La muerte es la única cita a la que todos estamos convocados y a la que, tarde o temprano, acudimos, con sismo o sin él…
Regreso, triste, realmente apesadumbrado y pensativo, de un recorrido dominical por uno de los epicentros del pasado sismo.
Mi infancia y adolescencia transcurrió entre las colonias Roma y Condesa, donde mi padre estableció su pequeño negocio, la “Encuadernación Zenker”. Inició en la calle de San Luis Potosí número 213 bajos, al lado de una librería. Le rentaba el señor Benn, que se vio castigado con la política de rentas congeladas que benefició a mi padre y sin las que él no habría podido sostener su taller. De allí se trasladó un buen día a la calle de Cacahuamilpa, en la Condesa, muy cerca de su anterior domicilio y, luego, a una casita a la vuelta, sobre la calle de Amsterdam.
Alrededor de esa pequeña calle ocurrieron muchas de las tragedias tanto del 85 como las que nos han asolado en estos días. Apenas a unas cuadras de donde vivíamos y trabajábamos cincuenta años atrás, se colapsó un edificio sepultando a muchos vecinos, a unos pasos de las actuales oficinas de nuestros amigos de Trevenque, que dirige Chema Prados, y donde trabajaba nuestro amigo y colaborador Rafael González Bautista, que ha estado al pie del cañón en las brigadas en esa zona.
Me acabo de enterar que en uno de esos edificios murió a causa del sismo el doctor Sergio Castillo Baños que atendía a muchos vecinos en San Pedro de los Pinos.
Hoy, nuestros pasos nos llevaron por esas calles llenas de evidente desolación y extraña normalidad, en medio de un penetrante olor a gas. Quienes allí caminan hablan en voz baja, miran hacia los edificios, ocultan como pueden ese nudo que inevitablemente se te hace en la garganta y se limpian los ojos de esas “basuritas” que te entran en el ojo y que hacen que fluyan tímidamente las lágrimas.
Cuando descubres ese edificio semi colapsado, no puedes menos que sentir parte de la angustia de quienes allí se encontraban. Todos la sentimos. La diferencia es que en algunos casos la angustia se convirtió en muerte, mientras que en otros sólo en temor permanente. Hoy no nos tocó. Mañana sí. Porque la muerte es la única cita a la que todos estamos convocados y a la que, tarde o temprano, acudimos, con sismo o sin él. Lugar común, lo sé. Pero en eso pensamos Noemí Ravelo y yo al recorrer esos espacios.
Aquí viví, le cuento, allí vivía esa niña que me encantaba cuando yo tenía catorce años y cuya vecindad hoy luce desolada y abatida por este tango que hizo vibrar la tierra y derrumbó edificios. Mi padre y mi madre vivieron en la calle de Medellín, a pasos de donde están las huellas de la desolación. Allí, en Medellín, murió de cáncer mi padre, y nos dejó la tarea de recordar su pasado comunista, antifascista y, luego, socialdemócrata, cuando abjuró de las barbaries stalinistas y abrazó la esperanza democrática.
Pasamos por el edificio Basurto, uno de los pilares de la arquitectura mexicana, donde vivieron amigos entrañables, como Edith Altman, refugiada alemana, igual que mi padre, que antes habitó un departamento en esa calle de Cacahuamilpa. Ella sufría sordera extrema, de manera que un día a mi hermano Pedro, diestro en electrónica y mil cosas más, se le ocurrió instalarle un “timbre” que hacía que se prendiera una luz en su casa, para que supiera que alguien la buscaba. Ella me vendió su biblioteca cuando se fue a un asilo de ancianos. Cientos de libros en alemán que quiso que estuvieran en mis manos, pero no sin un pequeño costo para que la valorara.
En ese mismo e icónico edificio vivió un tiempo Danielle Zaslavsky, que estudió conmigo en El Colegio de México y a la que visité después de los terremotos del 85, donde vi los estragos que los sismos habían causado en su departamento y que, sin embargo, no lo hicieron inhabitable. A un lado, por cierto, existió una fábrica de helados y paletas donde no sólo comprábamos eso, sino también hielo seco, con el que armábamos nuestros trucos de magia de pequeños. Cruzando la calle de Sonora estaba un pequeño local donde reparaban y rentaban bicicletas.
También pasamos, a unas cuantas cuadras, por ese maravilloso edificio, que se mantiene milagrosamente de pie, donde viven Monique Legros, que dirigió el PFT en El Colegio de México, y Rogelio Cuellar, uno de nuestros pilares de la fotografía periodística, frente al Parque México.
En otro punto, a escasos pasos de la plaza Cacahuamilpa, estaba la Flor de Lis, restaurante de comida mexicana y tamales espléndidos.
En fin. Son incontables los recuerdos. Noemí y yo nos tomamos la foto frente al restaurante Roosevelt, al que contadas veces, cuando tuvo un poco de dinero, mi padre fue a comer comida alemana.
No quise, contra mi costumbre, tomar fotos de los lugares de desastre. Respeté a quienes suplicaban no tomarlas por respeto a los muertos. Ya hay suficientes fotos. Las mías no añadirían nada. Quizás sí los gestos. En cada esquina, ante cada unos de los cientos de voluntarios, incliné mi cabeza.
La tristeza es mucha. Pero también el orgullo. México tiene un chingo y dos montones de habitantes que merecen no monumentos, que eso de los monumentos ya pasó, sino cambios fundamentales.
Hoy nos embarga aún la tristeza. Pero también resurge el enojo, la rabia por tanta corrupción e ineptitud de políticos y autoridades gubernamentales. Hay quienes comparan a esta generación con la que hizo frente a los sismos del 85. En efecto, es distinta. Ni mejor ni peor. Sin embargo, con muchas posibilidades.
Los sismos, las grandes desgracias, suelen constituir un parteaguas en la historia de las naciones. Lo que ocurrió en México en septiembre de este año ha sido un parteaguas. Ya veremos qué vendrá. Espero que lo veamos con esperanza participativa. Hace mucha falta.