Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

El último techo de cristal: Ser mujer cuando las máquinas deciden

El 100% de los CEO de las principales empresas que están definiendo el futuro de la inteligencia artificial son hombres. No es un dato menor. Es el dato.

Mientras escribo esto, el 8 de marzo de 2026, las cifras se acumulan con la inercia de siempre: la brecha salarial global entre hombres y mujeres sigue en 20%, apenas tres puntos menos que hace una década. América Latina destina el 1.12% de la inversión global en IA, según el Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial, y dentro de ese porcentaje ridículo, la participación de mujeres en papeles técnicos de IA no supera el 22% en la región.

Pero hoy no quiero hablar de brechas en abstracto. Quiero hablar de algo más concreto: quién está diseñando las máquinas que van a reorganizar el mundo, y qué pasa cuando ese “quién” es, abrumadoramente, masculino.

Los arquitectos y sus ángulos ciegos

Sam Altman, Dario Amodei, Sundar Pichai, Jensen Huang, Mark Zuckerberg, Elon Musk. Los nombres que aparecen cuando se habla de IA de frontera son, con una consistencia que debería incomodarnos, masculinos. Y no se trata de un capricho estadístico. Se trata de que las decisiones sobre qué priorizar, qué entrenar, qué descartar, qué considerar “seguro” y qué considerar “útil” las están tomando equipos con una composición demográfica que no representa a la mitad de la especie.

La IA no es neutral. Nunca lo fue. Los modelos de lenguaje se entrenan con datos que reflejan los sesgos históricos de quienes los generaron. Y los sesgos de género están ahí, incrustados, no como un error técnico sino como un rasgo estructural. Amazon tuvo que descartar un sistema de reclutamiento por IA porque penalizaba sistemáticamente los currículos de mujeres. Los sistemas de reconocimiento facial fallan más con rostros femeninos y de personas de piel oscura. Los algoritmos de crédito en Estados Unidos otorgan límites de tarjeta más bajos a mujeres que a hombres con ingresos idénticos.

No son anécdotas: son patrones.

El problema no es que la IA sea machista, porque la IA no tiene aparentemente ideología. El problema es que la IA es un espejo de alta definición de las sociedades que la producen. Y esas sociedades siguen siendo, en sus capas de poder, masculinas.

El empleo que desaparece tiene rostro de mujer

En 2025, según datos del Banco Mundial, entre el 30 y el 40% de los empleos en América Latina están “expuestos” a la IA generativa. Pero esa cifra agregada esconde algo que rara vez se desagrega: los sectores más vulnerables son los que concentran mayor proporción de empleo femenino.

El sector de BPO —centros de contacto, atención al cliente, procesamiento de datos— perdió un 14% de su valor de contratos globales en 2025, el mínimo desde 2020. En América Latina, este sector ha sido durante años la principal escalera de movilidad social para jóvenes, y en muchos países las mujeres representan más del 60% de la fuerza laboral en contact centers.

Forrester proyecta que la IA generativa desplazará alrededor de 100,000 agentes de centros de contacto solo en 2025. El 98% de esos centros ya usa alguna forma de IA. Cuando las empresas exigen contractualmente que la IA maneje entre el 30 y el 60% de las consultas rutinarias, no están “modernizándose”: están sustituyendo personas. Y esas personas, mayoritariamente, son mujeres.

Pero el mecanismo es más sutil que un despido masivo. Lo que un investigador de X bautizó como la “Hiring Ice Age” —la era de hielo de la contratación— afecta desproporcionadamente a quienes buscan entrar al mercado laboral, no a quienes ya están dentro. Las graduadas recientes de carreras técnicas enfrentan un mercado que congela vacantes juniors mientras automatiza las tareas que esas vacantes cubrían. No hay despido; simplemente el puesto dejó de existir.

Hay otro fenómeno que vale la pena nombrar: la “Ghost Economy”, la economía fantasma. Empresas que eliminan puestos sin llamarlo “despidos por IA”. Un equipo de 15 ingenieros se convierte en 2 seniors asistidos por agentes de IA. En los reportes trimestrales aparece como “optimización” o “reestructuración”. Nadie menciona que los 13 que salieron eran, en su mayoría, los perfiles más nuevos, los menos negociados, los que tenían menos red. Y quienes tienen menos red, históricamente, son las mujeres.

El cuerpo como última frontera

Si la IA ya está reconfigurando el empleo y la economía de maneras que afectan desproporcionadamente a las mujeres, lo que viene después es todavía más profundo. Y tiene que ver con el cuerpo.

