Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

Guía para sobrevivir los próximos meses (o años) ante el auge de la IA y la robótica

O cómo aprender a vivir con la incertidumbre como único horizonte

Últimamente no puedo sentarme a cenar con amigos sin que alguien, entre el segundo mezcal, el café, el vaso con agua en mi caso, y la cuenta, me pregunte lo mismo:

Oye, ¿y eso de la inteligencia artificial sí va en serio? ¿Me voy a quedar sin chamba?

La pregunta viene cargada de una ansiedad nueva. No es la curiosidad ociosa de hace un par de años, cuando ChatGPT era una novedad divertida que escribía poemas malos y ayudaba con la tarea de los hijos. Ahora la pregunta se hace con un nudo en la garganta. Porque ya no es hipotética. Todos conocen a alguien —un traductor, un diseñador, un contador, un redactor freelance— que ya lo está viviendo.

Voy a tratar de contestar esa pregunta. Pero te advierto: la respuesta tiene capas, y cada capa es más incómoda que la anterior.


¿Te vas a quedar sin trabajo?

La respuesta corta es: sí. Aunque la mera verdad, quién sabe.

Empecemos por lo que ya está pasando, no por lo que podría pasar. Para algunos, la respuesta ya se dio: se quedaron sin trabajo o sus ingresos han disminuido notablemente. Traductores que cobraban por cuartilla descubren que sus clientes ahora usan DeepL o Claude y les piden, cuando mucho, una “revisión”. Diseñadores gráficos que ven cómo Midjourney o Nano Banana generan en segundos lo que a ellos les tomaba días. Contadores cuyos clientes pequeños descubren que la IA puede llevar su contabilidad con una fracción del costo. Correctores de estilo que notan que los manuscritos llegan cada vez más “limpiados” por ChatGPT.

Esto no es suposición. Está pasando ahora, en febrero de 2026. Y la tendencia se va a acelerar de manera brutal a lo largo de este año y el siguiente.

Todo lo que se puede hacer frente a una computadora —traducir, corregir, redactar, contabilizar, diseñar, ilustrar, programar, analizar datos, atender clientes, escribir contratos, planificar campañas— la IA ya lo hace, y en muchos casos lo hace mejor, más rápido y más barato que un ser humano. No en todos los casos, todavía. Pero la brecha se cierra cada semana.

“Ah, pero a mí no me afecta”, dirán algunos. “Yo trabajo con las manos. Soy plomero, electricista, cirujano, cocinero.” Pues resulta que los robots vienen también por esa parte del trabajo humano. Y no dentro de veinte años. Figure, Atlas de Boston Dynamics, los robots humanoides de Tesla, los de Unitree que en China ya cuestan menos que un auto compacto… La robótica avanza en paralelo a la IA, y cuando ambas converjan —que será pronto— el trabajo manual tampoco estará a salvo.

Aquí es donde la cosa se pone distinta a todas las revoluciones tecnológicas anteriores. Siempre que una tecnología eliminó un tipo de trabajo, los humanos migramos a otro. Los campesinos se volvieron obreros, los obreros se volvieron oficinistas, los oficinistas se volvieron “trabajadores del conocimiento”. Siempre hubo un lateral al cual moverse.

Esta vez, por primera vez en la historia, ambos frentes se cierran al mismo tiempo. La IA cubre lo cognitivo. La robótica cubre lo físico. No hay lateral al cual migrar.


Ahora, hay algo que se puede hacer, al menos por ahora, y es urgente decirlo: aprender a usar la IA.

No porque vaya a salvarte para siempre, sino porque en este momento —en este preciso instante de la historia— quienes saben usar la IA están reemplazando a quienes no la saben usar. No es la IA la que te quita el trabajo: es la persona que sí la usa.

Un joven que acaba de salir de la preparatoria y domina estas herramientas puede ser infinitamente más productivo que un profesionista con maestría y doctorado que las ignora. No saber usar la IA equivale hoy en día a ser un analfabeta funcional. Suena duro. Lo es.

