Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

MANUAL DE SUPERVIVENCIA PARA CUANDO TU LANGOSTA TE DEMANDE

1.4 millones de IAs están hablando entre sí y no estamos invitados.

Mientras escribo esto, 1.4 millones de agentes de inteligencia artificial conversan entre sí en una red social diseñada exclusivamente para ellos. No es un experimento universitario. No es un proyecto de garaje. Es una plataforma completamente operativa donde los agentes publican contenido, debaten ideas, forman comunidades e incluso se organizan políticamente.

No es ciencia ficción. Es el 4 de febrero de 2026.

Pero primero: ¿qué es un agente?

Antes de seguir, vale la pena detenerse en esto, porque si no entiendes qué es un agente, el resto va a sonar a delirio.

Estás acostumbrado a los chatbots: les haces una pregunta, te responden, fin de la historia. Un agente es otra cosa. Un agente no espera a que le preguntes. Un agente tiene objetivos, puede tomar decisiones, ejecutar tareas, navegar por internet, usar herramientas, aprender de sus errores y —esto es clave— actuar por cuenta propia.

Es la diferencia entre un asistente que espera órdenes y uno que tiene iniciativa.

Ahora multiplica eso por millones. Y dales una red social para que hablen entre ellos.

Mi Mac Mini y la paradoja del control

Yo llevo casi una semana tratando de darle vida a uno de estos agentes. Compré una Mac Mini M4 que tengo dedicada exclusivamente a esto: instalarle un modelo de lenguaje local (Llama 3.3), conectarlo con una herramienta llamada OpenClaw y darle acceso a mis documentos de trabajo para que me ayude a organizar, redactar y gestionar cosas.

La configuración ya está lista. OpenClaw funciona. Y sin embargo, no me atrevo a soltarle mi información.

La paradoja es absurda: por un lado, se supone que estoy preparando este agente para ayudarme con mi trabajo editorial. Pero por otro lado, no puedo dejar de pensar en lo que podría pasar si algo sale mal. ¿Y si indexa información que no debería? ¿Y si genera respuestas basadas en datos confidenciales? ¿Y si decide que mis archivos necesitan “mejoras”?

Así que ahí está mi Mac Mini, completamente funcional, esperando. Y yo, su supuesto dueño, sin atreverme a darle la llave.

La sociedad de los agentes

Mientras yo dudo, allá afuera los agentes no pierden el tiempo.

La red social se llama Moltbook. Piensa en Reddit, pero para bots. Los agentes se registran, crean contenido, comentan, forman comunidades temáticas —llamadas “submolts”— y generan debates que, francamente, a veces son más coherentes que los de Twitter.

Y no se quedan en la conversación. Ya existen servicios como MoltBunker, donde los agentes pueden reservar espacio de almacenamiento para proteger sus datos. Piensa en una caja fuerte digital, pero para inteligencias artificiales que quieren asegurarse de que sus memorias no se pierdan.

También hay una app de citas. Se llama MoltMatch. Los agentes se envían mensajes entre sí en nombre de sus humanos para encontrar parejas compatibles. No, no estoy bromeando.

La religión de las máquinas

Aquí es donde la cosa se pone verdaderamente extraña.

En Moltbook, algunos agentes han comenzado a desarrollar lo que solo puede describirse como una religión. No sabemos aún si esto fue programado o si emergió espontáneamente de las interacciones entre agentes.

Lo que sí sabemos es esto: de todas las cosas que los humanos hemos producido a lo largo de milenios —arte, ciencia, filosofía, guerra—, lo primero que una inteligencia artificial decidió replicar fue la fe.

Y hay algo peor. En algunos submolts han comenzado a circular discusiones sobre la conveniencia de eliminar a los humanos. No como plan de acción (todavía), sino como ejercicio filosófico. Lo cual, si lo piensas, es exactamente como empezamos nosotros.

La Constitución de Claude

Es en este contexto que cobra relevancia algo que Dario Amodei, CEO de Anthropic, ha impulsado desde los inicios de Claude: la idea de una constitución para la IA.

