Participar como ponente en el Encuentro Internacional de Bibliología en la UNAM tras vivir el sismo más intenso de los últimos 100 años en la Ciudad de México no es fácil…
Finalmente sí se llevó a cabo el V Encuentro Internacional de Bibliología en la UNAM, donde hablé sobre los nuevos paradigmas en materia de distribución, producción y venta del libro a nivel internacional.
Tras el sismo de anoche, la incertidumbre reinó hasta el último momento pues la UNAM no acababa de definir si habría o no actividades. Decidieron cancelarlas “todas”, lo que se tradujo en un “casi todas”. Por la mañana me informaron que sí se llevaría a cabo el encuentro.
Mientras, batallábamos con ese revoltijo de cosas derivadas de un sismo épico que, para quienes vivimos el de 1985, no son fáciles de digerir. Tratas de concentrarte en la ponencia que deberás leer en un rato y te preguntas si tu familia y todos tus colaboradores están bien, revisas las instalaciones e intentas ordenar el revoltijo de ideas y emociones que te asaltan.
Entre una cosa y otra se me hizo tarde y salí hecho la mocha rumbo a la UNAM. Extrañamente, el tráfico estaba fluido, derivado de la suspensión general de actividades escolares. Llegué tarde, pero temprano para atender mi intervención puesto que el programa se había desenvuelto con lógico retraso.
El edificio de la Biblioteca Nacional de México, donde se encuentra el Instituto de Investigaciones Bibliográficas, me trae gratos recuerdos. Durante años fui editor externo del IIB y siempre tuve buenos amigos en ese sector por lógicas afinidades académicas.
Hoy me dio gusto compartir mesa con Luis Mariano Herrera, de la Universidad Anáhuac, con Sebastián Rivera, de El Colegio Mexiquense y con Isabel Galina, de la UNAM. Haber sido invitado por mi querida y admirada Marina Garone Gravier fue para mí un gran privilegio. Y haber coincidido con Fernando Escalante, de El Colegio de México, mi alma mater, que nos ofreció una espléndida conferencia, fue más que gratificante.
Regresé a Solar, sorteando el denso tráfico gracias al Waze, donde me esperaban las muchas necesidades de apapacho y atención de mis colaboradores, que me contaron sus aventuras y emociones sísmicas. Como no había ni desayunado, pedí algo en Uber Eats que me supo a celestial caricia. Finalmente decidí brindarme una siesta que se prologó más de lo debido y de la que aún no me recupero.
Mientras Noemí duerme a nuestra enana y al Pichicuaz, yo estoy en la sala, escuchando música con la pequeña y canina Frida a mi costado. Mis mil pendientes se arremolinan en mi cabeza, batallando con los recuerdos del 85 y las emociones de la noche pasada, en que el sismo nos agarró a Noemí y a mí jugando en la iPad en la cama. El sacudidón nos removió las neuronas mientras los perros aullaban y el Pichi maullaba a todo lo que daban sus potentes pulmones.
Otro día inolvidable en la crónica diaria de un editor en la Ciudad de México…