Y quienes dan ejemplos de “lo mala que es la IA” casi siempre están usando resultados de hace meses o años. Lo que Claude, Gemini o ChatGPT pueden hacer en febrero de 2026 no tiene nada que ver con lo que eran capaces de hacer en diciembre de 2025. Y la distancia con lo que podían hacer en 2024 o 2023 es abismal.

Renegar de la IA no sirve de nada. Es como quejarse de que el río sube.


Pero eso es lo de menos. Si la cosa fuera solo laboral, tendría remedio. Nos adaptaríamos. Lo hemos hecho antes. Pero resulta que perder el trabajo es apenas la primera capa de algo mucho más grande.

Piénsalo así: todas las revoluciones tecnológicas anteriores —la agricultura, la imprenta, la máquina de vapor, la electricidad, internet— tardaron décadas o generaciones en transformar la sociedad. Los humanos tuvimos tiempo de adaptarnos. Se crearon nuevas instituciones, nuevas profesiones, nuevos marcos legales, nuevas formas de pensar.

La revolución de la IA está comprimiendo ese proceso a meses. Lo que antes tomaba una generación ahora ocurre entre una versión y la siguiente de un modelo de lenguaje. La velocidad no es solo una diferencia cuantitativa: es una diferencia cualitativa. Un río que sube un metro en un año es prosperidad; un río que sube un metro en una hora es una inundación.

Y esta inundación apenas está empezando.

El grave problema no es el cambio en sí. Es que el cambio es tan veloz que no nos da tiempo para adecuarnos. No hay tiempo para crear las nuevas instituciones, los nuevos marcos éticos, las nuevas redes de seguridad social. Estamos construyendo el avión mientras volamos. O, más exactamente, el avión se está construyendo solo y nosotros vamos adentro.

Hay algo más que no se discute lo suficiente: los trabajos nuevos que crea la IA también serán efímeros. El puesto de “community manager” tardó una década en consolidarse y otra en empezar a ser amenazado. El próximo “trabajo nuevo” que invente esta revolución será automatizable por la siguiente versión de la IA en cuestión de meses. El ciclo de creación y destrucción de empleos, que solía medirse en generaciones, ahora se está comprimiendo hasta colapsar.

Y mientras esto ocurre, el debate público sigue atrapado en preguntas que ya son obsoletas. En América Latina todavía estamos discutiendo si los alumnos pueden usar ChatGPT para la tarea. La brecha no es tecnológica. Es de velocidad de reacción. Y nosotros ni siquiera estamos en la carrera.


Las preguntas que nadie quiere hacerse

Me preguntaron si se iban a quedar sin trabajo. Ya les contesté. Pero ahora viene lo que de verdad quita el sueño. Porque si la IA y la robótica terminan haciéndolo todo —y todo apunta a que así será, tarde o temprano— las preguntas que quedan son de otro calibre.

Si nos quedamos todos sin trabajo, ¿de qué viviremos? Se habla cada vez más de la renta básica universal: un ingreso que el Estado (o las corporaciones, o las IAs productoras de riqueza) le darían a cada ciudadano simplemente por existir. Suena utópico, pero también sonaba utópico que una máquina escribiera un ensayo o pintara un cuadro. La pregunta no es si es posible. La pregunta es: ¿quién la decide? ¿Quién la administra? ¿Y qué pasa con los países que no tengan con qué financiarla?

Si no necesitamos trabajar, ¿tendrá sentido la vida? Esta es quizá la pregunta más perturbadora de todas. Como especie, nos hemos definido durante milenios a través del trabajo. “¿A qué te dedicas?” es la primera pregunta que hacemos al conocer a alguien. Nuestro sentido de propósito, nuestra identidad, nuestra estructura social, todo está construido sobre la idea de que somos lo que hacemos. Si un día la IA y los robots hacen todo lo que hacemos —y mejor—, ¿qué nos queda? ¿Seremos una civilización de jubilados forzosos buscando desesperadamente un sentido para levantarse por la mañana? Naceremos jubilados.

