Presentación de la revista de la UIC abril-junio 2011

 

Alejandro Zenker

 

Al reflexionar sobre el tema que hoy nos reúne, es decir, el del “cuerpo inconforme”, no pude menos que mirarme en el espejo. Semanas atrás aún tenía cabello. Un momento de debilidad bastó para que una horda de damas de 7 a 36 años me convenciera de raparme. Con unos tequilas y unas cervezas de por medio accedí al incruento sacrificio de lo poco que quedaba. Recordé mi infancia; ir a la peluquería entonces era realmente una tortura. Cuando me cortaban el cabello, sentía que me despojaban de algo muy íntimo, de manera que, en cuanto pude, me rebelé, y así viví unos 15 años con la melena profusa e irreverente.

Por otro lado, a lo largo de mi vida he usado traje en muy contadas ocasiones y a regañadientes. Siempre vestí de manera “informal”, es decir, privilegiando la comodidad por encima de todo. Así las cosas, un año atrás opté por comprarme 14 camisetas negras que alterno con unos cuantos pantalones de mezclilla negros y azules.

Por lo tanto, al raparme el ritual matutino se ha reducido a un mínimo. Baño generoso, secado con toalla, camiseta negra, pantalón, chanclas… y a trabajar. Quizá mi cuerpo nunca tuvo remedio, por lo que dejé de prestarle atención. O quizá se trata de todo lo contrario. Porque quien está inconforme con su cuerpo no forzosamente tiene que intervenirlo. Una forma de atender la inconformidad es precisamente restándole importancia, lo que ciertamente no es lo común hoy en día, donde la falta de banderas políticas y sociales y la profusa comunicación a través de los medios electrónicos y la mercantilización del aspecto físico dictado por modas conducen a una concentración cada vez mayor del individuo en la forma más que en el contenido.

En la “Introducción a la filosofía” que dictara en la Universidad de Tubinga, Ernst Bloch comenzaba con tres frases que aún guardo en la memoria: “Ich bin. Doch ich habe mich nicht. Darum werden wir erst”.  La interpretación y la traducción misma de estos enunciados nos llevarían horas. Sin embargo, en una versión aventurada podríamos sugerir algo así: “Soy. Pero no me poseo. Por lo tanto, devenimos”. Sin entrar en una disquisición teórica sobre los alcances de la filosofía de Bloch, los enunciados nos llevan a una aproximación al tema del cuerpo. Al nacer “somos”, pero… ¿qué somos?

En realidad, dependemos de un sinnúmero de factores para devenir en algo. Así pues, en un principio no nos poseemos. Somos materia maleable.

Si somos, pero no nos poseemos… ¿qué hace que podamos devenir en algo? Una obra que arroja luz sobre este tema es Adolescencia, sexo y cultura en Samoa, de Margaret Mead, publicada en 1928. En ella, la autora describe tres sociedades primitivas con diferentes comportamientos, entidades experimentales que difícilmente encontraríamos hoy en día, y concluye que la cultura, y por ende los elementos que la construyen, son determinantes en el comportamiento de una sociedad y en la edificación del individuo y de su relación con los demás. La obra de Mead fue importante en la construcción posterior del discurso feminista, pero también del concepto ulterior de “género”. Sus investigaciones fueron cuestionadas por diversos antropólogos. Sin embargo, desde mi punto de vista, aciertan en innumerables sentidos.

Regreso a Bloch. Somos. Nacemos. Pero no estamos condenados de manera determinista en ese momento, salvo elementos biológicos inalterables. El medio en el que nos desenvolvemos es fundamental para que “devengamos”, es decir, para que nos transformemos, adaptemos, evolucionemos, nos rebelemos, nos pleguemos.

Conceptos teológicos aparte, digamos que nacemos “vírgenes” para asimilar lo que el ambiente, social, cultural, etc., nos ofrezca.

