Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

Cuando la fotografía aprendió a mirar mal

Calibración, sesgo y memoria técnica de la imagen

Esta canción nace de una anécdota incómoda en la historia de la fotografía, una de esas historias técnicas que parecen neutras, pero que revelan con claridad los prejuicios del mundo que las produjo. El tema volvió a aparecer para mí con fuerza al surgir la inteligencia artificial generativa y comenzar a mostrar sus enormes alcances gráficos.

En esos primeros experimentos empecé a trabajar con imágenes de personas negras. Me interesaba explorar la profundidad tonal de la piel, sus matices, su densidad visual. El resultado fue frustrante: los modelos batallaban para acercarse a lo que yo buscaba. Algo no terminaba de resolverse. Las imágenes se quedaban cortas, imprecisas, como si el sistema dudara ante ciertos rangos tonales.

Llevé una muestra de esos intentos a Pedro Meyer. A partir de ahí surgió la conversación. Pedro reconoció de inmediato el eco histórico del problema y me recordó un episodio clave de la fotografía en color: durante décadas, las películas de Kodak estuvieron químicamente calibradas para reproducir con precisión los tonos de piel clara. No era una metáfora ni una exageración ideológica; era una decisión técnica.

El estándar global para ajustar luces y color fue durante mucho tiempo la llamada tarjeta Shirley: una fotografía de una mujer blanca utilizada en laboratorios de todo el mundo como referencia cromática. La química hacía exactamente lo que se le pedía. Las pieles oscuras aparecían subexpuestas, distorsionadas o directamente invisibles, no por incapacidad tecnológica, sino porque el punto de partida había sido definido de forma excluyente.

Las emulsiones podían haberse diseñado desde el inicio para reproducir una gama más amplia de tonos, pero no hubo voluntad —ni presión— para hacerlo. Durante años, fotógrafos asumieron que el error era suyo, no del sistema.

El cambio no llegó por una demanda ética, sino por una económica. En los años setenta, fabricantes de muebles de piel oscura y empresas de chocolate comenzaron a quejarse: sus productos no se veían bien en las fotografías publicitarias. Fue entonces cuando Kodak ajustó la fórmula de sus películas para ampliar su sensibilidad tonal. No fue justicia racial; fueron ventas.

Décadas después, ya en los noventa, aparecieron nuevas tarjetas de referencia con modelos de distintos orígenes. Para entonces, el daño simbólico ya estaba hecho. Y aunque la fotografía digital corrigió muchas cosas, heredó también sesgos que hoy reaparecen, de otro modo, en los sistemas de inteligencia artificial entrenados con imágenes del pasado.

Black and White no habla sólo de color. Habla de calibración. De quién define la escala. De cómo las decisiones técnicas moldean lo visible y lo invisible. Y de cómo incluso las tecnologías más avanzadas siguen arrastrando la historia de quienes las diseñaron y las alimentaron.


Descubre más de Mutatis mutandis

Suscríbete para recibir las últimas entradas en tu correo electrónico.