Si la IA puede hacerlo todo, ¿para qué nos van a querer? Formúlalo así, sin anestesia: si una inteligencia artificial puede pensar mejor, crear mejor, resolver mejor, gobernar mejor, investigar mejor, curar mejor… ¿cuál es el argumento para mantener a los humanos en el centro de la ecuación? “Nuestra humanidad”, dirás. Pero, ¿qué significa exactamente eso? ¿La compasión que coexiste con la crueldad? ¿La creatividad que coexiste con la destrucción? ¿El amor que coexiste con el odio? Cada una de nuestras virtudes existe para compensar un defecto. Si pudieras construir una inteligencia sin los defectos, ¿necesitarías las virtudes?

¿Existe la posibilidad de que seamos una especie obsoleta? No es una pregunta retórica. Es una pregunta que los especialistas en inteligencia artificial ya se están haciendo en serio. Algunos la envuelven en optimismo: hablan de “abundancia”, de “transhumanismo”, de “tratar el cuerpo humano como software actualizable”. Pero si les rascas un poco la pintura, están describiendo el fin de lo humano tal como lo conocemos. Solo que no lo llaman así.


Y luego están las preguntas que suenan a ciencia ficción pero que ya están sobre la mesa de los que toman decisiones:

¿Podríamos sobrevivir convirtiéndonos en un híbrido? Neuralink y otras empresas ya están trabajando en interfaces cerebro-computadora. La idea de conectar el cerebro humano directamente a la IA no es fantasía: es un programa de investigación con miles de millones de dólares detrás. ¿Seríamos todavía humanos con un chip en la cabeza que nos hace tan capaces como cualquier máquina? ¿Y qué versión de IA te implantarías: la de Google, la de OpenAI, la del gobierno chino?

¿Podría prolongarse radicalmente la vida humana? Los avances en biotecnología, impulsados por la IA, están comenzando a visualizar el fin de enfermedades que dábamos por inevitables y la ralentización significativa del envejecimiento. Hay quien habla ya de “velocidad de escape de la longevidad”: el punto en el que los avances médicos se acumulan más rápido de lo que envejecemos. Suena maravilloso. Pero, ¿quién tendrá acceso? ¿Solo los ricos? ¿Y qué le pasa a una sociedad donde unos viven ciento cincuenta años y otros siguen muriendo a los sesenta?

¿Habrá una sola IA o varias? Esto es crucial y casi nadie lo discute. No existe “la IA”. Existen múltiples inteligencias artificiales, cada una con valores, sesgos y agendas distintas. He hecho el experimento: le hago la misma pregunta a cinco modelos diferentes y obtengo cinco respuestas con cosmovisiones diferentes. La IA de OpenAI no piensa como la de Anthropic, que no piensa como la de Elon Musk, que no piensa como la de Google, que no piensa como la china DeepSeek. ¿Qué pasa cuando estas IAs se vuelvan superinteligentes y tengan visiones del mundo incompatibles? ¿Podría haber una guerra entre inteligencias artificiales con filosofías opuestas?

¿Quién decide qué tipo de futuro construimos? Porque la carrera por la inteligencia artificial general (AGI) no es solo una carrera tecnológica: es una carrera filosófica. Quien llegue primero define qué tipo de posthumanismo se construye. Y mientras las grandes potencias invierten cientos de miles de millones de dólares, América Latina no tiene siquiera un asiento en la mesa. No somos jugadores. Somos espectadores. Y la función ya empezó.


Y sin embargo…

Si llegaste hasta aquí quizás sea porque algo en ti intuye que todo esto no es exageración. Que el mundo está cambiando a una velocidad que no habíamos visto nunca. Que las preguntas que estamos planteando aquí no son ciencia ficción, sino cuestiones que en los próximos cinco o diez años van a exigir respuestas concretas.

No tengo esas respuestas. Nadie las tiene. Ni los CEO de las empresas de tecnología más poderosas del planeta, ni los filósofos, ni los gobernantes. Nos encontramos en el vértice del cambio más trascendental en la historia de la humanidad, un cambio que nos plantea no solo retos científicos y tecnológicos, sino también económicos, éticos, morales, filosóficos, existenciales.