Si partimos de la dualidad mente-cuerpo o espíritu-materialidad, en tanto no había referentes culturales que nos hicieran cuestionarnos, no había conflicto (ése es el entorno que analizó Margaret Mead). Éramos como nos pensábamos. Sin espejos, sin modelos sociales, culturales, comerciales. No obstante, la tendencia antropológica nos encamina hacia la diferenciación. Somos. Aunque no igual a los otros. Por lo tanto devenimos en lo contrario. La búsqueda de la unicidad marca la historia. Pero, igualmente, hay una unicidad grupal endógena. Y dentro de la unicidad endógena, la búsqueda de la individualidad absoluta.

El “cuerpo inconforme” se basa en ambos conceptos. Identificación con el grupo, distinción dentro del mismo. Soy, pero me veo. Soy único mental y conceptualmente, pero soy cuerpo. Busco, entonces, diferenciarme materialmente y también identificarme. Hay un cuerpo único y un cuerpo social. Me uno, me identifico con unos, pero me distingo, me separo de los otros.

Es interesante, por otro lado, ver lo que sucede desde el punto de vista plástico. Como fotógrafo, descubro en un cuerpo, en un mismo cuerpo, infinidad de formas distintas. He trabajado con incontables modelos y he buscado lo que les es común a los cuerpos y lo que los distingue. He trabajado con una misma modelo a lo largo de los años… y en cada sesión encontramos algo diferente. Las posibilidades del cuerpo son infinitas. Porque el cuerpo es no sólo una categoría biológica, sino también cultural. Y es la cultura la que nos define… y la que nos determina en muchos sentidos.

¿Debemos vivir sanamente? ¿O plenamente? ¿Puedo uno vivir sana y plenamente? ¿El objetivo en la vida es la longevidad? ¿O es más bien el placer? ¿O el placer longevo? Durante siglos la vida de muchos —que no de todos— estuvo determinada por los ideales. Uno moría gustosamente por ellos. Hoy, los ideales han menguado.

Somos. Ergo, devenimos. ¿Pero devenir en qué? A falta de ideales, de ideales intelectuales, buscamos los corporales. El espejo se convierte en nuestro referente comparativo con los estándares sociocomerciales. Y allí no hay diferencia entre lo que se llama el “mainstream”, y lo que se presenta como alternativo. En un caso se alinea uno con lo que se vende comercialmente como lo más exitoso desde el punto de vista social; en el otro, como lo que identifica al individuo con una comunidad particular, con una aparente unicidad.

 

Vivimos en una época compleja, en la que la globalización, la universalización cultural es de tal magnitud que tenemos que aprender a convivir con la diversidad, afortunadamente. Ya no es sólo de negros y blancos, de occidentales y orientales, de moros y cristianos… hoy es también de quienes optan por intervenir su envoltura. En esta época, la capacidad intelectual es lo fundamental. La apariencia es lo de menos, porque la puedes modificar para bien o para “mal”. Agrandarte los pechos, crecerte las nalgas, quitarte arrugas, depilarte… ¿qué no se hace hoy para transformar la apariencia? Se gasta más en cirugías plásticas que en la compra de libros. Pero no hay contradicción entre esa ancestral tendencia a modificar el cuerpo y alimentar la mente. Muchos de mis amigos se han hecho tatuajes, tienen piercings, se han bifurcado la lengua, se han estirado el lóbulo de la oreja, en fin. Y los he retratado desnudos.

Creo, en lo personal, que así como tenemos un universo de posibilidades en el terreno mental, o intelectual, por expresarlo de alguna manera, también lo tenemos en el ámbito corporal. Si se queda en el ámbito corporal sería una lástima. Y si el ámbito corporal es un terreno propicio a las patologías, como bulimia o anorexia, hay que trabajar en ello. No obstante, el cuerpo nos pertenece.

Así que debemos tener el derecho de hacer con él lo que nos plazca. Desde tatuarlo, lacerarlo, modificarlo, decolorarlo o acabar con él, suicidándonos… Incluso hasta raparlo, como ha sido mi caso.

 

azh