Durante un tiempo, la inteligencia artificial parecía apenas un juguete: una mala emulación de la creatividad humana. Entre memes y videos absurdos —abuelas obesas echándose clavados catastróficos, perros parlantes o escenas imposibles—, se instaló la percepción de que la IA era un chiste pasajero. Hoy, sin embargo, la pregunta automática cuando vemos algo sorprendente ya no es “¿cómo lo hicieron?”, sino “¿es IA?”. A menudo se dice con desdén, como si todo lo que tocara esa etiqueta estuviera devaluado.
Pero debajo de esa superficie de burla y saturación, la IA se ha convertido en un terreno serio, complejo y cada vez más omnipresente.
Los profesionales que trabajamos con estas herramientas sabemos que llegar a un resultado sólido rara vez se resuelve con una sola app milagrosa. Usamos diez, quince, veinte programas diferentes para pulir una pieza: desde Photoshop —cada vez más cargado de funciones de IA pero no por ello más simple— hasta editores de video, audio y automatización de flujos.
Lo mismo ocurre en las empresas: la IA ya no es un juguete digital, es infraestructura crítica. Resolver tareas de automatización, análisis de datos o marketing requiere hablar en un idioma técnico que deja perplejo al lego. Y eso nos coloca frente a un hecho ineludible: dominar la IA cuesta. No sólo esfuerzo y conocimiento, también dinero. Quien piense que basta con apretar un par de botones debería preguntarse por qué Zuckerberg está pagando millones a los jóvenes talentos que recluta. El verdadero dominio es escaso y caro.
De aquí surge una brecha evidente. Entre quienes pueden invertir miles de pesos al mes en suscripciones para mantenerse competitivos y quienes apenas miran la IA de lejos. Entre las empresas que invierten en integrar IA a sus flujos y aquellas que siguen atrapadas en la inercia. Entre los países cuyos gobiernos entienden la urgencia y los que ni siquiera han encendido la alarma.
Lo preocupante es que estos cambios no siguen el ritmo de las revoluciones industriales previas. En el pasado, la humanidad tuvo décadas para adaptarse. Ahora el tiempo se mide en meses. El riesgo de un desempleo masivo ya no es un escenario apocalíptico improbable, sino el más previsible de todos. Y desempleo significa pobreza, concentración de recursos, inestabilidad social. Sí: la productividad aumenta vertiginosamente, pero la riqueza no se reparte. Nunca lo ha hecho.
En este contexto, la industria editorial no es una excepción. Si el poder adquisitivo de millones se erosiona, los libros serán de nuevo lo prescindible. La lectura, que nunca fue prioridad de consumo, podría entrar en crisis aún más profunda. Y, sin embargo, el sector parece caminar como si nada, ajeno a las campanas que ya deberían estar sonando.
El futuro inmediato exige preparar al ecosistema del libro con un sentido de urgencia real. No se trata sólo de adoptar nuevas tecnologías editoriales o explorar la impresión bajo demanda. Se trata de pensar qué pasará con una sociedad en shock, empobrecida, donde la lectura será lujo.
La IA abre horizontes fascinantes, sí, pero también pone frente a nosotros un espejo incómodo: o nos preparamos para la tormenta que viene, o nos arrasará sin darnos tiempo de escribir la última página.