Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

Trabajar con muchas IAs a la vez no es apretar un botón: es montar un pequeño circo de inteligencias

El fin de semana me dediqué a trabajar intensamente en varios proyectos al mismo tiempo, y una vez más confirmé algo que sigue sorprendiéndome: hoy es posible multiplicar la capacidad productiva y creativa de una persona de un modo que hace apenas poco tiempo habría parecido exageración, delirio o propaganda barata de Silicon Valley. En mi caso, además, ocurre algo todavía más raro: me divierte. Nunca me había gustado tanto trabajar como ahora. Y eso ya es decir bastante, porque trabajar siempre me ha gustado, pero ahora se parece menos a cargar costales y más a dirigir una orquesta de entidades hiperactivas que no duermen, no comen y tampoco cobran aguinaldo. Bueno, al menos no todavía.

Todo comenzó con la configuración de una nueva habilidad de Claude, la inteligencia artificial de Anthropic, llamada Cowork. El nombre no tiene mucho misterio: se trata, justamente, de una función pensada para colaborar entre humano e IA. Pero no es el típico chat donde uno pregunta cualquier cosa y la máquina responde con entusiasmo estadísticamente bien peinado. No. Aquí la gracia está en que uno puede incorporar herramientas, configurarlas, diseñar flujos y afinar el modo de trabajo. En otras palabras: ya no se trata sólo de conversar con una IA, sino de entrenarla para que deje de ser un perico elegante y empiece a parecerse un poco más a un colega útil.

Para ponerla a prueba decidí usarla en un proyecto que me entusiasma mucho y del que más adelante hablaré con calma. La idea que se me ocurrió fue bastante simple y, al mismo tiempo, deliciosamente excesiva: poner a trabajar a todas mis IAs simultáneamente sobre el mismo tema, pero con ciertas peculiaridades en cada caso. Una especie de mesa redonda digital, sólo que sin café, sin galletitas y sin esos participantes humanos que hablan veinte minutos para no decir nada.

Así que, usando Cowork, armé un prompt para que Gemini, Perplexity, Grok, ChatGPT, mi agente Molti —con OpenClaw corriendo las veinticuatro horas del día—, y finalmente el propio Claude, realizaran un Deep Research. Es decir, una investigación profunda que consume bastantes recursos y busca ir más allá de la respuesta rápida, el dato suelto o la ocurrencia bien redactada. Cada una de estas herramientas hizo lo suyo: algunas terminaron rápido, otras más lentamente, algunas fueron más sobrias, otras más expansivas, y todas, de un modo u otro, aportaron algo. Una vez que concluyeron, alimenté a Cowork con los resultados; los analizó, comparó enfoques, identificó líneas de valor y produjo una propuesta interesante que ahora, para cerrar el círculo de la rareza contemporánea, estoy discutiendo… con las mismas IAs.

La jornada fue extenuante. No sólo por la cantidad de lectura y de decisiones que tuve que tomar en poco tiempo, sino porque configurar una herramienta de este tipo exige algo más que entusiasmo: exige atención, método, paciencia y una dosis nada despreciable de terquedad. Uno tiene que leer mucho, probar cosas, ajustar instrucciones, detectar errores, volver a intentar y decidir, a cada rato, cómo quiere que trabaje ese agente. No es magia. No es “pícale aquí para volverte un genio aumentado”. Es trabajo. Trabajo real. Sólo que con una recompensa intelectual bastante adictiva.

Al despertar al día siguiente, decidí abrir una nueva sesión de Cowork para continuar. Y fue entonces cuando me encontré con una pequeña lección pedagógica cortesía de la realidad: la conversación del día anterior había desaparecido. Borrada. Evaporada. Lanzada al limbo digital donde van a morir también los documentos no guardados, las pestañas cerradas por error y las grandes ideas que uno jura que va a recordar dentro de cinco minutos. La sorpresa no fue precisamente agradable. Por fortuna, había guardado los resultados del trabajo previo, de modo que no todo estaba perdido. Pero el incidente me dejó una enseñanza muy clara: para que una herramienta de esta naturaleza trabaje de verdad para ti, primero tú tienes que trabajar mucho para ella. Hay que domesticarla, entender sus límites, prever sus caprichos y asumir que de vez en cuando te va a soltar una patada.

Aun así, al terminar el domingo ya había logrado configurar una parte importante de lo que puede hacerse con Cowork en Claude. Confirmé, sobre todo, que puedo volverme bastante más productivo, y también que puedo hacer que Cowork trabaje en combinación con Molti, mi agente montado sobre OpenClaw. Lo que sigue ahora es quizá la parte más interesante: imaginar tareas cada vez más complejas y comenzar a delegarlas en este ecosistema de herramientas, no como quien avienta trabajo al vacío, sino como quien diseña un sistema de colaboración nuevo. Ahí está, creo, una de las claves del futuro inmediato: no sólo usar IA, sino aprender a coordinar múltiples IAs con distintos perfiles, ritmos y fortalezas, como si uno dirigiera un equipo de trabajo compuesto por becarios brillantes, obsesivos, veloces y ligeramente impredecibles.

Todo esto también me confirma algo que convendría repetir con insistencia, porque abunda el espejismo contrario: quienes creen que trabajar en serio con inteligencia artificial es fácil, están profundamente equivocados. Es fácil usar la IA para cosas simples, claro. Para chatear, resolver dudas puntuales, generar imágenes, hacer clips de video sencillos o producir textos rápidos, sí. Todo eso ya forma parte del repertorio cotidiano. Pero cuando uno entra en investigación de fondo o en producción seria, la situación cambia por completo. Y cambia todavía más cuando haces trabajar varias herramientas al mismo tiempo. Ahí ya no estás jugando con un chatbot simpático: estás construyendo un entorno de trabajo nuevo, con su propia lógica, sus propios costos de atención y sus propias exigencias.

Pero vale la pena. Vaya que vale la pena. Porque además de la productividad, además de la velocidad y además del potencial creativo, hay un componente que para mí resulta central: la diversión intelectual. Hay algo profundamente estimulante en descubrir cada día una posibilidad nueva, una combinación inesperada, una manera distinta de pensar con ayuda de estas herramientas. La IA no sólo acelera procesos; bien usada, también expande la imaginación del trabajo mismo. Y eso cambia muchas cosas.

Trabajar así no es fácil. Pero tampoco tiene por qué serlo. Casi nada interesante lo es. Lo que sí es cierto es que, una vez que uno empieza a entender cómo coordinar este pequeño enjambre de inteligencias, volver al esquema anterior se siente un poco como regresar de una nave espacial para escribir con máquina mecánica. Se puede, sí. Pero ya no dan tantas ganas.


Descubre más de Mutatis mutandis

Suscríbete para recibir las últimas entradas en tu correo electrónico.