La muerte de mi querido amigo Sandro Cohen me sumió en una profunda depresión de la que apenas estoy medio saliendo. A él le habría alegrado enormemente el triunfo de Biden sobre el neofascista, racista, misógino, mitómano Trump. Ya no le tocó atestiguarlo y festejarlo.
Recordaba también que hace nueve años, en el 2011, falleció también quien fuera mi maestro en El Colegio de México, Tomás Segovia. Su muerte me mantuvo cabizbajo y meditabundo semanas enteras, pues lo apreciaba enormemente. Al igual que Sandro, Tomás fue un espléndido maestro y estudioso de la lengua, con quien sostuve interminables tertulias y sesudos ejercicios lingüísticos, acompañados de Noé Jitrik y otros profesores e investigadores del ColMex.
Pocos días antes de la muerte de Sandro me había sorprendido y entristecido enormemente el asesinato del también editor y traductor Juan Guillermo López. Por eso, en una reunión que sostuvimos con colegas de la CANIEM, de la LEI, de la AEMI y de Presidencia de la República, con motivo del “Seminario digital para editores” que estamos organizando, les mencioné que nuestro sector estaba sufriendo precisamente dos de los flagelos de nuestra historia contemporánea: la violencia de la que fue víctima Juan Guillermo, y la enfermedad por Covid de Sandro.
Tenía yo todavía la esperanza de que Sandro saliera del trance y estuviera quizás ya hoy de vuelta entre nosotros, con su usual optimismo.
El caso es que estamos en una época de grandes contrastes y de cambios que permearán por muchos años por venir la historia de la humanidad. Hoy levantamos nuestra copa de vino en memoria de mis amigos, Tomás, Sandro y Juan Guillermo, y por la derrota de Trump, ese funesto personaje que ha gobernado los últimos cuatro años el principal imperio que domina buena parte del mundo.
¡Salud!