Hace seis años Noemí y yo emprendimos una maravillosa aventura: crear una librería de barrio, experimental, en el corazón de la colonia San Pedro de los Pinos en la Ciudad de México. Llevábamos varios años de disquisiciones en torno al pasado, presente y futuro del libro en el marco del grupo interdisciplinario que llamamos La Tertulia Editorial.
Fue en agosto que se desocupó un local que servía de fonda de comida rápida a media cuadra de nuestras oficinas de Ediciones del Ermitaño. Noemí y yo fuimos a explorar el espacio y, en unos minutos, decidimos que era precisamente lo que estábamos buscando. De escasos 50 metros cuadrados, ofrecía todo para convertirse en una librería independiente. Tenía, además, la ventaja de brindarnos una espaciosa banqueta que podríamos usar para realizar actividades culturales. El plan estaba trazado y le dimos nombre: Librería del Ermitaño. Estábamos listos para explorar ese eslabón que lleva, en última instancia, la palabra del autor al lector.
De alguna manera, el quehacer librero lo llevo yo en la sangre. Mi padre tuvo una librería en Hamburgo, Alemania, donde la resistencia antifascista se reunía y donde fue arrestado (una vez más) y llevado a la cárcel con infinidad de otros presos políticos. Allí aprendió encuadernación. Salió libre y volvió una y otra vez a la militancia, hasta que fue condenado a muerte. Tuvo que salir de Europa en un viaje sin retorno que lo trajo a México. Aquí fundó la Encuadernación Zenker.
Uno de sus mejores amigos, el señor Kolb, era el dueño de la Librería Internacional que estaba sobre la calle de Sonora, a media cuadra de Avenida Insurgentes. Allí pasaba mi padre sus ratos libres y yo con él. Aprendí poco a poco el quehacer librero de la mano de quienes tenían a su cargo la sección internacional.
Muchos años más tarde, fundé con unos amigos mi propia librería sobre Avenida Copilco, a un costado de la UNAM. Entre mi militancia política, mis estudios y mi trabajo como traductor, no pude prestarle la atención debida. Acabamos cediéndosela a un grupo de amigas feministas. Pero la pasión por el libro jamás se desvaneció.
Siguió una larga etapa de mi vida en que me dediqué a la traducción, a la docencia y a la investigación. Finalmente volví a mis orígenes y me volví editor. Interminables aventuras editoriales precedieron el capítulo con el que inicié este texto.
El 29 de agosto del 2016 inauguramos la Librería del Ermitaño.
Retomo: Noemí y yo queríamos explorar el quehacer librero tras años de disertar sobre el libro electrónico y la fragilidad del ecosistema tradicional del libro y la lectura. ¿Realmente desplazaría el libro electrónico al libro impreso? Exploramos toda la complejidad de cabo a rabo. Ediciones del Ermitaño era nuestro brazo editor y contacto con el autor; Solar, nuestro espacio de producción e innovación; y la Librería del Ermitaño, nuestro contacto directo con el lector.
El experimento fue realmente exitoso y gratificante. Nos llevó a explorar también la labor encaminada a preservar las artes y los oficios del libro, pues impartimos infinidad de cursos sobre encuadernación, fabricación de papeles y técnicas alternativas y experimentales de producción artesanal. Paralelamente explorábamos nuevas tecnologías, entre ellas la de la distribución de libros bajo demanda a nivel nacional e internacional.
¡Qué no vimos y vivimos en estos seis años! Teatro, música, talleres, conferencias, mesas redondas, presentaciones de libros, tertulias en torno al libro y la lectura, fomento a la lectura, actividades para niños, apoyo a colectivos, a proyectos alternativos. Incorporamos un catálogo cada vez más diverso, abrimos puertas a editores y autores independientes. Aunado a un infinito etcétera abrimos nuestras puertas a taller Ditoria para contribuir a preservar el añejo oficio de la producción de libros basado en el tipo móvil y la prensa plana. Incluso mi hija Xiluén intervino en los últimos meses para darle un giro más articulado al experimento.
Fue entonces cuando llegó lo que no previmos: el Covid-19 y la eterna cuarentena. Tuvimos que cerrar la librería. Así aguantamos meses, hasta que la situación se volvió insostenible. La pandemia está aquí y todo indica que seguirá presente un buen rato.
Ante eso, lejos de cancelar, hemos decidido reinventar nuestro proyecto. En esas estamos. La librería del Ermitaño sigue viva a través de nuestras páginas web y, en particular, gracias a la Red de Librerías Independientes (RELI), a la que pertenecemos, y a nuestros incontables y entusiastas amigos y colaboradores a quienes les manifestamos nuestro más sentido agradecimiento.
Por lo pronto hemos decidido cerrar ese espacio que nos cobijó durante seis años y abrir nuevos imaginarios. Hoy la Librería del Ermitaño cumple seis años, pero son muchos más los que nos esperan bajo nuevas formas, pero con el mismo entusiasmo emprendedor, independiente, que busca llevar la palabra del autor al lector.
¡Salud y buenaventura!