La investigación en ectogénesis —gestación fuera del útero humano— ha dejado de ser ciencia ficción para convertirse en biotecnología en fase experimental. Investigadores en Japón, Países Bajos y Estados Unidos han logrado mantener fetos animales en desarrollo dentro de bolsas biosintéticas durante semanas. Los laboratorios de Eindhoven trabajan en prototipos de útero artificial con financiamiento de la Unión Europea. La línea que separa el experimento animal de la aplicación humana se adelgaza cada año.

No digo que esto vaya a ocurrir mañana. Pero la pregunta que plantea es real y merece formularse en un día como hoy: si la capacidad reproductiva —históricamente el argumento central para la diferenciación de papeles, para la exclusión, para la “protección” que era control— deja de ser exclusivamente biológica, ¿qué pasa con las estructuras de poder que se construyeron sobre esa diferencia?

Porque conviene recordar que buena parte de la subordinación histórica de la mujer se justificó desde la biología. La maternidad como destino. La fragilidad como pretexto. El cuerpo como límite. Si la tecnología empieza a disolver esos límites, no desde la retórica feminista sino desde el laboratorio, estamos ante una reconfiguración que ningún manifiesto de género había anticipado.

Y aquí la IA entra por otra puerta. Los modelos generativos ya producen imágenes y videos que difuminan las fronteras del cuerpo. Deepfakes hiperrealistas de mujeres —el 96% del contenido deepfake es pornográfico y el 99% de las víctimas son mujeres, según DeepTrace— son apenas la punta visible de algo más amplio: la posibilidad tecnológica de fabricar cuerpos, identidades, presencias que no corresponden a ninguna persona real.

La distinción entre lo biológico y lo generado se vuelve borrosa. Y esa borrosidad tiene consecuencias radicalmente diferentes para hombres y para mujeres, porque son los cuerpos femeninos los que se fabrican, se comercializan y se consumen sin consentimiento.

La trampa de la inclusión cosmética

Ante este panorama, la respuesta más común de las empresas de tecnología es la “inclusión”. Programas de diversidad. Cuotas. Eventos de mujeres en STEM. Becas. Todo eso está bien y nada de eso es suficiente.

No es suficiente porque el problema no es de acceso sino de arquitectura. No se trata de que haya más mujeres escribiendo código para modelos diseñados por hombres. Se trata de quién define qué problema resuelve el modelo, qué datos lo alimentan, qué valores lo gobiernan y a quién beneficia. Y esas decisiones siguen concentradas en un círculo muy pequeño, muy homogéneo y muy masculino.

El 83% del capital de riesgo invertido en IA en febrero de 2026 —189,000 millones de dólares en un solo mes— fue a parar a tres empresas. Tres. Todas dirigidas por hombres. El capital de riesgo en IA representa ya cerca del 50% de todo el venture capital global. Eso significa que la mitad de la apuesta financiera del planeta está en manos de un puñado de personas que, estadísticamente, no son mujeres, no son latinas, no son africanas, y no están pensando en los problemas de quienes lo son.

17 millones de empleos en América Latina no podrán capturar los beneficios de la IA por falta de infraestructura digital, según el Banco Mundial. ¿Cuántos de esos 17 millones son mujeres rurales, mujeres indígenas, mujeres que ni siquiera aparecen en las estadísticas de “brecha digital”? Nadie lo ha medido con precisión. Y lo que no se mide, no se gestiona.

Lo que este 8 de marzo debería preguntar

La tentación es terminar con una nota de esperanza. Decir que la IA también puede ser herramienta de liberación, que las mujeres que dominan la IA tendrán ventajas competitivas, que la tecnología es neutra y depende del uso que le demos. Todo eso es parcialmente cierto y totalmente insuficiente.

Porque la pregunta real no es si las mujeres pueden adaptarse a la era de la IA. La pregunta es por qué tienen que adaptarse a un sistema diseñado sin ellas. Y por qué ese diseño se presenta como inevitable cuando en realidad es una decisión —tomada por personas específicas, con intereses específicos, desde posiciones de poder muy específicas.

Mientras la capacidad de cómputo para entrenar modelos de frontera se duplica cada cinco meses, la representación femenina en los equipos que construyen esos modelos crece a razón de medio punto porcentual por año. Hagan la aritmética. El desfase no se cierra solo.

Y si no se cierra, lo que estamos construyendo no es inteligencia artificial: es la automatización del sesgo que lleva siglos operando.

Feliz 8 de marzo. O no.


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