Desde tiempos antiguos, la humanidad ha intentado responder a una pregunta fundamental: ¿qué somos y de dónde venimos? Por siglos, las religiones ofrecieron una respuesta tranquilizadora: fuimos creados por una divinidad, lo cual implicaba que nuestro origen, propósito y destino estaban inscritos en algún tipo de designio trascendente. Es decir: somos hijos de un propósito.
Con el avance de la ciencia, la narrativa cambió. Ya no se trataba de propósitos divinos, sino de leyes naturales universales. Todo fenómeno —incluidos nosotros mismos— podía, en principio, explicarse como resultado de causas previas. Así surgió el determinismo materialista, expresado con contundencia por Pierre-Simon Laplace, cuando imaginó un “demonio” que, conociendo todas las fuerzas y posiciones de las partículas del universo en un instante dado, podría predecir el pasado y el futuro con precisión total. En esa visión, la libertad era una ilusión útil, no una propiedad real.
A esta línea se sumaron otros. Spinoza ya había afirmado que la libertad humana no era más que el desconocimiento de las causas que nos determinan. Kant, por su parte, intentó salvar la libertad como condición de la moral, pero a costa de situarla en un terreno nouménico, inaccesible por la razón empírica. Y Marx, con su agudo materialismo histórico, colocó la conciencia en función de las condiciones materiales de existencia: “no es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino su ser social el que determina su conciencia.”
Hasta aquí, todo se mantenía dentro del terreno filosófico. Pero en tiempos recientes, la irrupción de la inteligencia artificial ha hecho que estas preguntas resurjan con una forma nueva, más directa, más incómoda.
Con la aparición de modelos generativos como ChatGPT, Midjourney, Suno y, más recientemente, Sora (de OpenAI) y Veo 3 (de Google), la sospecha de que no somos más que prompts —es decir, que nuestras vidas podrían haber sido generadas por instrucciones escritas en algún lenguaje más fundamental— ha dejado de ser una curiosidad de ciencia ficción para convertirse en una posibilidad metafísica seria.
Veo 3 es un modelo capaz de generar videos hiperrealistas con audio incluido a partir de un simple comando textual. No se trata de tecnología marginal: es un salto cualitativo en la forma en que se produce contenido. Con un poco de talento narrativo y nociones de cinematografía, cualquier persona con acceso a esta tecnología puede generar escenas que antes requerían equipos, actores, cámaras y presupuestos millonarios. El principio de escasez que regía la producción audiovisual se desmorona. Y con él, también cae la idea de que la creación requiere de condiciones externas costosas. Hoy basta un buen prompt.
Y sin embargo, esta revolución creativa no es lo más inquietante. Lo verdaderamente desestabilizador es lo que sugiere: si es posible generar mundos completos con una línea de texto, ¿qué impide pensar que nosotros también fuimos generados por un prompt superior? Quizá no uno textual, pero sí uno inscrito en las leyes físicas, en las condiciones históricas, en los sistemas biológicos y culturales que nos producen.
En otras palabras: la vieja tesis determinista encuentra en la inteligencia artificial una metáfora perfecta para reencarnarse.
Si las IAs pueden generar imágenes, textos y videos que imitan la realidad con una fidelidad perturbadora, ¿no es plausible imaginar que la realidad misma sea un constructo generado por un sistema más complejo aún?
Lo interesante es que esta posibilidad conecta con múltiples tradiciones. Desde el eterno retorno de Nietzsche hasta la estructura inconsciente del sujeto en Lacan, pasando por el simulacionismo de Nick Bostrom, la sospecha de que la realidad no es lo que creemos ha estado siempre latente. La IA solo le ha puesto interfaz gráfica a esa sospecha.
Lo paradójico es que en plena era de las narrativas del empoderamiento y la autodeterminación individual, se nos cuela una duda demoledora: ¿y si la libertad no existe? ¿Y si nuestras elecciones son, en realidad, respuestas automáticas a instrucciones previas, como las que genera un modelo al recibir un prompt? Lo que Marx llamó estructura, lo que Laplace llamó causas, lo que hoy podríamos llamar parámetros del modelo.
En este contexto, la creatividad no desaparece, pero sí se redefine. Ya no es el gesto espontáneo de un genio desconectado del mundo, sino la capacidad de manipular —con conocimiento, intuición y sensibilidad— los sistemas que nos determinan. El creador de hoy ya no pinta con pinceles ni filma con cámaras: promptifica. Aprende a dialogar con los modelos, a combinarlos, a llevarlos al límite. Es un hacker de sentido.
Y por eso, el auge de herramientas como Veo 3 no sólo sacude la industria del cine. También sacude nuestra ontología. Porque si podemos generar películas desde un prompt, ¿qué tan lejos estamos de aceptar que nuestras vidas también lo fueron?
Prompt nuestro que estás en la matrix, promptificado sea tu nombre, venga a nosotros tu render, hágase tu voluntad en el código como en la escena…