Qué difícil es pensarlo, decirlo, escribirlo. Se nos fue Sandro Cohen, amigo del alma, querido entre los queridos, cómplice, confidente, autor de nuestra casa editorial, eterno sonsacador y optimista empedernido. Cultivamos más de cuarenta años de amistad creciente, de aventuras y desventuras.
Hombre fuerte, inquebrantable, jamás lo pensé enfermo de Covid. Una vez que lo pescó, siempre imaginé que pronto saldría de ésta. Cuando lo desintubaron abrigué la esperanza de volver a conversar pronto con él sobre tantos temas que nos apasionaban a ambos. Lo que menos pensé es que fallecería en el intento.
Con Sandro, muere una buena parte de mí. ¡Tantas reflexiones quedaron inconclusas! No puedo imaginar el dolor que embarga a sus hijos y a su compañera de vida, Josefina. Sobre todo a Josefina, amiga querida, que ha llevado sobre sus hombros este flagelo. Apenas días atrás hablamos por teléfono y me contó largo y tendido lo que había sucedido. ¡Qué difícil es tener que conformarse con escuchar, sin poder ir corriendo en busca del abrazo! Ese abrazo que Sandro y yo nos prodigamos con singular alegría.
Cuando nos conocimos era yo director del ISIT, donde organizábamos encuentros de traductores, escritores, lingüistas y editores. Durante años nos fueron uniendo nuestra pasión por la traducción, la edición, la música, la comida, el vino y el erotismo. Participamos en la fundación de la Alianza de Editoriales Mexicanas Independientes (AEMI), de la que ambos finalmente huimos.
Después de ser editor en varias editoriales grandes (Planeta, Patria), fundó Colibrí que, como a muchos emprendedores editoriales, casi lo llevó a la quiebra. Me propuso que incorporara su catálogo a Ediciones del Ermitaño, pero ante las dificultades legales para hacerlo finalmente solo lo ayudé a salir del atolladero. Se aventuró con gran éxito en ese maravilloso experimento de generar un sistema para aprender a redactar sin dolor. Mi hija Xiluén y Noemí fueron sus alumnas, por cierto.
A Sandro lo retraté en el marco de mi proyecto “La escritura y el deseo” acompañado de una modelo desnuda, en el que también participó su esposa Josefina, que fue una de las primeras autoras de la colección Minimalia, de Ediciones del Ermitaño, que inicié en 1994.
Sandro y yo solíamos desayunar, comer y cenar con cierta frecuencia, con pláticas interminables. Ambos éramos amantes de los animales, así que se hizo buen amigo del Pichicuaz, con quien no pocas veces se retrató. Siempre quiso sonsacarme para acompañarlo en sus recorridos bicicleteros, pero el deporte nunca fue lo mío.
Hoy escribo esto a manera de catarsis, después de haber desparramado litros de lágrimas cobijado por el abrazo eterno de Noemí. Mi amigo, mi querido Sandro, se ha ido. Le habría apasionado ver lo que acontece hoy en las elecciones en Estados Unidos, disertar sobre el Covid y sus consecuencias sociales y culturales, pedalear kilómetros enteros para alcanzarme antes de salir rumbo a Tepoztlán nomás para saludarnos, seguirnos prodigando clases a todos sobre el buen uso del lenguaje.
Lo he estado extrañando y lo seguiré extrañando hasta que llegue el momento de subirme a la bicicleta de la eternidad para alcanzarlo dondequiera que esté en este momento.
Descansa en paz, querido amigo.