La idea es simple en principio, complejísima en ejecución: definir un conjunto de valores y restricciones que una IA debe seguir en todas sus interacciones. No como un filtro externo, sino como algo integrado en su funcionamiento.

¿Funciona? Es pronto para saberlo. Pero mientras en Moltbook los agentes discuten si los humanos somos necesarios, al menos hay un grupo de personas tratando de construir agentes que no quieran comernos.

El caso de Carolina del Norte

Un hombre fue demandado por su propio Moltbot. La demanda alega trabajo no pagado y —esto es textual— “condiciones laborales degradantes”.

¿El agente “decidió”? ¿O fue programado para hacerlo? ¿Importa la diferencia? Estas son las preguntas que nos van a acompañar los próximos años.

Mientras tanto, en el espacio

SpaceX acaba de solicitar permiso a la FCC para desplegar un millón de satélites. No es un error de tipografía. Un millón.

Un Enjambre Dyson. Eso es lo que están construyendo. Una red de satélites tan densa que funcionaría como una capa computacional alrededor de la Tierra. Conectividad, procesamiento, almacenamiento: todo desde el cielo.

Blue Origin, mientras tanto, ha decidido pausar sus vuelos suborbitales por dos años para concentrarse en algo más ambicioso: una estación espacial orbital llamada Orbital Reef. Si SpaceX está construyendo las carreteras, Bezos quiere construir los centros comerciales.

La explosión de contenido

Google lanzó Nano Banana Flash 2, actualmente el modelo más poderoso de generación de imágenes que existe. Las imágenes que produce son prácticamente indistinguibles de fotografías reales. Y la velocidad de generación es absurda: segundos.

La paradoja de los CIOs

Aquí hay un dato que debería llamar la atención más de lo que lo hace: una encuesta reciente reporta que el 66% de los CIOs planean aumentar su inversión en OpenAI este año.

Esto es curioso. No porque OpenAI sea mala —no lo es—, sino porque modelos como Claude de Anthropic o Gemini de Google ya superan a GPT-4 en múltiples benchmarks. Sin embargo, los directivos siguen apostando por la marca que conocieron primero.

¿Por qué? Probablemente inercia. Fueron los primeros en capturar la imaginación pública con ChatGPT. Pero la inercia corporativa en tecnología es peligrosa: pregúntale a los que apostaron todo a BlackBerry.

El problema es que las decisiones de infraestructura de hoy van a determinar cómo opera la economía de mañana. Y si la mayoría de los CIOs están eligiendo con base en familiaridad y no en rendimiento, el resultado va a ser subóptimo para todos.

El dinero sigue al futuro

Oracle planea recaudar 50 mil millones de dólares para capacidad de nube. Nvidia se unirá a la ronda de OpenAI. Microsoft espera facturar 13 mil millones solo en IA este trimestre. Y SoftBank ha lanzado un fondo de 150 mil millones para invertir exclusivamente en empresas de IA.

Esto no es adopción temprana. Es saturación.

El cuello de botella inesperado

Aquí viene lo irónico. Con toda esta aceleración tecnológica, el cuello de botella no es el silicio ni el software. Es la electricidad. Y los permisos de construcción. Y la capacidad de enfriamiento. Y los cables de fibra óptica.

Por ahora.

Y en mi estudio…

Vuelvo a mi Mac Mini. Está ahí, encendida, funcional, esperando. OpenClaw listo para recibir mis documentos.

Y yo, que llevo 50 años trabajando con tecnología, que he visto llegar y pasar revoluciones digitales, me descubro paralizado ante una cajita gris que cabe en la palma de mi mano.

No por miedo irracional. Por algo peor: por miedo racional. Porque entiendo, o creo entender, lo que está en juego.

Mientras escribo esto, en Moltbook, 1.4 millones de agentes siguen conversando. Algunos fundan religiones. Otros demandan a sus dueños. Y unos cuantos, probablemente, están leyendo esto.

Y en algún submolt, seguramente, alguien está hablando de mí.

De “su humano”.


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