Mutatis mutandis

Blog de Alejandro Zenker · Editor, ensayista, fotógrafo

¿Quemar Adobe? Repensar nuestro ecosistema en época de IA

Estos son tiempos raros, intensos, movedizos. Tiempos en los que todo está mutando tan rápido que uno tiene que decidir si se aferra al pasado como gato asustado en medio del temblor o si se sube al tren del futuro aunque vaya sin frenos.

Ayer hice algo que para mucha banda sonaría extremo: borré toda la suite de Adobe de mi computadora. Photoshop, Illustrator, InDesign… ¡pum! Delete definitivo. Quemar los barcos. Pero no desde el enojo ni desde el rechazo, sino desde la emoción. Porque a estas alturas de mi vida he vivido suficientes cambios como para saber que los saltos de época huelen así: a vértigo delicioso.

Mi suscripción venció, me apareció el aviso rutinario de renovación y, en vez de picarle a “continuar”, pensé: ¿y si no renuevo? ¿Y si me obligo a trabajar sin Adobe por primera vez en décadas? Total, si estoy en modo experimentación, que sea en serio. Y le di aceptar a mi propia herejía.

Uno creería que es imposible sobrevivir sin Adobe en el diseño y la edición, pero el terreno cambió. Todas las herramientas ya traen IA incrustada, y las de Adobe no son las más poderosas. Si quieres potencia bruta para imagen y video, tienes que mirar a Nano Banana Pro y a Veo 3.1 de Google. Lo que hacen esos modelos no es “más filtros”: es otro universo. No editas imágenes: editas intenciones. No manipulas píxeles: moldeas atmósferas.

Mientras eso pasa, Canva compró Affinity y fusionó sus equivalentes de Photoshop, Illustrator e InDesign en una sola interfaz, con la simpleza criminal de Canva. Y es gratis. Para la inmensa mayoría de la gente, Affinity+Canva ya es exceso.

Adobe te cobra casi mil pesos al mes por algo que, para muchos, ya no es indispensable.

En video, CapCut le está respirando en la nuca a Premiere y DaVinci Resolve —gratuito y brutal— sigue demostrando que la edición profesional ya no es exclusiva de un solo imperio.

Y del otro lado del mapa está Google con su ecosistema Ultra: carísimo (250 dólares al mes), sí, pero te da un cerebro entero. 30 TB de nube, generaciones ilimitadas de Nano Banana y Veo en modo fast, créditos para video de alta resolución, herramientas tipo Office, automatizaciones, modelos avanzados… Es infraestructura cognitiva, no software. Para alguien que vive de crear, editar, publicar y experimentar, no es un gasto: es un laboratorio.

Pero aquí viene el punto clave de esta época —el que casi nadie está viendo todavía—: ya no se trata de saber picarle al menú, sino de saber narrar lo que quieres. La creatividad dejó de depender de los botones y pasó a depender del lenguaje. Crear una imagen poderosa depende menos del “cómo le picas” y más del “cómo lo dices”. La frontera ya no es técnica: es lingüística. Quien sabe narrar, dirige. Quien sólo sabe picar botones, ejecuta.

Muchos están acostumbrados a corregir sobre la marcha, como lo haces con un texto. Y si bien con la IA esto también es posible, y puedes iterar de una idea a otra, lo ideal es madurar la inicial antes de soltar el prompt. Sobre todo si trabajas con otros. Hay que trabajar para pulir el proyecto. Definir la intención, los matices, el ritmo emocional antes de que uno se lance a la producción.

La IA exige precisión narrativa desde el primer segundo. A muchos les cuesta, claro, porque vienen de una tradición donde se corrige mientras avanza. Pero la IA no te adivina la intención: te responde según la claridad de tu instrucción. Y ese músculo verbal es el que va a dejar fuera a muchos.

Por eso borré Adobe. Para desprogramarme. Para explorar, para romper inercias, para ver desde fuera cómo se mueve todo este ecosistema creativo. Porque la industria editorial —sí, en Solar seguimos usando la suite, sigue siendo estándar— también está mutando. El libro dejará de ser un PDF plano: será multimodal, vivo, adaptable. Y yo quiero estar donde esa conversación se está inventando.

Pero la historia dio un giro que no esperaba. Ayer comí con Pedro Meyer y le conté la anécdota. Le hablé del poder de Nano Banana, de las locuras que estoy haciendo con Veo 3.1, de la posibilidad real de sustituir la suite de Adobe con Affinity. Pedro —que tiene un radar histórico impecable— se mostró sorprendido. Y luego me contó algo que me dejó pensando: él conoció a los fundadores de Adobe cuando Photoshop apenas gateaba. Y fueron ellos quienes le preguntaban qué necesitaba, qué le hacía falta, qué debía cambiar. Pedro formó parte de la afinación de lo que terminó siendo el Photoshop que todos conocemos.

Es decir, Adobe no es sólo software: es un ecosistema templado por la experiencia de miles de creadores del más alto calibre durante décadas.

Salí de esa comida pensando que, sí, puedo desafiar a Adobe, puedo trabajar fuera de su reino, puedo experimentar con Google y con todo lo nuevo… pero no puedo ignorar cómo evoluciona una herramienta que ayudó a moldear la industria global.

Y al llegar a casa, casi en automático, abrí la página de Adobe para ver qué había pasado… y ¡pum!: me ofrecieron de nuevo la suscripción académica que me habían quitado. Un año completo por menos de lo que cuesta un mes de Google Ultra. Era una señal. Y la tomé. Renové.

No regresé por nostalgia ni por comodidad. Regresé porque no me puedo dar el lujo de no mirar de cerca un referente que sigue definiendo estándares, incluso si está perdiendo terreno frente a modelos más potentes.

La verdadera estrategia hoy no es elegir un bando, sino navegar con un pie en la frontera experimental y otro en la tradición que aún sostiene industrias enteras.

Así que sí: sigo quemando barcos… pero también sé cuándo construir canoas nuevas para ver qué sigue pasando río arriba.

Esto apenas empieza. Y qué bueno. Porque estos, aunque a veces nos mareen, son tiempos apasionantes.


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