Hace no poco tiempo (casi cuatro decenios) participé a mis 14 años en un taller de fotografía que duró nada más y nada menos que tres años. Mi profesor, de nombre Otto Dölle, era alemán. Estaba yo en el Colegio Alemán, que contaba con un maravilloso laboratorio fotográfico. Mi padre, inmigrante alemán antifascista que participó en el movimiento comunista de inicios de siglo, impartía el taller de encuadernación en un salón contiguo. Dölle me enseñó de una manera matemática los principios teóricos y la práctica de la fotografía. Huelga decir que Dölle era también mi maestro de matemáticas. Los apuntes de aquellas épocas aún me siguen.

Traigo esto a relucir porque recientemente adquirí un lente al que “ya le traía ganas”. Se trata del Lensbaby 2.0. Colocarlo en una cámara digital es como regresarla a sus orígenes. He usado el lente tanto en la Canon 40D como en la nueva Canon D450 (mi cámara de respaldo que, dicho sea de paso, es espléndida para ser una cámara orientada al usuario básico, es decir, al fotógrafo principiante). La apertura del Lensbaby la cambias mediante simples rondanas. Su cuerpo es flexible, lo que permite generar una distorsión alrededor del punto de enfoque. Manipular el lente no es fácil, pero sí sumamente divertido. Es un lente enteramente “manual”: tanto la apertura, como el enfoque y la distorsión lo realizas con las manos… sin apretar botones. Y los resultados, dependiendo de la imaginación del fotógrafo, van de lo malo o mediocre a lo francamente fantástico y artístico. La fotografía, finalmente, tiene dos aplicaciones básicas: el reflejo de la “realidad” (fotografía documental o periodística) y la fotografía artística (“distorsión” de la “realidad”, que es una manera de ver esa supuesta “realidad” con otros ojos).

Llevo relativamente “muchos” años siendo pionero en la aplicación de recursos digitales (prácticamente desde sus inicios). Incorporé en México la impresión digital a la industria editorial, y tuve oportunidad de experimentar con la fotografía y la impresión digital de la fotografía. Publiqué por allí un librito de cuyas aberraciones me arrepiento. Pero le fui entendiendo al nuevo medio y fui mejorando. Al menos eso creo. Después de reflexionar, analizar, ver lo que ha sucedido… ¿sirven de algo los avances para hacer de una fotografía un objeto de arte? Sin duda facilitan las cosas. Pero no modifican la esencia: el ojo, la destreza y la sensibilidad del artista.

De eso me habló mi profesor Otto Dölle hace 36 años. La cámara no hace al maestro. Pero el maestro hace obras de arte con cualquier cámara, por rudimentaria que ésta sea.

Después de muchos años de búsqueda, creo haber encontrado mi estilo. No es del gusto de todos, ni lo será. Pero es “mío”. Aunque esa pretensión absurda choque frontalmente con una realidad: nada es “nuestro”. Somos, finalmente, producto de un proceso en el que mamamos de los demás. En la fotografía, como en todo otro género artístico, las posibilidades son infinitas. El uso del color o del blanco y negro, el manejo de las fuentes de luz, naturales o artificiales, la velocidad de obturación, la apertura, la sensibilidad ISO de la película o del sensor, los lentes, la manipulación en el cuarto obscuro analógico o digital… La diferencia entre los resultados de quien simplemente hace clic y quien previo a oprimir el obturador calcula las variables puede ser abismal… o nulo. Quien tiene profundos conocimientos técnicos, pero poca visión seguramente obtendrá resultados más pobres con una cámara profesional que quien tiene ojo, capta lo que otros no ven y se aventura y experimenta con una camarita rudimentaria.

Todo eso recordé al jugar con mi Lensbaby: Dölle siempre nos invitó a trabajar con la cámara más elemental que pudiéramos tener a la mano, incluso las que fabricábamos nosotros mismos con una simple caja de cartón. Lo simple, rudimentario, invita a la reflexión y al ejercicio creativo. Las cámaras digitales sofisticadas, los lentes que cuestan más de mil dólares ayudan. Pero no son imprescindibles.