Cuando incorporamos la impresión digital en México, hace ya más de veinte años, no imaginamos las dificultades que tendríamos que sortear. Se trataba de un proyecto inédito en nuestro país. Establecerlo suponía no sólo una verdadera labor de evangelización en torno a las ventajas de la nueva tecnología, sino también romper con las resistencias de un sector conservador que se resistía a todo cambio.

Y eso que la impresión digital no suponía abandonar el papel, sino buscar nuevos paradigmas de producción y comercialización del libro.

Cuando surgió esta tecnología, lo que imaginábamos era la creación de una red mundial de proveedores que permitiría producir, a partir de un mismo archivo, libros en cualquier lugar del mundo. En esos entonces era Xerox el único proveedor de esta tecnología. Con su inmenso músculo tecnológico, financiero y comercial, logró establecer enclaves dedicados a la impresión digital en muchos países. Sin embargo, la tecnología era muy nueva y el mercado aún muy inmaduro como para que la verdadera internacionalización de la producción se llevara a cabo.

Fueron necesarios muchos años de trabajo, mucho aprendizaje, para que la impresión digital se convirtiera en parte del imaginario y, por tanto, del quehacer editorial de cada vez más editores. La tecnología, una vez más, se había adelantado a su tiempo. Y una vez que los actores se convencieron de la utilidad de la tecnología, han tenido que hacer infinidad de adecuaciones: el cálculo de costos, por ejemplo, es distinto, y el tiro corto está destinado, más que a competir con el offset tradicional, a complementarlo para satisfacer otros nichos del mercado.

Hoy nos encontramos en otro momento histórico. La tecnología ha madurado, los costos han bajado drásticamente, de tal suerte que la impresión digital cubre un área mucho más amplia de tirajes cortos que en un inicio y los distintos actores han comprendido las muchas otras ventajas de esta tecnología, lo que permite incorporar al valor del producto nuevos elementos, como la minimización o incluso eliminación del almacén, la inmediatez de la producción, la desaparición de la obsolescencia de las publicaciones al poder adaptar sus contenidos a los cambios de una manera dinámica, etcétera.

Sin embargo, los intentos por internacionalizar la producción tuvieron serias dificultades que requerían de la maduración de la web, de ese espacio que internet nos ofrece y que ha cambiado muchos paradigmas.

Bibliomanager, esta alianza constituida en un inicio por México, España, Argentina y Colombia —y con muchos otros países en vías de sumarse—, surge precisamente gracias a la maduración de las condiciones. Sin embargo, no se trata sólo de imprimir en todo el mundo a partir de un mismo archivo, lo que ya de por sí es un gran avance, sino de darle la vuelta por completo al esquema tradicional que ha caracterizado a la industria editorial.

Es decir, tradicionalmente el autor recurre a un editor para publicar su libro. El editor lo produce y luego lo distribuye al canal para que llegue a los puntos de venta donde el lector finalmente lo compra. Este esquema tiene muchas deficiencias y genera infinidad de problemas a toda la cadena. Por un lado, el editor nunca sabe a ciencia cierta cuántos ejemplares va a vender, por lo que o produce de menos o, más grave aún, produce de más. En este último caso, los libros regresan a las bodegas del editor y, en muchas, muchísimas ocasiones, allí terminan su ciclo y acaban siendo rematados o destruidos. Esto es hoy cada vez más complejo porque los lectores, enfrentados a una mayor bibliodiversidad y a una oferta de medios en aumento, cada vez son menos predecibles, salvo algunos contados casos, y eso que ahora tenemos más herramientas de medición, como las basadas en algoritmos de gigantes como Amazon, que ya anticipan las predilecciones de sus usuarios.

La apuesta de Bibliomanager va por la completa inversión de los factores: conectamos a autores, editores y libreros a través de nuestra plataforma que nos tiene a nosotros, los prestadores de servicios editoriales y de impresión bajo demanda, como sus socios tecnológicos. El libro no se produce en tanto no haya un comprador. No es sino hasta que el lector hace un pedido en una librería (física o virtual) cuando se da la orden de impresión. Esta se lleva a cabo y, en unos días, la obra llega a manos del lector. No hay desperdicio, no hay almacén, no hay inversiones malgastadas. Es un simple esquema que le da una nueva dimensión al término “ecología”. Las miles de toneladas de papel —y, por tanto, de madera y de bosques desperdiciados irracionalmente— pueden pasar a ser cosa del pasado.

De eso, y de mucho más, se trata nuestro proyecto. Ahora es posible concebir obras sin necesidad de invertir más que lo necesario para tener un archivo electrónico listo para ser impreso. De hecho, así es como ha venido operando la impresión digital en algunos ámbitos: una vez que, por ejemplo, el profesor sabe cuántos alumnos se inscribieron al curso, se ordena la producción de manuales o libros de texto, no antes. La diferencia es que hoy podemos reducir la cantidad mínima requerida a uno. Un lector pide un libro. Ese único ejemplar se imprime y se le entrega. No se genera almacén. Se satisface una necesidad. Punto. A partir de esto imaginamos un mundo de renovadas posibilidades para las librerías, por ejemplo. Su bibliodiversidad crece exponencialmente. Si ya nuestra Librería del Ermitaño es capaz de llevar más de 90 000 títulos a sus lectores en el barrio al que sirve, imaginemos cómo crecerá su oferta en poco tiempo. Sin necesidad de aumentar sus hoy escasos 50 metros cuadrados. Todo a través del uso inteligente de la tecnología.

Nos encontramos en una época de transición. Un segmento nada desdeñable de los lectores migró hacia las publicaciones electrónicas. Sin embargo, la mayoría sigue prefiriendo el papel. Las tecnologías no son excluyentes. Y así como el libro en papel o electrónico no se excluyen, impresión offset en tiros largos o digital en cortos tampoco.

Es realmente fascinante la época en que vivimos, y nuestra plataforma internacional, de la que Solar es un componente fundamental desde México para toda la cadena hispanohablante, abre nuevos espacios para la bibliodiversidad.

 

(Texto de la entrevista que me hizo Sofía de la Mora para el programa de radio “Interlínea”, de la UAM-X).