Anoche dirigimos nuestros pasos hacia Polanco, donde fuimos convocados con motivo de la quinta emisión del “Premio Literario Lipp La Brasserie”. Se trata de un premio en el género de narrativa (novela) al que un maravilloso grupo restaurantero nos ha convocado. En esta, su quinta edición, incorporan un espléndido aderezo: un premio para el editor de la obra ganadora que consiste nada menos que en cincuenta mil pesos en consumos en el restaurante que da vida a este ejercicio de incentivo literario. Y nos lo pensamos ganar. Nomás tenemos que encontrar al gallo que se lo agandalle desde el punto de vista literario. Es decir, a un autor.

Los que convocan se han distinguido a lo largo de estos cinco años por su espléndida acogida a los artífices de la vida literaria del país. Si bien en esta ocasión la convocatoria incluyó, extraordinariamente, a quienes estamos en la periferia de la industria editorial, el recibimiento no fue menos extraordinario. Es más, sorprende que no hayan acudido en masa quienes generan las más importantes publicaciones independientes de narrativa, que no son pocos. No sólo para enterarse, sino particularmente para degustar el espléndido menú que nos ofrecieron nuestros anfitriones.

Imagínense que, después de una breve introducción de Diana Andrade, el presidente del jurado del premio, Xavier Velasco, nos explicó por dónde han discurrido las reflexiones de quienes han estado involucrados en esta espléndida convocatoria. Lo demás, fue degustación en medio de breves intercambios de opiniones sobre los asuntos que nos reunieron.

En realidad, la palabra la tomaron nuestros espléndidos anfitriones. El mero mero de Lipp, Miguel Angel Cooley, nos guió paso a paso por un maravilloso menú donde maridó vino y platillos. Qué les puedo decir. Nos enamoró de su gusto por el vino y por la comida. Mientras escuchábamos sus explicaciones sobre los cinco tipos de vino que degustamos, no pudimos menos que hacer una analogía entre la lectura y el ambiente, el entorno en el que te enfrentas al libro. A cada libro, un platillo, a cada vino, un género.

Nos tocó a Noemí, a Pilar y a mí compartir esquina con Gabriela, maravillosa anfitriona que escuchaba extasiada a su hermano, Miguel Angel Cooley, gran sommelier, que nos explicaba con una pasmosa paciencia cada detalle de los vinos y las viandas que nos eran ofrecidos. Además, frente a nosotros, la bellísima Laura Barrera, que recordó nuestras incursiones en las nuevas tecnologías y con quien compartimos ideas y experiencias mientras pudimos. Porque el tema era el vino y la comida.

Nos enfrentaron a cuatro tiempos: cuatro vinos. La entrada: un champán francés seco que acompañó un ceviche de salmón cuyo recuerdo aún tengo en el paladar; luego ensalada verde con canapés de queso de cabra acompañada de vino blanco; le siguió una pierna de pato con hongos con vino tinto y terminamos con un postre de manzana con un vino blanco dulce, generoso, que no tenía madre.

Además de medio cuetes, todos salimos infinitamente agradecidos. En nuestro caso, como hemos creado la Librería del Ermitaño y organizado el Corredor Cultural de San Pedro de los Pinos, planteamos la posibilidad de trabajar en mancuerna en infinidad de proyectos.

Al final del día, o más bien de la noche, nos quedamos con una maravillosa experiencia gastronómica y literaria. Pero también con muchos deseos de continuar con la exploración de caminos que lleven, a final de cuentas, la palabra del autor al lector. Ese es nuestro compromiso. Esa nuestra búsqueda. ¿Nos acompañan?