Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

Fotografía, memoria e incertidumbre: una lectura cuántica del instante visual

En días pasados, mientras conversábamos con Pedro Meyer en su casa, surgió una de esas frases que se quedan flotando en el aire como si el tiempo las escuchara antes de dejarnos responder: “En la física cuántica, una partícula puede estar en dos lugares al mismo tiempo, ¿no? ¿Qué tal si una fotografía funcionara igual?”. Lo dijo tranquilo, como quien deja caer una piedra al agua sabiendo que los círculos seguirán expandiéndose mucho después.

La frase encierra una provocación seria. ¿Puede una imagen estar y no estar a la vez? ¿Puede ser y no ser? ¿Puede contar algo, y también su contrario?

Pedro no lo decía como físico. Lo decía como fotógrafo, como narrador visual, como alguien que ha pasado la vida entera enseñando a mirar. Y la fotografía —la buena fotografía, esa que no se agota en su superficie— tiene algo de eso: de estar colapsando, en cada clic, un universo de posibilidades narrativas.

Una foto no muestra simplemente “lo que fue”. Muestra lo que se eligió mostrar. Lo que quedó fuera también importa. Lo que no se encuadró. Lo que ocurrió un segundo después, o antes. La imagen fija una versión del mundo entre muchas posibles. Y eso, aunque no sea un fenómeno cuántico en el sentido físico estricto, se le parece.

Hagamos una pausa: no estamos diciendo que una fotografía sea literalmente un electrón en superposición. La escena que uno capta no existe en múltiples estados físicos simultáneos que se colapsan al apretar el botón. Tampoco la memoria humana, por ambigua y fascinante que sea, funciona como un procesador cuántico. Pero sí compartimos con esos sistemas una cierta lógica: la lógica de la indeterminación, del potencial, de lo que aún no es pero podría ser.

En fotografía, la superposición no es física: es narrativa, estética, simbólica. Antes de disparar, hay un abanico de formas posibles de encuadrar, interpretar o dar sentido. El clic selecciona una. Las demás no desaparecen: quedan rondando, fuera de campo, en el recuerdo, en la mirada del espectador.

El acto de observar —de mirar, recortar, capturar— influye en lo que termina siendo la imagen. No de forma subatómica, pero sí de forma decisiva. Una cámara modifica una escena. El sujeto posa, se tensa, actúa distinto. El fotógrafo elige. Elige dónde estar, cuándo disparar, a qué renunciar. En ese sentido, el observador fotográfico también colapsa realidades.

Pedro, que ya ha perdido casi toda la vista, sigue viendo con la mente, con la memoria, con la intuición de quien sabe que lo importante no es solo lo visible, sino lo que está latente. No recuerda sólo sus fotos. Recuerda lo que estaba alrededor, lo que pudo haber estado, lo que aún podría llegar a estar.

Porque una imagen no termina en el obturador. Se puede intervenir. Reescribir. Reinterpretar. Como en su libro Virgilio, donde un ratón —que no aparecía en todas las fotos originalmente— empieza a colarse, a tejer relaciones entre imágenes que antes no dialogaban. Así surge una narrativa nueva, una que no estaba ahí pero que ahora, gracias a una aparición mínima, organiza todo.

Y esa narrativa puede cambiar en un segundo. Cinco fotos tomadas en cinco segundos pueden contar cinco mundos distintos. Basta una expresión que se transforma, un objeto que entra o sale del encuadre, una luz que se apaga. La misma escena fotografiada por cien celulares en el mismo instante no es la misma escena: son cien versiones, cien realidades, cien verdades colapsadas. Todas ciertas. Todas parciales.

Incluso entre el momento de presionar el disparador y el momento en que la imagen queda fijada hay un lapso, imperceptible pero real. Nanosegundos donde la luz es captada, traducida, convertida en señal eléctrica. El sensor responde según leyes físicas, sin voluntad, pero con consecuencias. Y después entra el algoritmo, que procesa, estima, reconstruye. La imagen no es una reproducción pasiva del mundo. Es una construcción.

Y eso también nos acerca al cerebro. Recordar no es reproducir una copia fiel. Es reescribir. Cada vez que evocamos una imagen la actualizamos. Cambia lo que sentimos, lo que sabemos, lo que callamos. La memoria no es un archivo, es un organismo. Esa plasticidad, ese estado de ambigüedad, esa posibilidad de múltiples pasados coexistiendo hasta que uno se impone, se parece —salvando las distancias físicas— a la lógica cuántica.

De hecho, existe incluso un campo llamado Quantum Cognition que toma prestadas las matemáticas de la mecánica cuántica para modelar cómo tomamos decisiones, manejamos la ambigüedad o recordamos lo que nunca fue del todo claro.

Y si vamos al nivel más literal: la fotografía digital sí depende de la física cuántica. El efecto fotoeléctrico, descubierto por Einstein, es lo que permite que un fotón excite un electrón en el sensor y lo convierta en señal. Sin eso, no habría imagen digital. Lo que llamamos “fotografía” es, desde su origen material, un acto cuántico. Y luego se vuelve código. Probabilidad. Interpretación.

Por eso decimos que pensar la fotografía desde la lógica cuántica —aunque no sea cuántica en sentido físico— nos permite comprender su ambigüedad profunda. Su poder para estar y no estar. Para ser muchas cosas al mismo tiempo. Para encarnar esa tensión entre lo real y lo posible, entre lo que se ve y lo que se elige mostrar.

La imagen no es un electrón, no. Pero tampoco es una certeza. Y quizá eso es lo más honesto que podemos decir sobre ella.


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