Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

Mi dron y yo: entre la IA, la diversión y la muerte

Hace poco me compré un nuevo dron. Un DJI compacto, ligero, con cámara 4K, sensores de precisión y esa extraña capacidad que tienen las máquinas bien diseñadas de parecer simpáticas. El anterior se lo regalé a mi sobrino en sus años de tránsito hacia la adultez, cuando aún podía volar por diversión sin pensar en geopolítica.

Yo, en cambio, lo adquirí con un doble propósito: uno práctico, estético, incluso placentero, como complemento de mi pasión fotográfica —capturar imágenes aéreas que de otro modo serían imposibles o prohibitivamente costosas—; y otro mucho más inquietante: comprender cómo el uso de drones está transformando no sólo la guerra, sino la manera misma en que pensamos la violencia, la soberanía y el cuerpo humano en el campo de batalla.

Los drones civiles han dejado de ser solo juguetes. Son extensiones del ojo, prótesis del deseo de ver sin ser visto, de registrar el mundo desde una altura que antes sólo pertenecía a los dioses, a los helicópteros o a las aves. Pero lo más importante es que no vuelan solos. Son, en realidad, entidades semiautónomas, entrenadas por modelos de inteligencia artificial que les permiten esquivar obstáculos, seguir objetivos, regresar a casa, e incluso —en sus versiones militares— matar.

Esta inteligencia embebida en un cuerpo aéreo ligero ha reconfigurado el paisaje del conflicto moderno. Un ejemplo notable lo encontramos en la actual guerra entre Ucrania y Rusia. Ucrania, con una combinación de ingenio, software y logística clandestina, llevó a cabo uno de los ataques más audaces y asimétricos de los últimos tiempos. Diseñaron drones de largo alcance, les acoplaron cargas explosivas, los ocultaron en casas prefabricadas que luego fueron transportadas en camiones a lo largo de miles de kilómetros dentro de territorio ruso. Nadie sospechó. Ya cerca de sus objetivos, los techos de las casas se abrieron como trampas florales, y los drones salieron disparados hacia bases aéreas rusas.

El resultado: más de cuarenta aviones estratégicos destruidos, incluyendo Il-76 y Tu-95 —vehículos capaces de transportar armamento nuclear y misiles de largo alcance—, con un daño calculado en cientos de millones —posiblemente más de mil— de dólares. Todo esto por una fracción del costo. Las matemáticas del conflicto han cambiado: una inversión de cientos de miles puede desbaratar estructuras de defensa que costaron décadas y fortunas construir. La guerra de enjambres ha comenzado.

Este tipo de ataques no son una anomalía sino un síntoma. Israel, por ejemplo, ejecutó en septiembre de 2024 una operación que parecía sacada de una novela de espionaje posmoderno: durante más de un año infiltraron dispositivos en la cadena de suministros de Hezbollah —walkie-talkies, radios, incluso pagers, esos objetos ya arcaicos—, todos equipados con explosivos ocultos. El día elegido, detonaron todos al mismo tiempo. Fue uno de los golpes más demoledores contra el grupo libanés en años. La operación fue planeada con sigilo quirúrgico, basada en una combinación de infiltración, paciencia y tecnología mínima con resultados máximos. Lo interesante es que no fue necesario enviar tropas, ni siquiera aviones: bastó una señal.

Y si los drones vuelan, también nadan. El mar, ese viejo escudo de las grandes armadas, ya no garantiza protección. Los drones marinos —torpedos autónomos con GPS, visión nocturna y explosivos programables— pueden infiltrarse en puertos, embestir fragatas, sembrar el pánico. Las fuerzas navales de élite, tradicionalmente diseñadas para enfrentar amenazas aéreas, submarinas o de gran tonelaje, están siendo desafiadas por dispositivos autónomos del tamaño de una mochila. Hoy, ya no se requiere un portaaviones para inclinar la balanza: basta un algoritmo bien entrenado.

Los chinos, por su parte, han llevado los drones a otro escenario: el cielo del espectáculo. Miles de ellos sincronizados para formar figuras, fuegos artificiales digitales, coreografías lumínicas que anuncian la era del artificio total. Pero detrás de esos espectáculos hay precisión, control distribuido, swarming. Las mismas técnicas que pueden hipnotizar a un público pueden desintegrar un convoy. La estética del dron y su ética están en guerra.

Lo dijo Elon Musk con su habitual tono de oráculo con jet lag: construir cazas supersónicos ya no tiene sentido. Antes de despegar, pueden ser derribados por un enjambre de drones que cuestan lo que una laptop. Un F-35 cuesta más de 120 millones de dólares. Un dron armado, unos 500. ¿Qué sentido tiene seguir fabricando dinosaurios con alas?

Ucrania lo entendió mejor que nadie. Ha comenzado a producir sus propios drones en serie, adaptados a sus necesidades, con diseño iterativo y manufactura local. Rusia, mientras tanto, depende de importaciones desde Irán. En este contraste se esconde una lección: la guerra del futuro no será de tanques ni de soldados, sino de nodos, de software, de adaptabilidad.

Las naciones que dominen la IA serán las nuevas superpotencias. La robótica y los sistemas autónomos ya están en el campo de batalla. La letalidad nuclear ha sido superada —no por su potencia destructiva, sino por su torpeza—. Las nuevas armas no dejan residuos, sólo dependencia.

Y es aquí donde entra mi pequeño dron DJI. Pesa apenas 125 gramos. No mata a nadie. Pero me permite observar desde arriba, entender los ángulos muertos del poder. En su vuelo hay algo de juego, de poesía, de premonición. Cada vez que despega me recuerda que el cielo ya no es el mismo. Que la guerra ha cambiado de escala y de forma. Que el terror también puede vestirse de dron civil.

Y que la carrera por alcanzar la inteligencia artificial general —esa AGI que prometen los profetas del silicio— no es un lujo de nerds, sino un asunto de supervivencia. Porque si un sistema logra pensar, planear y ejecutar como un ser humano, pero con la velocidad de la máquina, el que llegue primero dominará. No dentro de décadas. Puede que una semana de ventaja sea suficiente para torcer el rumbo del planeta. En el nuevo ajedrez geopolítico, el tiempo computacional ha reemplazado al tiempo diplomático.

Mientras tanto, yo vuelo. Vuelo con la nostalgia de un niño que jugaba con avioncitos y con la sospecha de que esta vez los juguetes son los que nos están jugando a nosotros. Vuelo porque todavía puedo decidir qué ver. Y porque en este siglo, quien no vuela, será observado. Y quizá, algún día, eliminado por quien sí lo hace.


Descubre más de Mutatis mutandis

Suscríbete para recibir las últimas entradas en tu correo electrónico.