial, y siga aquí. No haciendo lo mismo, sino persiguiendo el mismo propósito: poner ideas en manos de otros.
Cuando nació Solar, en 1985, yo venía del mundo de la traducción, de pelear porque a los traductores se les pagara y se les reconociera, y traía metida una obsesión que entonces sonaba a locura: que el futuro del libro estaba en las máquinas que apenas empezaban a asomarse. En 1984 daba un curso en el ISIT sobre composición tipográfica y alternativas de impresión. Hace unos meses, una alumna de aquella generación me recordó, cuarenta años después, que ahí hablábamos del porvenir del libro electrónico cuando el libro electrónico todavía no existía. Hoy ella es una de las editoras más importantes que ha dado este país.
Yo sigo hablando de lo mismo, nada más que ahora armado con agentes de inteligencia artificial en cinco monitores y con el Pichicuaz caminando sobre el teclado.
En 1994 incorporamos a Solar la impresión digital, en alianza con Xerox, cuando en México casi nadie entendía para qué queríamos imprimir libros de uno en uno. La respuesta era simple y tardó veinte años en volverse evidente: para que ningún libro muriera por no vender tres mil ejemplares.
De esa terquedad nació Minimalia en 1995, que pasó de cinco autores a más de quinientos títulos. Nació el Pabellón Tecnológico de la FIL de Guadalajara en 2001, donde junto con Heidelberg, Adobe y Apple le mostramos a la industria editorial lo que se venía. Nació Quehacer Editorial, para pensar en voz alta el oficio. Nacieron Ediciones del Ermitaño y su librería. Nació el ILLAC. Nacieron las redes de editores y de libreros independientes con las que peleamos por la bibliodiversidad desde México y París hasta Punta Umbría.
Y de esa misma terquedad, ya en este siglo, nació Librántida: la idea de que lo que debe viajar entre países no es el papel, sino los archivos, y que un libro puede imprimirse a unos kilómetros del lector que lo pidió, en México, en Bogotá, en Santiago, en Madrid o donde haga falta. Hoy, uno de nuestros proyectos más recientes, la Librantería, pone al alcance de cualquier lector un catálogo de decenas de miles de títulos que sólo existen físicamente cuando alguien los pide. Mi padre cargaba su oficio en una maleta; nosotros aprendimos a cargar bibliotecas enteras en archivos que pesan menos que una fotografía.
La gente cree que las empresas cumplen años. No es cierto.
Las empresas se refundan cada mañana o se mueren.
Solar se ha refundado con cada tecnología que otros vieron como una amenaza y nosotros como una herramienta. En esa refundación permanente hay hoy una segunda generación al frente: Xiluén, mi hija, que dirige la operación con mucho más orden del que yo tuve nunca.
Yo hago lo que siempre he hecho: asomarme a lo que sigue.
Y ahora lo que sigue se llama inteligencia artificial. En Solar no la estamos esperando: la estamos poniendo a trabajar en la programación, en los metadatos, en los catálogos, en la automatización de procesos, en la conversación con los lectores y en la construcción de nuevas herramientas para el mundo editorial, con el mismo espíritu con que en 1994 pusimos a trabajar aquella primera imprenta digital.
Una amiga muy querida escribió hace poco que soy la bisagra entre el plomo y el algoritmo. Ojalá tenga razón. Pero esa bisagra nunca ha sido una persona. Ha sido toda la gente que ha pasado por estos talleres durante cuarenta y un años: correctores, formadores, impresores, encuadernadores, diseñadores, traductores, editores y libreros. Personas que aprendieron un oficio y luego aprendieron otro, y luego otro más, porque este trabajo consiste en eso: aprender y saber migrar acumulando habilidades y conocimientos para que los libros sigan llegando a las manos que los esperan.
Cuarenta y un años.
Mi padre perdió la maleta al bajar del barco y, con lo que llevaba en la cabeza, levantó un taller.
Sólo cambió el tamaño de la maleta.
Nosotros seguimos haciendo exactamente lo mismo.
Lo esencial nunca fue el fierro, ni el papel, ni las prensas, ni el software. Lo esencial siempre ha sido el conocimiento que somos capaces de conservar, transformar y compartir.
Mi padre decía que sólo vale la pena lo que puedas cargar en una maleta.
Ochenta y cuatro años después de que descendiera del Serpa Pinto, sigo creyendo que tenía razón.
Mañana volveremos a hacer lo que hemos hecho durante cuarenta y un años: componer, corregir, editar, imprimir, distribuir… y volver a empezar.
Porque el futuro no se espera.
Se edita.
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— ALEJANDRO ZENKER, 11 JUL 2026 · 22:04