Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

El futuro ya no lo hacen como antes

Esta semana la realidad tecnológica dio un estirón tan violento que a más de uno se le descuadró el cuello tratando de seguirle el paso. Mientras unos todavía discuten si la IA es una moda pasajera o el apocalipsis en beta, Google nos soltó una bomba llamada Veo 3: un modelo que no sólo genera video con calidad cinematográfica a partir de un texto, sino que le pone sonido. Sí, sonido. O sea, escribes “una invasión de gatos psíquicos montando tiburones celestes en la órbita de Saturno” y el sistema te entrega una escena completa con música, rugidos, diálogos si quieres, todo.

Para la industria del cine, esto no es una herramienta: es un meteorito. Y para los creadores, una mezcla entre el paraíso y la amenaza existencial de quedar obsoletos por una caja con WiFi.

Y Google no se detuvo ahí. También anunció avances para la medicina, para la interpretación del lenguaje de señas y, porque el mundo ya era demasiado normal, para la comunicación… con delfines. No es chiste. Google quiere hablar con los delfines. Probablemente para aliarse con ellos cuando los humanos seamos reemplazados por tostadoras conscientes con agenda propia. La alianza humano-delfín-IA está más cerca de lo que parece.

Mientras tanto, en otro rincón del multiverso tecnológico, Jensen Huang, el mandamás de NVIDIA, se rió en la cara de la Ley de Moore. Dijo que en los últimos dos años sus procesadores aumentaron su rendimiento 40 veces. No el doble. Cuarenta veces. Como si tu coche pasara de 100 a 4,000 km/h porque sí. Y no están hablando de frenar ahí. Con los nuevos chips Blackwell Ultra, el aumento podría ser de mil, diez mil, un millón de veces. O sea, no falta tanto para que tu horno de microondas sea más inteligente que tú, con todo y su display de reloj que nunca sabes cómo poner en hora.

En ese escenario de vértigo computacional, Sam Altman —el chamán de la IA generativa— decidió unir fuerzas con Jony Ive, el diseñador que convirtió a Apple en una religión visual. OpenAI compró la empresa de Ive y juntos anunciaron el nacimiento de IO, no como una simple línea de computadoras, sino como el primer intento serio de rediseñar nuestra relación física con la inteligencia artificial. Porque lo que tenemos hoy —Macs, iPads, iPhones— son herramientas hechas para otra época. Interfaces pensadas para un mundo sin IA. Obsoletas desde el nacimiento de ChatGPT.

Lo dijeron sin fuegos artificiales, pero con la contundencia de una ruptura histórica: hay que inventar desde cero cómo tocamos, vemos, hablamos y sentimos a estas nuevas inteligencias. Altman pone el alma (una IA omnisciente y ligeramente intimidante), e Ive el cuerpo (una máquina que te da ganas de pedirle permiso antes de tocarla). ¿El resultado? Todavía no lo sabemos, pero huele a revolución estética-tecnológica con olor a aluminio pulido y silencio de templo zen.

Y mientras los ricos juegan a rediseñar el futuro, en el frente bélico las cosas tampoco se quedan quietas. Ucrania ha logrado desarrollar su propia flota de drones de combate con tecnología y componentes nacionales, lo cual no solo le da una ventaja táctica, sino que la convierte, paradójicamente, en un hub de innovación militar. Si la guerra es el gran laboratorio de lo humano (o lo inhumano), Ucrania está metida hasta el fondo en la fase beta del conflicto 3.0, ese en el que los ejércitos no mandan soldados, sino algoritmos con hélices.

En paralelo, los mercados laborales entran en modo esquizofrénico. Las empresas ya no saben si despedirte o capacitarte en IA. Algunas hacen ambas. Lo que está claro es que la pregunta “¿sabes usar ChatGPT?” se está volviendo más relevante que tu título universitario. Cada vez más compañías están automatizando tareas, reemplazando personal, o contratando gente que sepa hablarle bonito a los modelos generativos. Estamos frente a una nueva línea divisoria: los que entienden cómo funciona el nuevo mundo, y los que creen que PowerPoint sigue siendo tecnología punta.

Y por si no bastara, en los próximos días se esperan nuevos lanzamientos: ChatGPT-5, Grok 3.5, mejoras en Perplexity, movimientos de Anthropic, y Microsoft tratando de no quedarse fuera de la fiesta. Cada empresa está apostando su alma (y su capital) a liderar esta carrera donde la meta cambia cada semana.

Y mientras todos se distraen mirando a Occidente, desde el otro lado del planeta, China afila los dientes digitales. DeepSeek, Alibaba y otros titanes del dragón están a punto de lanzar sus propios modelos, probablemente entrenados en silencio, con precisión quirúrgica y el doble de disciplina. No buscan competir: buscan reconfigurar las reglas del juego. Si Occidente está haciendo ópera digital, ellos están montando una sinfonía de guerra fría en clave binaria. Y nadie sabe cuánta ventaja ya llevan.

El panorama es claro: la velocidad ya no es una opción, es el piso mínimo. Y el vértigo se volvió la normalidad. Mientras tú parpadeas, una inteligencia artificial aprende a componer sinfonías, a imitar tu voz, a escribir tus ensayos, a corregirte la ortografía y, probablemente, a cuestionar tus decisiones vitales mejor que tu terapeuta.

Así que sí: estamos en el umbral de algo grande. O de algo peligrosamente ridículo. O de ambas cosas. Pero una cosa es segura: el futuro dejó de esperar a que estemos listos.


Descubre más de Mutatis mutandis

Suscríbete para recibir las últimas entradas en tu correo electrónico.