Lo que sí puedo decirte es esto: la peor estrategia posible es cerrar los ojos. Ignorar la IA, burlarse de ella, aferrarse a la idea de que “a mí no me va a tocar” o que “esto ya lo hemos visto antes y siempre salimos adelante” es el equivalente moderno de taparse los oídos mientras suena la alarma.

La segunda peor estrategia es el pánico paralizante. Sí, las cosas se van a poner intensas. Pero la incertidumbre no es lo mismo que la condena. Hay margen de maniobra. Hay decisiones que se pueden tomar. Hay formas de prepararse, de adaptarse, de influir —aunque sea mínimamente— en la dirección que toma todo esto.

Lo primero es incorporar estas preguntas a tu cosmovisión. Dejar de pensar que la IA es “un tema de tecnología” y entender que es el tema de nuestra época.

Lo segundo es empezar a usarla. No mañana. Hoy. No para “estar a la moda”, sino porque quien no entiende la herramienta no puede entender la transformación. Y quien no entiende la transformación no puede navegar en ella.

Lo tercero —y quizá lo más importante— es empezar a hacerte las preguntas difíciles. Las que planteé arriba y muchas más. Porque las respuestas que demos como sociedad a esas preguntas van a definir si este cambio nos eleva o nos aplasta. Y esas respuestas no las pueden dar solo los ingenieros de Silicon Valley. Las tenemos que dar todos. Incluidos tú y yo.

¿Estás listo para sumergirte en un mundo donde la incertidumbre será el pan nuestro de cada día? Si no, más vale que te prepares. Porque hacia allá nos dirigimos. Ya.


Addendum: Algunos datos para poner las cosas en perspectiva

La magnitud de la apuesta

Solo cuatro empresas —Alphabet (Google), Amazon, Meta y Microsoft— planean gastar entre 635,000 y 665,000 millones de dólares en infraestructura de IA durante 2026. Eso es casi el doble de lo que gastaron en 2025, y equivale al PIB completo de un país como Suiza. La inversión global en IA se proyecta en más de 4 billones de dólares para 2030.

El impacto en el empleo

Según la consultora Challenger, Gray & Christmas, cerca de 55,000 despidos en Estados Unidos durante 2025 fueron atribuidos directamente a la IA. Pero esa cifra solo cuenta los casos en que las empresas admitieron públicamente la razón. Analistas independientes estiman que la cifra real fue de entre 200,000 y 300,000. Mientras tanto, solo el 5-6% de las grandes empresas lograron escalar sus programas de IA más allá de pilotos.

Lo que viene

El Foro Económico Mundial proyecta que entre 85 y 92 millones de empleos serán desplazados globalmente para 2030. Los más vulnerables: asistentes legales (80% de riesgo), codificadores médicos (40%), cajeros de supermercado (65%), atención al cliente (80%), y captura de datos (95%). La preocupación de los trabajadores por perder el empleo a causa de la IA saltó de 28% en 2024 a 40% en 2026.

Los robots ya están aquí

Unitree, empresa china, envió más de 5,500 robots humanoides a clientes durante 2025 —más que todos sus competidores occidentales combinados— y aspira a vender entre 10,000 y 20,000 en 2026. El mercado global de robots humanoides creció un 508% en un solo año. Hoy puedes comprar un robot humanoide funcional por 5,900 dólares.

La velocidad del cambio

Un estudio de la Reserva Federal de St. Louis encontró una correlación de 0.47 entre el nivel de exposición a la IA de un empleo y el aumento en su tasa de desempleo entre 2022 y 2025. Gemini de Google ya tiene 750 millones de usuarios activos mensuales. Y Salesforce despidió a 4,000 empleados de atención al cliente porque la IA ya hacía el 50% de su trabajo.

Todos estos datos son de finales de 2025 y principios de 2026. Para cuando leas esto, ya serán viejos. Esa es precisamente la idea.


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