Con las manos manchadas de tinta y la mente en la nube
Cumplir cuarenta años haciendo libros no es una proeza. Es un acto editorial prolongado contra toda lógica de mercado. Una forma obstinada de vivir entre signos, papeles, máquinas y voces que insisten en no apagarse.
En Solar nacimos con las manos en la cartulina, la nariz sobre tipografías y el oído atento al crujido de cada pliego. Pero también con los ojos puestos en lo que venía: computadoras, algoritmos, redes, IA. No quisimos elegir entre la tradición y la tecnología. Creamos un oficio que las une.
Desde 1984, con Ediciones del Ermitaño, y luego desde 1985 con Solar Servicios Editoriales, apostamos por ser laboratorio y refugio. Refugio para quienes aman los libros como objetos y como gestos culturales. Laboratorio para quienes quieren transformarlos sin romperles el alma.
Así nacieron colecciones como Letra y Color, que llevaron ilustración y literatura mexicanas a miles de escuelas, llenando pupitres con papel que olía a imprenta nacional, no a copia de catálogo global.
Y sí, nos metimos a la impresión digital cuando eso era visto como traición al oficio. En 1994 lanzamos Minimalia, nuestra colección de narrativa, poesía y ensayo en impresión bajo demanda. Medio millar de títulos después, sigue viva. Porque creímos —y lo seguimos creyendo— que el futuro del libro no está en oponer lo artesanal a lo digital, sino en hacerlos dialogar. Que el toner también tiene textura. Que la tecnología no reemplaza el oficio, lo extiende. Que las ciencias del libro no anulan sus artes: las expanden.
En esos años, lo indicado era trabajar en PC. Las Mac eran bonitas, sí, pero cerradas; los PC eran terreno fértil para la experimentación: los armabas tú mismo, les cambiabas discos duros, ampliabas la memoria, ajustabas jumpers, metías tarjetas gráficas… y a veces, claro, fundías la tarjeta madre por curiosidad mal dirigida.
Nos metimos de cabeza en PageMaker y Ventura Publisher, instalamos tarjetas LaserMaster para lograr resoluciones que hicieran justicia a la tipografía, y adoptamos GlasPage, una maravilla de su tiempo: una pantalla monocromática de ultra alta resolución que nos permitía ver fórmulas complejas y fuentes tipográficas tal como saldrían impresas, cuando casi todo el mundo aún diseñaba “a ciegas”. Fueron tiempos de experimentos salvajes, entre disquetes, cables sueltos, ribbon de impresoras láser y herramientas que configurábamos con más terquedad que manual. Lo nuestro era una alquimia más ruda, más libre, y profundamente editorial.
En 2001, en la FIL de Guadalajara, abrimos el Pabellón Tecnológico: un despliegue insólito de impresoras, guillotinas, software y visión. Allí dijimos, sin aspavientos pero con claridad: el libro del futuro se imprimirá donde esté el lector.
Librántida nació de ese germen. Hoy es una red de distribución internacional que une imprentas, librerías, autores y lectores en México, Colombia, Chile, Argentina, España, EE.UU., y cada vez más países. Pero su raíz está ahí: en el deseo de que ninguna historia se quede sin cuerpo por falta de canales, y de que ningún lector se quede sin acceso a sus autores favoritos.
Y a pesar de tanta máquina, tanto código, tanto procesador, nunca dejamos de ser artesanos del libro. Amamos el papel, el cuchillo del encuadernador, el lomo bien hecho, la cartulina que no se quiebra al doblarla, el texto que respira porque fue compuesto con oficio. No olvidamos que, sin autores ni lectores, todo lo demás es ruido.
Por eso fundamos el Instituto del Libro y la Lectura (ILLAC), participamos en la creación de la Alianza de Editoriales Mexicanas Independientes (AEMI) y de la Liga de Editoriales Independientes (LEI), y fuimos parte activa de la Red de Librerías Independientes (RELI).
Por eso también abrimos la Librería del Ermitaño, que durante años fue espacio de encuentro, de voz en voz, de letra en letra, un pequeño oasis en medio del caos citadino donde la gente venía a hojear, a conversar, a aprender a leer de otra manera, en un lugar lleno de actividades para niños, editores, autores y lectores, pero también para grupos especiales, como adultos mayores que buscaban acercarse —o reconectarse— con la lectura. Y si la pandemia nos obligó a cerrar ese capítulo, lo hicimos sabiendo que algo esencial ya había quedado sembrado.
Ahora abrimos una nueva librería: la Librería Librántida, en el Paseo de los Libros del Metro, otra aventura más que ya veremos a dónde nos lleva.
San Pedro de los Pinos fue, y sigue siendo, nuestra madriguera editorial. Ahí se encuaderna, se imprime, se discute, se enseña. Hemos hecho talleres de serigrafía, cursos de edición, presentaciones de libros, mesas redondas. Recorridos escolares donde los niños descubrían que los libros no brotan de las tiendas, sino del trabajo conjunto de muchas manos, ojos, corazones y cabezas.
Por aquí han pasado autores, artistas, editores, estudiantes, lectores empedernidos y novatos curiosos. Algunos se quedaron, otros siguieron su camino, varios —demasiados ya— nos dejaron para siempre. A todos ellos les debemos parte de lo que somos. Son nuestras raíces, nuestras páginas vivas, los fantasmas buenos que nos habitan. Los recordamos con respeto, con gratitud y con una sonrisa.
En años más recientes organizamos las Jornadas en torno a la Edición y los Coloquios sobre el Futuro del Libro, porque nunca quisimos mirar sólo hacia atrás. Porque nos preguntamos, con toda seriedad: ¿cómo será leer cuando la inteligencia artificial lea con nosotros? ¿Cómo editar en un mundo donde los textos ya no nacen sólo de humanos, sino también de máquinas que escriben, ilustran y hasta opinan?
No lo sabemos del todo. Nadie lo sabe. Pero no nos da miedo. Ya hemos cruzado otras tormentas.
Lo que sí sabemos es que si el libro va a cambiar, queremos estar ahí para ayudarlo a transformarse sin perder su alma. Porque eso hemos hecho siempre: cultivar las ciencias y las artes del libro con el mismo cuidado, sin romanticismo paralizante ni fe ciega en el algoritmo.
En estos cuarenta años hemos construido máquinas, impreso sueños, compartido saberes, tejido redes. Pero más que todo eso, hemos acompañado a la palabra para que encuentre su cuerpo, su lector, su destino.
Y lo seguiremos haciendo, mientras haya historias que valga la pena contar.
¿Nos acompañas?